![]() |
|
|
IV. La modernidad desafiada por sus engendros
La inculturación de la legitimidad de las élites El sistema hegemónico de legitimación del saber impone sus criterios a toda la sociedad o a su inmensa mayoría mediante un proceso de mediación-inculturación por el que las élites se autolegitiman, una y otra vez, convenciendo de ello a la mayor parte de la sociedad, gracias a que sus discursos aparecen públicamente como los representantes o portadores de los valores, ideales, aspiraciones y deseos de la mayoría, o que deberían serlo. El estatus de autoridad del saber poseído por los miembros de esas élites, reconocido así por la mayoría de la sociedad, pesa de tal forma sobre la opinión de los individuos que no tienen prestigio (la inmensa mayoría) que pocos de los que no pertenecen a alguna de esas comunidades se atrevería a manifestarse públicamente en sentido contrario, so pena de parecer como ignorante, subversivo o anacrónico. Antes preferirá adecuar su opinión con la de la autoridad del saber. Debido a la imposibilidad de que cada quien conozca personalmente los aconteceres e interrelaciones de la totalidad de la enorme pluralidad heterogénea de escenarios socioculturales que nos rodean o que existen en todo el mundo, el sistema establecido del saber selecciona los escenarios, los temas y los actores que deben ser expuestos públicamente y la valoración que de ellos debe hacerse para que todos la asuman como propia. En esta mediación intervienen los criterios éticos, estéticos y poiéticos de los mediadores. De este modo, nuestra cognición de la realidad está condicionada por la mediación y por los mediadores. Aquí es donde adquiere una importancia determinante de la legitimación de los saberes la participación de los detentadores de esos saberes en medios de comunicación masiva. Casi para cualquier conflicto social, cámara y micrófonos acuden a entrevistar uno o varios individuos que gozan de prestigio académico-intelectual para que orienten a la opinión pública. Otras tantas aparecerán como invitados en noticiarios o programas de análisis para juzgar la realidad y condenar aquello que consideran contrario a sus valores.
La institucionalización de la legitimidad de las élites En nuestra sociedad abierta, el principio mayoritario como fundamento de la democracia se acota a los procesos electorales y a las votaciones en los parlamentos, pero en el debate entre las autoridades del saber, el consenso entre ellas se impone —como un universo valorativo independiente de los gustos, creencias, opiniones, deseos o voluntad de la mayoría— para moralizar la realidad social y orientar o condenar la toma de decisiones de los actores políticos. Se erige, entonces, por encima de la voluntad de la mayoría, el dominio de lo políticamente correcto como el conjunto de los valores democráticos impuesto por el consenso de las autoridades del saber. A nombre de la democracia, las juntas de notables pontifican sobre lo que es o no es políticamente correcto. Mientras las élites académicas profetizan lo políticamente correcto, los parlamentarios y autoridades ejecutivas se encargan de llevarlo a sus discursos para ostentarse públicamente como sus promotores y custodios. Dentro del propio sistema establecido para participar en la exposición de discursos y el debate de los saberes, existe una pluralidad de actores participantes que coexisten dentro de una jerarquía basada en el prestigio de cada actor, asociada al prestigio de los medios de comunicación en que participan, así como su pertenencia a los grupos reconocidos socialmente como legítimos en la posesión, acumulación y comunicación de su saber específico. Debido a la legitimidad pragmática del saber por la que los grupos especializados en cada parcela del conocimiento en forma de comunidades científicas y culturales determinan las cualidades y méritos que debe poseer cada aspirante a participar dentro del sistema de reglas establecido, así como las características que deben tener los discursos, las maneras de narrarlo y los medios por los que se comunica, existen numerosos actores que no cumplen con tales requisitos y quedan, por tanto, marginados para participar en las arenas de discusión reconocidas como válidas (académica y políticamente correctas).
