untitled

 

 

II. La modernidad desbordada por sus excesos

 

Otra manera de entender la  posmodernidad

A diferencia de los autores que consideran que la modernidad o, mejor dicho, el proyecto de la modernidad, ha terminado porque sus ideales de emancipación no se realizaron o sus proyectos fracasaron, Jean Baudrillard manifiesta que ya se cumplieron todas las metas de la modernidad, pero no nos hemos percatado suficientemente de ello ni causaron la satisfacción esperada. Los proyectos se cumplieron, pero no del modo en que fueron planeados o supuestos originalmente. Por ejemplo, el cibersexo o la transexualidad son fenómenos con los que no soñaron quienes impulsaron la revolución sexual, como tampoco el sida. “Aceleramos en el vacío”, dice Baudrillard (1997: 9) en La transparencia del mal, publicado originalmente en 1990, para ilustrar que la modernidad ya ocurrió y lo que vivimos es una especie de hipermodernidad en la que ya no quedan proyectos por cumplir, sino fantasear con que su realización no ha ocurrido. Ambos planteamientos, el del agotamiento de la modernidad o el de su desbordamiento, nos expresan la idea de que las promesas de la modernidad no se cumplirán en ningún caso, al menos no como decía el metarrelato, sea porque sus intentos han fracasado o porque ocurrieron de manera distinta.

La idea de  posmodernidad de Baudrillard podría definirse como una sobremodernidad (Augé) o una modernidad tardía (Mardones), para expresar así que hay una especie de exceso de modernidad, en la que sus metas han sido rebasadas sin que las expectativas de satisfacción se hayan cumplido. Baudrillard (1997: 9-19) considera que “todas las finalidades de liberación quedan ya detrás de nosotros [...] La revolución se ha producido en todas partes, aunque no de la forma en que se esperaba”. Como figura metafórica dice que vivimos el momento posterior a la orgía. Después de que las utopías fueron realizadas, sólo nos resta simular que no ha sido así y "seguir viviendo como si no lo hubieran sido". Nada desaparece por su final, sino por su proliferación. “No un modo fatal de desaparición, sino un modo fractal de dispersión”.

Por ejemplo, el caso de la revolución con el ideal del máximo de sexualidad (placer) con el mínimo de reproducción (responsabilidad-displacer), se colapsa ante la sociedad clónica que posibilita el máximo de reproducción con el menor sexo posible. Algo similar puede decirse de la política y del arte, pues carecen de vanguardias capaces de una crítica radical en nombre del deseo, de la revolución o de la liberación. Ni la política acabará de desaparecer ni el arte ha conseguido trascenderse como forma ideal de vida y la sexualidad sólo ha conseguido autonomizarse como circulación indiferente de los signos de los sexos. De allí que Baudrillard (1997: 20-42) habla de transpolítica, transestética, transexual e inclusive de lo transeconómico.

 

Principios axiales en conflicto

Según se esbozó anteriormente, desde un enfoque trisistémico el sociólogo norteamericano Daniel Bell plantea que la sociedad contemporánea está compuesta por una estructura tecnoeconómica, regida por la eficiencia como su principio axial; un orden político, determinado por igualdad; y la cultura, caracterizada por su tendencia a la autorrealización. Al poseer cada uno de estos componentes su propia dinámica y principios se da lugar a conflictos y tensiones entre ellas. Esto no quiere decir que no existan otros valores en pugna entre los sistemas y al interior de cada uno; los hay, desde luego, pero lo que hace Bell es señalar cuáles son los predominantes en cada una.

