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III. La modernidad consensuada por los expertos
Sobre la legitimación pragmática del saber En las sociedades contemporáneas, casi de cualquier punto del planeta, el conocimiento en áreas muy específicas es construido, sistematizado y comunicado (narrado) por grupos pequeños altamente especializados. Aunque la participación de todos los miembros de la sociedad —con su trabajo, producción y reproducción de información— contribuye a la constitución y ampliación de los saberes institucionalizados y de los saberes populares, son esos grupos los que detentan el reconocimiento público como autoridades del conocimiento en el que se especializan. Tales grupos —constituidos jurídicamente como asociaciones o sociedades, y culturalmente en comunidades académicas o colegios— son las que deciden qué es el saber, quiénes son los que saben y cómo se debe comunicar ese saber. Y los demás aceptamos o reconocemos que así sea. De ahí, por ejemplo, la entrega de premios nacionales e internacionales y los que cada una de esas comunidades entrega a sus miembros, de acuerdo con las reglas que han establecido. Por eso también para el ejercicio de ciertas profesiones se requiere obligatoriamente la posesión de un título de cierto grado académico, otorgado por una institución o autoridad educativa legítima y legal. De acuerdo con el filósofo francés Jean-Francois Lyotard (1993: 51) —en su libro La condición posmoderna publicado en 1979—, “el consenso permite circunscribir el saber y diferenciar al que sabe del que no sabe”. Las comunidades académicas, incluyendo las especializadas en ciencias sociales, están constituidas por individuos que se dedican profesionalmente de tiempo completo a la construcción del conocimiento, así como a la guía de su aplicación, legitimación, custodia, institucionalización y difusión. Por lo general, estas comunidades se encuentran enmarcadas en instituciones educativas de nivel superior y centros de investigación auspiciados por fundaciones, así como por organismos públicos centralizados o descentralizados. En literatura no hay propiamente comunidades académicas, pero sí hay grupos e individuos identificables o reconocibles por la sociedad con el estatuto de intelectuales, los cuales se caracterizan por publicar en editoriales de prestigio y revistas respetables, además de ganar premios por sus obras y reconocimientos a sus trayectorias. Algunos de ellos son amigos o colaboradores cercanos de importantes políticos o, eventualmente, incursionan en la política de manera protagónica.
La primacía del método sobre la veracidad Las comunidades académicas legitiman el saber (su saber) y a sus miembros como autoridades de ese saber a partir de su posesión de ciertos títulos académicos y el cumplimiento de los métodos y procedimientos reconocidos socialmente como válidos, tales como la forma narrativa, los productos comunicativos que realizan para su difusión y los medios de comunicación que emplean o disponen para ello. Entonces, el saber socialmente reconocido y legitimado es el que realizan los sujetos válidos, narrado de forma válida por los medios válidos. La narración del saber y su socialización, por tanto, obedece a reglas pragmáticas y consensuales. De este modo, el saber se constituye también por su propio protocolo y su juego de lenguaje. Es decir, hay un juego de lenguaje que como tal tiene reglas, las cuales deben cumplirse para ser aceptado como jugador. Por medio de estas reglas, "definen así lo que tiene derecho a decirse y hacerse en la cultura" (Lyotard, 1993: 56). En todas las comunidades académicas hay saberes que van reconociéndose como tales, de modo que deja de discutirse sobre su veracidad; pero hay temas que resultan polémicos, de los cuales se construyen diversos relatos teóricos que pueden ser distintos o contrapuestos aunque cumplan con los procedimientos reconocidos como válidos. No obstante la falta de similitud de los relatos entre sí, todos esos artículos o capítulos serían válidos en tanto hubiesen sido escritos por sujetos válidos que cumplen con el tipo narrativo válido y comunicado en un medio válido. Las formas del discurso del saber reconocidas actualmente como desarrolladas (válidas), admiten un solo juego con reglas invariables (Lyotard, 1993: 52), pero los relatos pueden ser distintos o contrapuestos entre sí. El juego admite una pluralidad de relatos, tantos como jugadores. Pero lo sorprendente es que ha llegado a ser más importante el cumplimiento de las reglas que la veracidad del relato, pues un enunciado que sea verdadero no será reconocido como tal si no cumple con ellas, mientras que todos aquellos que cumplen con las reglas tienen un reconocimiento homólogo de su veracidad (relativa), salvo, quizá, por el prestigio de su expositor:
Se abandona la búsqueda metafísica —explica Lyotard (1993: 70)— de una prueba primera o autoridad trascendente, se reconoce que las condiciones de lo verdadero, es decir, las reglas de juego de la ciencia son inmanentes a ese juego, no pueden ser establecidas más que en el seno de un debate ya en sí mismo científico, y además, que no existe otra prueba de que las reglas sean buenas como no sea el consenso de los expertos.