La marginación y la cooptación de los críticos La alternatividad, o esa manera de ser y manifestarse al margen o en contra del sistema imperante, tiene su propio prestigio. Las arenas alternativas tienen sus propios juegos con sus reglas respectivas, tan rígidas como las hegemónicas, por las cuales los actores llegan a tener fama, prestigio y reconocimiento público, de modo que sus productos llegan a ser demandados en grandes volúmenes; sus discursos adquieren simpatía entre individuos y grupos que llegan a construir sus propias identidades culturales en torno a estos epicentros culturales (alternativos). Llama entonces la atención de los aparatos mercadológicos de las industrias culturales, las cuales buscan hacer de ellos objetos de consumo tan exitosos o más como los productos fabricados por ellas. De este modo, los productos comunicativos y los propios discursos de la alternatividad también llegan a convertirse en objeto de consumo de masas, en mercancía puesta a la venta por el sistema dominante, a veces de manera distorsionada o matizada y otras reproducida en toda su crudeza, pero que al ser puesta en las vitrinas y escaparates del mercado, pierde su autenticidad como desafiante al establishment; y, en ocasiones, en la medida en que se consumen masivamente, se pierde también la intención original del autor. Muchos de estos autores o productores no son alternativos por vocación, sino por falta de oportunidades para participar dentro del sistema, pero una vez que se abre alguna puerta, entran a participar en las arenas del sistema siempre y cuando respeten las reglas. Dentro de la alternatividad hay expresiones que antes de ser descalificadas o marginadas por el sistema tienen como propósito expresar su repudio a éste y manifestar una posición contraria que demande o proclame su derrocamiento. Ante la imposibilidad de hacerlo de manera concreta, esta intención se expresa de manera simbólica en productos comunicativos. Se trata de manifestaciones que, en algunos casos, han venido llamándose a sí mismas como contraculturales. La contracultura o las arenas y productos contraculturales son aquellos creados por actores que repudian al sistema hegemónico y reivindican como propios los valores opuestos a los detentados por el sistema. Al menos así se lo imaginan. La producción y reproducción de contraculturas es un asunto de intención y de imaginación más que de subversión o desestabilización real del sistema. Esto se evidencia en que las supuestas contraculturas no han llegado nunca a triunfar y con frecuencia sus propios protagonistas acaban siendo coptados o asimilados por el sistema. Al cancelarse la legitimidad de las proclamas revolucionarias por la demostración fallida de los desenlaces de sus proyectos históricos, desde el marxismo parece haber poca capacidad para articular una propuesta de fondo (no revolucionaria) dentro del marco de la legalidad. Quizá por eso es en la literatura donde los marxistas mantienen una posición importante y con influencia en la opinión pública, sobre todo a partir de la entrega del Premio Nobel a Saramago. ¡Vaya paradoja!, el máximo reconocimiento literario, una fuerte suma de dinero y mucho prestigio y publicidad para la venta de su obra a un severo crítico del capitalismo.
La institucionalización de la crítica La sociedad abierta tiene trampas que imposibilitan las posiciones totalmente outsiders. En primer lugar, la sociedad abierta se caracteriza por garantizar el derecho a existir a sus propios enemigos, reconociendo legalmente la posibilidad de expresar públicamente discursos antisistema, tolerando la existencia de espacios, medios y arenas para la expresión de ellos. En segundo lugar, porque las fuentes de financiamiento para la difusión de tales expresiones se encuentra casi siempre atada a intereses comerciales, mercantiles o es parte del financiamiento del aparato cultural del Estado para producciones culturales independientes. En tercer término, porque el sistema hegemónico promueve ampliamente y con legitimidad reconocida sus valores, sus procedimientos y su estructura, de modo que logra mantener a las posiciones contrarias como una excentricidad, disfunción o rareza exclusiva de grupos minoritarios y con poco o nulo poder como para transformar al sistema. No sólo eso, sino que en no pocas ocasiones la rebeldía predomina en los espacios oficiales. De acuerdo con Bell (1977: 52-54), “los protagonistas de la cultura antagónica, a causa del efecto histórico subversivo sobre los valores burgueses tradicionales, influyen sustancialmente, si no dominan, los establecimientos culturales de la actualidad” y su hipercomercialización la ha banalizado: “la crítica cultural se convirtió en un juego snob, al que juegan agentes publicitarios, ilustradores de revistas, decoradores, editores de revistas para mujeres y homosexuales del East Side como una diversión de moda más” En efecto, una vez que el hedonismo es el pilar del capitalismo, los temas respecto a la sexualidad, el consumo de drogas y la crítica a cualquier valor religioso, costumbrista o moral son absolutamente inocuos para un sistema en el que la eficiencia en la esfera económica no tiene otro fundamento que el de la máxima ganancia mediante la oferta de los satisfactores imaginarios y simbólicos detonados por el consumismo. Los escándalos sobre algún artista que ataque o critique aspectos de alguna religión institucionalizada o convencionalismos sexuales son motivo de escándalo en la prensa, pero son totalmente asimilables en una sociedad abierta y presentadas como muestra de su amplia tolerancia. Las posiciones antisistema en la sociedad abierta sólo pueden ser aquellas que repudien su esencia misma. La contracultura, para que fuera válido este término, tendría que pasar necesariamente por alguno de estos dos niveles: la crítica a las instituciones, a los funcionarios y a los programas oficiales del entramado burocrático del culturismo oficial y oficioso; o la construcción de escenas, medios y productos culturales cuyos signos y discursos sean radicalmente antagónicos a los que el sistema produce para su reproducción y perpetuación. Los únicos temas que merecerían realmente llamarse como contraculturales —expresados en cualquier producto comunicativo— serían la apología del terrorismo y la proclamación del derrocamiento del Estado democrático garante del libre mercado con sus instituciones jurídicas, políticas y financieras.
|