Radicalmente separada del orden tecnoeconómico —explica Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo (1977: 45-49), una colección de varios de sus ensayos publicados en diversas revistas académicas entre 1969 y 1975—, “la cultura se ha convertido en el componente más dinámico de nuestra civilización”. Mientras en la economía hay especialización, en la cultura hay sincretismo. La consecuencia es que las variaciones en la conducta personal o grupal ya no son atribuibles a su pertenencia a una clase social (gremial o estamental) ni a su posición en la estructura económica (burguesía o proletariado); ya no rige el vínculo de la posición social con un estilo cultural. Esto se manifiesta en que los individuos ya no desean ser identificados o autorreconocerse por su base ocupacional, sino por sus gustos culturales y estilos de vida. Esto quiere decir que cada individuo puede sentirse más identificado, vinculado o solidario con otros por su afición a un deporte, por su admiración a un cantante o por su compromiso con alguna causa altruista. En suma, en la política, en la economía y en la cultura hay diversos valores en disputa. Antiguamente los mismos valores caracterizaban a los tres sistemas interactuantes —en sociedades regidas por principios religiosos, por ejemplo—, de modo que no había contradicción entre ellos.

 

Del relativismo ético a la multitud de verdades

Puesto que la   posmodernidad no tiene proyectos, sino pragmáticas, si hay desconfianza o incredulidad en referentes metafísicos —sean religiosos, morales, políticos, tradicionales o de otra índole— cualquier asidero o punto de referencia tiene que estar aquí y ahora, en el consenso. Las decisiones que se toman para la totalidad o la mayor parte de los individuos no tienen como fundamento el bien común, sino el acuerdo o el plebiscito. En decisiones para grupos, el fundamento es pragmático o convencional, en el que los actores establecen reglas para un juego a su medida, conveniencia e intereses. A partir de ello, para la solución de conflictos se privilegiará el diálogo, el cual no necesariamente tiene que conducir a la verdad, la cual resulta indiferente, sino que su finalidad es el la negociación. No puede haber, por tanto, un discurso verdadero que fundamente la participación política, sino que la participación es un fin en sí mismo y las elecciones un método ad infinitum de prueba y error para elegir representantes que tomen (o pospongan) las decisiones colectivas.

Si la verdad resulta irrelevante para la colectividad, para el individuo tiene un valor personal, suficiente para llevar un estilo de vida y hábitos de consumo. Tenemos, entonces, una multitud de pequeñas e individuales verdades que no luchan por imponerse unas sobre otras sino que coexisten democráticamente, aunque con cierta indiferencia respecto a las otras. No puede, por tanto, haber un discurso que pretenda decir una palabra definitiva sobre la familia, el matrimonio, las identidades culturales o cualquier forma de convivencia. Por eso han perdido credibilidad los gobiernos, los partidos, las iglesias, el ejército y, a veces también, la familia o las familias, pues dejan de funcionar como principios absolutos intangibles. Sin embargo, advierte Lipovetsky (1998: 35-36), las instituciones continúan y el sistema funciona, pero por inercia, en el vacío, no obstante los intentos por inyectarles valor:

 

El desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, etc. ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en ellos ya nadie invierte nada […] Y sin embargo el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido.

 

De modo análogo, advertimos, los electores ceden su voto a cambio de soluciones a problemas concretos, mayoritariamente relacionados con obras públicas, en lugar de entregarlo al portavoz de algún ideal. Por eso, entre otras causas, presenciamos la vocación de todos los partidos políticos a volcarse a lo que se ha llamado el centro político.

 

De la ética protestante al hedonismo consumista

En Las contradicciones culturales del capitalismo, Bell afirma que el capitalismo norteamericano ha perdido su legitimidad tradicional basada en el sistema moral de recompensas, enraizado en la santificación protestante del trabajo de la que provenía el cimiento de la moral de la sociedad, tal como había expuesto Weber en su célebre obra El espíritu del capitalismo y la ética protestante (1930). Este fundamento, considera Bell (1977: 80), ha sido sustituido por el hedonismo que promete el bienestar material y el lujo promovido por el sistema de comercialización de las empresas. La contradicción presente del capitalismo es que su economía se basa en la eficiencia, la optimización y la racionalidad funcional —la calidad certificada, diríamos hoy—, pero en la cultura predomina la exaltación de lo anticognoscitivo, lo antiintelectual.

