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I. La modernidad agotada por sus fracasos

 

Una interpretación de algunos fenómenos contemporáneos

El vocablo posmodernidad tiene su antecedente en el arte, cuando se hacía referencia al posmodernismo como una tendencia que expresaba o expresa el agotamiento del modernismo y de las vanguardias, que como tales estaban asociadas a proyectos y credos políticos revolucionarios. A partir de entonces ha venido hablándose de la posmodernidad tanto por la pérdida de la confianza en la razón ilustrada que abandera el proyecto de la modernidad a partir del enciclopedismo y la Revolución Francesa, como de los fenómenos que resultan como sus supuestos fracasos.

      En torno a la crítica a la modernidad de Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, diversos filósofos han conformado la reflexión que se ha dado en llamar posmoderna. Por un lado están los franceses Jean-Francois Lyotard, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Jean Baudrillard y Gilles Lipovetsky, quienes vienen de distintas líneas de pensamiento, tales como el marxismo y el postestructuralismo. Por otra parte están los italianos Gianni Vattimo, Aldo Gargani y Vincenzo Vitiello. Y algunos analistas incluyen entre ellos al alemán Peter Sloterdijk y al norteamericano Richard Rorty (Mardones, 1996: 10). Otra línea de pensamiento que se suma a la reflexión sobre la posmodernidad es la de la sociología neoconservadora estadounidense, con autores como Daniel Bell y Peter L. Berger.

      No es que ellos se asuman u ostenten como promotores de este tipo de pensamiento o sean apologistas de los estilos de vida y prácticas sociales consecuentes, sino, más bien, son sus delatores, algunos desde una posición crítica desde otras líneas de pensamiento, como Jürgen Habermas, quien considera que la modernidad no se ha agotado sino que permanece inacabada; mientras que otros sostienen una visión resignada, como Lyotard o Vattimo, para quienes la modernidad se acabó sin haber cumplido con sus proyectos y por la incredulidad en las ideologías como motores de transformación de la realidad.

 

Supuestos del proyecto de la modernidad

Abundando en la idea de posmodernidad, ésta no se define por sí misma sino por referencia a la etapa previa a la que se supone sucesora. La palabra posmodernidad, entonces, está diciendo que la modernidad ya terminó, pero no alcanza a especificar lo que siguió o sigue a la modernidad. Vattimo (1995: 10), por ejemplo, insiste en citar a Friedrich Nietzsche y a Martin Heidegger como autores que anunciaron el fin de la modernidad, mucho antes de que hubiera algún intento por definir su real o hipotética etapa posterior.

Si decimos que la modernidad ha terminado, tenemos que especificar en que consiste, cuales son sus supuestos básicos, sus premisas fundamentales y sus motores ideológicos. Podemos, por tanto, enumerar los siguientes elementos constitutivos de la modernidad que se suponen agotados o cuestionados por la posmodernidad:

1.- Confianza en el desarrollo de la ciencia y la técnica para garantizar el bienestar de la sociedad, en lugar de Dios y su Providencia.

2.- Fundamentación de la autonomía de la razón como único medio para conocer la verdad, desligada de la revelación religiosa y cualquier criterio fundamentado en instancias ultraterrenas o deidades.

3.- La secularización de la sociedad, como proyecto de organización de las actividades económicas, políticas y culturales de manera desvinculada de las instituciones eclesiásticas y las creencias religiosas.

4.- La idea de historia lineal, ascendente y progresiva, según la cual la historia de Occidente —de Europa y Norteamérica— es la única historia posible.

En conjunto, los supuestos de la modernidad hacen referencia a la promesa de un mundo mejor, justo, igualitario, democrático, sin pobreza ni explotación, como la sustitución del paraíso ultraterreno post mortem por el paraíso terrenal de un estadio histórico futuro, promesa que exige el sacrificio de generaciones presentes o dar su vida por la revolución, a cambio de que generaciones venideras disfruten de un gobierno científicamente construido que derroque las formas de explotación, que vivan en una sociedad ordenada racionalmente. Las promesas de la modernidad, al igual que las religiosas, se socializan e inculturan por su narración en forma de metarrelatos. Es decir, hay sistemas de pensamiento elaborados y complejos con un corpus de verdades universales y absolutas que requieren sujetos especializados que los transmitan en el marco de instituciones.