La performatividad del saber y las reglas del juego El párrafo anterior nos habla de uno de los problemas claves de la posmodernidad: la invalidez (rompimiento de reglas) de proclamar y reconocer verdades absolutas e incontrovertibles, determinada por la performatividad del saber y sus reglas de juego, y en la que su legitimidad es más política que epistemológica. Esto es lo que Lyotard llama como la legitimidad pragmática del saber, sea científico o narrativo. En un texto titulado Pragmatismo e inteligencia política global, José Luis Orozco (2000: 7), profesor de posgrado de Relaciones Internacionales, afirma que el neopragamatismo, “cuenta con los controles científicos del aparato analítico, matemático y lingüístico más sofisticado, como con las certezas discursivas de un modo de pensar”. Este modo de pensar pragmáticamente legitimado con sus grandes presupuestos —los del intercambio, la tolerancia y la productividad—, “desbancan cualquier cosmogonía, teleología o historicismo” en la que se posasen el pensamiento sólido y sus corolarios revolucionarios o utópicos. Dentro de esta legitimidad pragmática, a los sujetos válidos (jugadores que cumplen con las reglas) podemos denominarlos como actores; mientras que a los relatos que cumplen con el tipo de narración válido le llamaremos discursos y a los medios válidos por los que se comunica les diremos arenas. Un mismo campo de conocimiento es compartido por varias comunidades que no necesariamente coinciden en cuanto a la totalidad de los saberes, pero que todas reconocen y cumplen con las reglas del juego. Entonces, sobre un mismo tema puede haber una pluralidad de discursos que, en tanto son divergentes o contrapuestos entre sí, dan lugar a debates. Y también en cada comunidad puede haber miembros que no coincidan con la totalidad de saberes que reconoce esa comunidad ni con todos sus relatos. En el juego de lenguaje, todo enunciado es una jugada. Por eso, explica Lyotard (1993: 29), “hablar es combatir en el sentido de jugar”.
La publicación más influyente Las comunidades especializadas en ciencias sociales —de manera especial por la naturaleza de su objeto de estudio y más al tratar de procesos presentes— dan lugar a múltiples debates que llegan a ocupar la atención de la opinión pública y de los gobiernos, e incluso a influir en la toma de decisiones de éstos en algunas ocasiones. En tales casos, los discursos son esfuerzos por explicar de manera analítica la complejidad de escenarios socioculturales, predecir posibles desenlaces o consecuencias y, opcionalmente, proponer posibles acciones para incidir en la realidad presente y futura. Esas explicaciones, predicciones y propuestas de los discursos representan implícitamente las convicciones, ideologías o intereses de los actores en juego. Encontramos en estos debates el esfuerzo de los actores por legitimar sus relatos y por apelar a la aceptación de la mayoría del auditorio. “Así se introduce una relación del saber con la sociedad y con el Estado” (Lyotard, 1993: 79). Los medios reconocidos como válidos para la exposición de los discursos y la realización de los debates son aquellos que gozan de prestigio basado en los estatus de sus fundadores, directivos y de los actores que en ellos han participado. Estas arenas son los espacios en los que las autoridades de cada materia escenifican los debates mediante su narración discursiva. No obstante el desarrollo de los medios electrónicos y la aparición de nuevos, el que sigue siendo el más importante, dentro del convencionalismo pragmático, para el reconocimiento y difusión de los saberes, así como para realización de los debates, es la revista (impresa). Pero no son válidas todas las revistas, sino sólo aquellas especializadas en un área de conocimiento, cuyos consejos editoriales están integrados por miembros que poseen el estatus de autoridad en esa área de conocimiento y en las que sólo se admiten discursos y actores con las características señaladas. Los artículos publicados en ellas se conocen también como papers, y dependiendo de la polémica o interés que susciten se amplían o desarrollan sus argumentaciones en más artículos o a veces dan lugar a libros en los que se continúa con el debate, así como en diarios, semanarios y revistas de difusión (de características distintas a las especializadas). Aunque las revistas especializadas son las arenas más importantes, la participación de los actores más importantes en diarios de prestigio y programas especializados de radio y televisión, hace de estas otras arenas los medios de difusión para introducir los discursos y los debates en la opinión pública, socializando así su legitimidad y moviendo simpatizantes a su favor, con lo cual se influye en la toma de decisiones y se ganan apoyos para mantener o elevar sus estatus. Actualmente, la revista más importante, la arena estelar para la exposición mundial de los discursos y la escenificación de los debates es Foreign Affairs (¿si no, cuál?), que se presenta a sí misma como: “la publicación más influyente” ("the most influential publication"); influencia que necesariamente tiene que reconocerse, independientemente de la simpatía o antipatía que a cada quien cause. Fundada hace cerca de 75 años y vinculada al poderoso Consejo de Relaciones Exteriores (Foreign Affairs Council), para la discusión de la situación política mundial y el rol de Estados Unidos en ella, Foreign Affairs tira de cada número más de 110 mil ejemplares, cantidad superior a cualquiera otra publicación de sus mismas características de formato y periodicidad; ahora también con una edición en español a cargo ITAM.