El proceso de erosión de los valores tradicionales norteamericanos tradicionales se produjo en dos niveles: uno, en la cultura y las ideas, puesto que algunos jóvenes intelectuales y algunos medios de comunicación (prensa, teatro y literatura) juzgaron como restrictiva y trivial la vida en las pequeñas ciudades; otro,  en la estructura social, debido al cambio en las motivaciones y recompensas del sistema económico. “El estatus y sus símbolos, no el trabajo y la elección de Dios, se convirtieron en el signo del éxito”.

En perjuicio de los valores religiosos nativos, la modernidad ya había instalado la secularización con la quiebra de la autoridad religiosa y la idea de la experiencia como valor supremo. El hedonismo, la idea de placer como modo de vida,

 

se ha convertido en la justificación cultural, si no moral, del capitalismo, mientras que destruyó la ética protestante, debido, sobre todo, al pago en cuotas o crédito inmediato (vía tarjeta). Esto quiere decir que hay un abandono de la restricción a favor de la liberación. En esto consiste la contradicción cultural del capitalismo postindustrial […] La ética protestante fue socavada no por el modernismo sino por el capitalismo (Bell, 1977: 33).

 

La economía parecía antaño destinada a satisfacer las necesidades, pero lo que define a la sociedad burguesa son los deseos psicológicos, pues las apariencias importan más que la realidad, sobre todo en una sociedad en la que hay abundancia: “la ética protestante como realidad social y estilo de vida de la clase media fue reemplazado por un hedonismo materialista y el temperamento puritano por un eudomonismo psicológico" (Bell, 1977: 81).

 

La democratización del libertinaje

El estilo de vida hedonista que antaño era exclusiva de pequeños grupos de artistas e intelectuales pertenecientes a las clases altas de la década de 1920, identificado con las vanguardias de la modernidad, a partir de la década de 1960 ha sido imitado por muchos y puesto en práctica en los medios de comunicación, de tal modo que podemos hablar de una democratización del libertinaje. Ya no hay una vanguardia porque nadie está de parte del orden o de la tradición en nuestra cultura  posmoderna. Sólo existe el deseo de lo nuevo o el aburrimiento. Entonces, lo esotérico de antaño se proclama ahora como ideología, y “lo que fue antes la propiedad de una aristocracia del espíritu se ha convertido ahora en la propiedad democrática de las masas” (Bell, 1977: 61).

El surgimiento de nuevos estilos de vida también es posible por cambios en la estructura social y no sólo por cambios en la sensibilidad, como la erosión de la ética protestante y el temperamento puritano, “los dos pilares que sostenían el sistema valorativo tradicional de la sociedad burguesa norteamericana” (Bell, 1977: 80), provocada por cambios tanto en la estructura social como en la cultura. En el mercado es donde se entrecruzan la cultura y la estructura social.

La transformación de la estructura social norteamericana se produjo por el surgimiento de una sociedad de consumo, con su exaltación del gasto y de las posesiones materiales que socavó el sistema valorativo tradicional, el cual exaltaba el ahorro, la frugalidad, el autocontrol y la renuncia a los impulsos. Gracias a la revolución tecnológica y la puesta al público a precios asequibles del automóvil, el cinematógrafo y la radio se rompió el aislamiento cultural de poblaciones dispersas y por primera vez se unió al país en una cultura común nacional. “Esta transformación social fue responsable del fin del puritanismo como conjunto de prácticas que podían sustentar el sistema valorativo tradicional” (Bell, 1977: 64). El automóvil barrió con muchas prohibiciones de la sociedad cerrada de la pequeña ciudad; el cinematógrafo apareció como ventana al mundo, trascendiendo así las vidas de horizontes cerrados a los ambientes familiares y comunitarios.