 

La incredulidad en la modernidad

Nietzsche y Heidegger niegan la noción de fundamento y del pensamiento como camino para llegar al fundamento. Mientras para las sociedades premodernas la fe religiosa es el fundamento para conocer la verdad, para la modernidad ilustrada lo es la razón (o la fe en la razón). Ambas fundamentan su orden, su proyecto histórico y su discurso de legitimidad en referentes metafísicos. Así, la crítica a la modernidad no sólo es el cuestionamiento a sus proyectos sino también a la debilidad de su fundamentación y a su demostrada incapacidad de realización como proyecto histórico.

Nietzsche, el profeta del Superhombre en Así hablaba Zaratustra, predica en el ágora y logra conseguir algunos seguidores, quienes lo siguen a su morada. Les enseña a liberarse de las ideas religiosas, luego de lo cual se retira. Al volver, Zaratustra los encuentra adorando a un asno. Esto quiere decir que quienes creyeron liberarse de las religiones, en especial del cristianismo, acabaron adorando ídolos similares o peores que aquellos que suponían superados, como las ideas de la modernidad, el racionalismo y el liberalismo engendradas por la ilustración y su moral. Para Nietzsche, entonces, no hay más fundamento posible que el propio individuo y su proyecto de autosuperación.

La modernidad y su idea de la historia del pensamiento, entendida como una progresiva iluminación, sobre la base de un proceso de apropiación y reapropiación de los fundamentos para revoluciones teóricas y prácticas son descalificadas por Nietzsche y por Heiddegger. A la vez que el progreso se convierte en rutina, "la novedad nada tiene de 'revolucionario', ni de perturbador, sino que es aquello que permite que las cosas marchen de la misma manera" (Vattimo, 1995: 14).

Por otra parte, un autor que ha influido de manera importante en la difusión de este pensamiento ha sido el sociólogo norteamericano Daniel Bell, quien en su ensayo El fin de las ideologías descalifica los metarrelatos de cualquier índole, sean religiosos, ilustrados o cientifistas. Los paraísos terrenales son iguales a los supraterrenales: utopías, no-lugares, promesas para futuros remotos. Para Bell (1970: 543-547), la ideología —marxista, liberal o de cualquier índole— se volvió una religión secular, de modo que ideólogos y predicadores religiosos le parecen equivalentes: "lo que es el sacerdote a la religión, lo es el intelectual a la ideología". En adelante, propone, “las utopías deberán decirnos no sólo a dónde se desea ir, sino también cómo llegar ahí, a qué costo y quién va a pagarlo”.

La posmodernidad no es un intento por volver a alguna una etapa previa a la modernidad. La cuestión de fondo para la posmodernidad es que tanto el pensamiento moderno como el pensamiento religioso institucional, con pretensiones de sustentarse en metafísicas, son por igual metarrelatos en los que no cabe creer más.

 

El problema real de la modernidad —de acuerdo con Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo (1977: 39)— es el de la creencia […] pues los nuevos asideros han demostrado ser ilusorios y los viejos quedan sumergidos. Es una situación que nos lleva de vuelta al nihilismo; a falta de un pasado y un futuro, sólo hay vacío […] ¿qué queda por destruir del pasado y quién tiene esperanza en un futuro?

La idea de revolución aún hipnotiza a algunos, pero los problemas reales surgen al día siguiente de la revolución, cuando el mundo terrenal invade nuevamente la conciencia.

 

Características definitorias de la posmodernidad

En el talante posmoderno tanto las religiones como los discursos revolucionarios de la modernidad son por igual utópicos y no viviremos para ver cumplidas sus metas, en caso de que fueran viables. Esto quiere decir que la posmodernidad es algo más que la simple afirmación de la conclusión de la modernidad, y que tiene algunos supuestos básicos, principios pragmáticos, como los siguientes:

1.- Pérdida de vigencia de las ideologías, de los metarrelatos y de todo interés por lo teórico o lo ajeno a la utilidad inmediata. No interesan las concepciones globales sobre qué es el hombre o el mundo. El pensamiento posmoderno opta por el relato pequeño, por la política pequeña, por los sueños pequeños. De acuerdo con Lipovetsky (1988: 40), los grandes valores del modernismo están agotados, “el progreso, el crecimiento, el cosmopolitismo, la velocidad, la movilidad así como la Revolución se han vaciado de una sustancia. La modernidad, el futuro, ya no entusiasman a nadie”.