Pluralidad y jerarquía en las arenas de discusión La multiplicidad de arenas en las que se escenifican los debates representa la pluralidad de las sociedades democráticas y la diversidad de los escenarios socioculturales sobre las que se construyen los discursos, pero también representan la estratificación de la jerarquía de los actores. Esto quiere decir que hay distintos niveles de debate. Distintos no tanto por el nivel intelectual o la capacidad argumentativa (en el supuesto de que los jugadores cumplen con las reglas del juego), sino, sobre todo, por el prestigio que la sociedad, en especial sus élites y las propias comunidades, reconocen o le dan a cada arena y a sus actores, así como a la importancia que a cada escenario se le reconozca. Existen, entonces, debates de temas internacionales, nacionales, regionales, efectuados en arenas que ocupan distintos niveles dentro de una jerarquía determinada por su prestigio y el de los actores que en ellas se admite. Un ejemplo de esta jerarquía es descrito en un artículo de Paulo Sotero, publicado precisamente en Foreign Affairs (otoño-invierno de 2002), que trata sobre el interés que hay de los think thanks norteamericanos respecto a lo que ocurre en las distintas regiones del mundo, reflejo del interés del gobierno de Washington en ellas. Los think tanks se definen a sí mismos como creadores de ideas, pero, a diferencia de las universidades, que crean conocimiento, a veces abstracto y otras con orientaciones políticas, los think tanks también se encargan de impulsar esas ideas en el proceso político. Sotero explica que dentro de la industria de las ideas de los think tanks, los "socios menores" son los centros de investigación y debate dedicados a América Latina y el Caribe, los cuales "suelen movilizar audiencias menos estelares que sus congéneres más establecidos", pues, según cita a Moisés Naim, editor de Foreign Policy (revista fundada por Samuel P. Huntington, de quien hablaremos más adelante), "la relevancia del público que atraen refleja la importancia de la región en Washington". En contraste, "la conferencia de un ministro de Singapur o de China en la Brookings Institution, en el Carnegie Endowment for International Peace o en el IIE [Institute for International Economics] atrae miembros de los niveles más altos de la administración y del Congreso y una audiencia de especialistas calificados". Tal ejemplo coincide con el análisis de Orozco (2000: 18):
El compromiso científico del pragmatismo propicia, primero, al intelectual corporativo, empresarial, preocupado por empedrar el camino de los intereses y, a su lado, al intelectual estratégico, militar, orientado directa o indirectamente a la seguridad nacional. Sus habitáculos intelectuales, los think tanks, rompen la tradición de los cenáculos y camarillas prevalecientes entre los seguidores y amigos del intelectualismo europeo y latinoamericano.
De acuerdo con Lyotard (1993: 13-19), la naturaleza del saber se ha modificado en tanto se ha vuelto un valor de cambio en el mercado, una mercancía que es la principal fuerza de producción; fuente de riqueza y poder, afectada por la tecnología tanto en la investigación como en la transmisión de los conocimientos. La legitimidad pragmática de la que hablaba el filósofo francés (1993: 107) parece también una pragmática de marketing: no sólo hay que saber, también hay que saber vender el conocimiento (know how) y saber venderse como autoridad del saber y a quienes mejor lo retribuyen:
la transmisión de los saberes ya no aparece como destinada a formar una élite capaz de guiar a la nación en su emancipación, proporciona al sistema los jugadores capaces de asegurar convenientemente su papel en los puestos pragmáticos de los que las instituciones tienen necesidad.
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