La transformación cultural se debe, sobre todo, al ascenso al consumo masivo de aquello que antaño era considerado como lujo para las clases medias y baja, en un proceso en el cual el lujo del pasado se considera como necesidad presente. Destacan aquí tres invenciones: la producción masiva de una línea de montaje que hizo posible el automóvil barato; el desarrollo del marketing que racionalizó la identificación de los compradores y de estimular la compra entre los consumidores potenciales, y, más importante que cualquiera otra, la difusión de la venta a plazos, lo cual quebró el viejo temor protestante a la deuda. La artimaña publicitaria fue ocultar la palabra deuda y sustituirla por la de crédito. La publicidad surgió, entonces, como detonador para romper con los hábitos instituidos por la familia, la iglesia y la escuela, y estimular la necesidad de satisfacción de los deseos, afectando así de los vestidos y los gustos a la autoridad y roles familiares, así como el significado del logro en la sociedad bajo auras como el triunfo o el éxito. La cultura ya no se ocupa de cómo trabajar y ahorrar, sino de cómo gastar y gozar.

El mundo del hedonismo es el de la moda, la publicidad, la fotografía y los viajes. No fue casual que una vez instalado este estilo de vida en la sociedad norteamericana haya surgido un producto como Playboy con una circulación de 6 millones en el año 1970. “El culto al orgasmo sucedió al culto a la riqueza como la pasión básica norteamericana” (Bell, 1977: 77). Antaño, mientras la gratificación de impulsos prohibidos causaba sentimientos de culpa, en la sociedad hedonista la falta de diversión lesiona la autoestima, ocasionando ansiedad, de modo que "la moralidad tradicional fue reemplazada por la psicología, y la culpa por la ansiedad" (Bell, 1977: 78).

 

El narcisismo posmoderno

Ya que las proclamas revolucionarias quedaron en el pasado y las ideologías son incapaces de entusiasmar a las masas, sólo el consumo es capaz de despertar interés, de motivar al individuo y de convocarlo. Se trata de lo que ha venido llamándose como narcisismo, un estado del individuo que se caracteriza por la trivialización de lo que antaño fue superior, como los valores republicanos o religiosos, y que surge del abandono de los ideales y proyectos colectivos.  Mientras que en la sociedad moderna se idealizaba el futuro como un tiempo y lugar en el que se superaban los intereses individuales en aras de una felicidad colectiva, en las sociedades postmodernas, de acuerdo con Lipovetsky (1998: 9), ya no se cree en futuro alguno promisorio y “reina la indiferencia en masa [...] donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación".

El ideal de la modernidad de subordinar al individuo a reglas racionales colectivas ha sido pulverizado y en la que el individuo libre se convierte en el valor supremo al grado del hedonismo, en el que el bienestar del individuo se ha convertido en el máximo valor, garantizado por “el mínimo de coacciones y el máximo de elecciones privadas posible, con el mínimo de austeridad y el máximo deseo, con la menor represión y la mayor comprensión posible” (Lipovetsky, 1998: 6-7).

Pero no debe pensarse que el narciso  posmoderno es un individuo aislado, autosuficiente ni incomunicado, por el contrario, “la última figura del individualismo no reside en una independencia soberana social sino en ramificaciones y conexiones en colectivos con intereses miniaturizados, hiperespecializados” (Lipovetsky, 1998: 13). Esto quiere decir que el lugar que antaño ocupaban las ideologías, es ahora el de la identificación en compartir las mismas preocupaciones inmediatas y circunscritas, como una necesidad de agruparse entre seres idénticos.