2.- En la ética preocupa sólo la casuística, resolver de acuerdo al buen sentido o a la opinión mayoritaria cualquier situación concreta, dejando de lado el análisis de principios o teorías. El bien y el mal son relativos o irrelevantes y la afirmación de cualquier enunciado como verdad absoluta no tiene cabida. Se aceptan todas las posiciones sin necesidad de justificarlas con rigor racional, y no por respeto al pluralismo, sino porque en cierto modo pareciera que todo da igual y es cuestión de agrado o de liberalidad decidirse por esto o lo otro. Se pasa de la ética de los deberes a la ética de los derechos. En otras palabras, no se trata de un pluralismo en que cada conducta ética busca justificarse en principios. Es lo que algunos han llamado como éticas pragmáticas (de situación), éticas consensuales (de común acuerdo) o éticas de bolsillo (para casos individuales o particulares), a esto en conjunto se le llama eticidad.

3.- La calidad de vida defendida por la posmodernidad sustituye a la sacralidad de la vida o su teleología, fuera para fines religiosos o revolucionarios. De ello, la búsqueda primaria de lo hedónico, que trivializa la existencia evitando problemas, dejando transcurrir el tiempo sin mayores preocupaciones, sin sacrificarse en ahondar las situaciones a la vista y sin considerar las consecuencias remotas de lo que se hace. Su consecuencia práctica es la entrega abierta al consumismo —práctica determinante de las identidades culturales y criterio definitorio de posición en la estratificación socioeconómica de la sociedad— o cualquiera otra actividad que tenga por objeto la procuración del bienestar individual como eje de las relaciones interpersonales. Bell (1977: 61) expresa esta idea del siguiente modo: “el posmodernismo ha sustituido completamente la justificación estética de la vida por lo instintivo. Sólo el impulso y el placer son reales y afirman la vida; toda otra cosa es neurosis y muerte”.

4.- El individuo es el único sujeto constitutivo de la sociedad. Mientras para la modernidad hay proyectos colectivos bajo los conceptos de clase, nación, Estado, humanidad o pueblos, en la mentalidad posmoderna no hay cabida para esperanzas que no tengan por destinatario al individuo concreto. Puesto que los planes salvíficos colectivos o grupales fracasaron, tendrán mayor aceptación los dirigidos a la redención individual vía métodos de superación personal, toda vez que la tecnología y el mercado desplazan a la política y sus instituciones como fundamento del ordenamiento constitutivo y regulador de las relaciones sociales hacia tendencias culturales hedonistas. En palabras de Lipovetsky (1998: 7-8): “El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado, el proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal”. Esto se manifiesta en el reconocimiento común del derecho a “escoger íntegramente el modo de existencia de cada uno”, fenómeno que constituye “el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo”.

5.- El ser se configura de distintas maneras en distintos lugares y épocas, no pudiendo considerarse a una mejor o superior a otra. Los medios de comunicación, el turismo y las migraciones han contribuido a que se descubra la valía de las prácticas sociales y expresiones culturales distintas a las occidentales que habían sido menospreciadas o sometidas durante la época del colonialismo y el proyecto civilizatorio de la modernidad eurocentrista.

6.- Incredulidad en la idea del progreso garantizado por la ciencia y la razón, y en la historia como un proyecto de superación. La noción de historicidad se hace cada vez más compleja. Los posmodernos aceptan que hay algunos progresos, pero no el progreso. Así, lo posmoderno, define Vattimo (1995: 12), se caracteriza como “disolución de la categoría de lo nuevo, como experiencia de ‘fin de la historia’ en lugar de presentarse como un estadio diferente”. Por su parte, Lipovetsky (1998: 9) sentencia que “la sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica… en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución. En cambio, en las sociedades posmodernas, “se disuelven la confianza y la fe en el futuro, ya nadie cree en el porvenir radiante de la revolución y el progreso, la gente quiere vivir enseguida, aquí y ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo”. La ciencia, por tanto, se convierte en un metarrelato inútil si no tiene aplicación práctica en forma de tecnología capaz de hacer la vida más cómoda y placentera.