Lipovetsky (1998: 19) describe a las sociedades  posmodernas como aquellas en las que impera la seducción como eje articulador de los comportamientos individuales y engrane de las relaciones sociales, seducción que opera y se manifiesta en el consumismo y en la que las prácticas mercantiles como si la vida fuera un shopping permanente:

 

Desde ahora el autoservicio, la existencia a la carta, designan el modelo general de vida en las sociedades contemporáneas que ven proliferar de forma vertiginosa las fuentes de información, la gama de productos expuestos en los centros comerciales e hipermercados tentaculares [...] Esa es la sociedad posmoderna, caracterizada por una tendencia global a reducir las relaciones autoritarias y dirigistas y, simultáneamente, a acrecentar las opciones privadas, a privilegiar la diversidad, a ofrecer fórmulas de programas independientes, como en los deportes, las tecnologías psi, el turismo, la moda informal, las relaciones humanas y sexuales [...] cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia [...] sociedad abierta plural, que tienen en cuenta los deseos de los individuos y aumenta su libertad combinatoria. La vida sin operativo categórico, la vida kit modulada en función de las motivaciones individuales.

 

Parte de ese narcisismo es el culto al cuerpo, manifiesto en el repudio a envejecer o, más bien, a verse viejo; la proliferación de tratamientos de belleza y la multitud de productos que ofrecen una mejor apariencia, representada en la esbeltez:

 

inversión narcisista en el cuerpo visible directamente a través de mil prácticas cotidianas: angustia de la edad y de las arrugas, obsesión por la salud, por la “línea”, por la higiene; rituales de control (chequeo) y de mantenimiento (masajes, sauna, deportes, regímenes); cultos solares y terapéuticos (superconsumo de los cuidados médicos y de productos farmacéuticos), etc. Indiscutiblemente, la representación social del cuerpo ha sufrido una mutación cuya profundidad puede compararse con el desmoronamiento democrático de la representación del prójimo; el advenimiento de ese nuevo imaginario social produce el narcisismo (Lipovetsky, 1998: 60-61).

 

La envoltura es lo que vale

Reflejo del narcisismo es que en las sociedades de consumo valen más las envolturas que los productos. Esto es lo que puede llamarse como valor simbólico, del cual abundó Baudrillard en su obra Crítica a la teoría económica del signo (1972). Una de las evidencias del agotamiento del marxismo está en su teoría del valor, según la cual las mercancías valían por el trabajo que tuvieran para su realización. De ello se desprendía un valor de uso y un valor de cambio. Uno, por el fin en sí que tenía la mercancía; otro, por la posibilidad de ser comprado y vendido. Pero el valor simbólico no tiene que ver con el trabajo invertido, sino que un mismo producto puede venderse a precios muy distintos a partir del prestigio y aprecio que tenga o carezca en forma de marca. Por eso, dos o tres o el número que sea de productos idénticos con el mismo trabajo invertido en ellos tendrán distintos valores dependiendo de la marca de cada uno. Aquí es donde la publicidad adquiere una importancia clave en lograr una identificación entre los consumidores y las mercancías y sus marcas. De acuerdo con el diagnóstico de Bell (1977: 34): “Lo que define a la sociedad burguesa no son las necesidades, sino los deseos. Los deseos son psicológicos, no biológicos […] A fin de ser como el más hermoso o el más astuto, los otros… las apariencias importan más que la realidad”.

Así como se aprecia a los individuos por su apariencia, por su excelente presentación, también los productos se aprecian por su envoltura. La película que más dinero recibe en taquilla es la que más gasto en producción tiene y no la del mejor guión. Esa misma es también la que mayores premios cinematográficos, en forma de Oscar, recibe. No importa que haya otros premios, los Oscar siempre detentarán el estatus de ser los máximos premios en todo el mundo, no importa que los ganadores sean cuestionables por sus méritos cinematográficos. Otro ejemplo, la telenovela no tiene como estelar a la mejor actriz, sino a la que tiene un físico de acuerdo con los patrones de belleza imperantes. Entonces el talento histriónico sólo podrá ser considerado como un criterio de desempate entre quienes cumplan con el principal requisito, que es el de la presencia física, pues, de todos modos, para eso están los apuntadores y los procesos de edición. En la música tampoco triunfará la mejor letra ni la mejor creación artística, sino aquellas interpretadas por símbolos sexuales, con fórmulas repetitivas y bailes pueriles e imitables.