     

La posmodernidad como un fragmento de la sociedad plural

Un autor mucho menos conocido que los mencionados es José María Mardones, filósofo español cuyo mérito es que identifica a la posmodernidad como parte de un todo en el que coexiste con otras líneas de pensamiento, con otras identidades culturales que interactúan, se confrontan o combinan. Este análisis —de tipos ideales, en términos de Max Weber— nos ayuda a comprender que la posmodernidad es un fenómeno contemporáneo, pero no total ni único, sino que persisten otras formaciones que siguen teniendo influencia importante en el comportamiento social, en su organización y como causa de conflictos. Mardones (1988) identifica cuatro tipos, los cuales retomo de su esquema para hacer comentarios propios.

Crítico-sociales.- se refiere a las izquierdas que tras la extinción del referente soviético y el descrédito del marxismo y de las revoluciones se han volcado a la escena de las organizaciones no gubernamentales u organizaciones de la sociedad civil, asociadas a los movimientos por los derechos humanos, la justicia social, el desarrollo sustentable en un medio ambiente limpio y la defensa de las especies animales y vegetales. Aquí pueden citarse las manifestaciones antiglobalifóbicas, los participantes en el Foro Social Mundial de Sao Paulo y las simpatías por el EZLN. Las izquierdas que antes propugnaban por un Estado totalitario y un gobierno mundial que acabara con la explotación y lograra la igualdad, hoy, bajo la forma de organizaciones no gubernamentales, se concentran en pequeños proyectos comunitarios y la autogestión de las comunidades marginadas, influencia del pensamiento posmoderno y su conformidad con los pequeños relatos, una especie de microrrevoluciones. Mardones señala que en esta categoría se clasifica a quienes rechazan el predominio de lo funcional y pragmático en nuestra sociedad.

 Posmodernos.- como esbozamos en el subtítulo anterior, son quienes han dejado de creer en las promesas de la modernidad en cuanto a alcanzar progresivamente, algún día remoto, elevados niveles de bienestar para todos los hombres. Los discursos modernos, en sus diferentes versiones ideológicas, les resultan desconfiables o inverosímiles. En cambio, la posmodernidad significa afianzarse en lo cotidiano, en el presente, con metas individuales alcanzables. No la superación de la sociedad, sino la superación personal, la autosuperación; cada quien su propio mesías o revolucionario que satisfaga las necesidades de prosperidad económica, aceptación social y éxito profesional. Individuos que realizan en sí mismos lo que la modernidad prometió para todos algún día. Aquí y ahora cada quien puede ser más inteligente, más bello, más deseado, más amado, más sano y alcanzar el paraíso en el propio lugar donde vive. En suma, felicidad a la medida del individuo. De esta tendencia se encuentra en su extremo el nihilismo.

Neoconservadores.- son aquellos que aceptan los valores y procesos del orden tecnoeconómico y del Estado tecnocrático, de modo que son decididos defensores de la sociedad moderna en su versión del capitalismo democrático según el modelo norteamericano, pero rechazan los valores del pluralismo cultural —predominantemente posmoderno— por considerarlos como opuestos a sus valores religiosos y que ponen en riesgo el orden social tradicional y los estilos de vida que consideran moralmente correctos. Por tanto, consideran como su mayor amenaza a los posmodernos, pero más a los liberales o progresistas de sus propios credos religiosos.

Conservadores.- consideran que lo mejor está siempre en el pasado. Prefieren la seguridad a la libertad. Creen poseer la verdad en cuanto a la moral y ser portadores de esos valores, de modo que son intolerantes contra quienes cuestionan o critican esos valores o estilo de vida. Su conducta se orienta por preceptos religiosos institucionales. Entre los conservadores se han mantenido grupos de resistencia a la secularización propiciada por la modernidad, con tendencias al integrismo (religión-política) y a cuestionar los valores democráticos. En general, los conservadores han tenido que aceptar que los demás no vivan o no compartan sus preceptos religiosos o su visión moralista del mundo o de la historia, pero reaccionan cuando se les quiere imponer alguna norma liberal dentro de sus espacios.

Premodernos.- El esquema de Mardones parece adecuado para la realidad europea y norteamericana —aunque los inmigrantes de países en vías en desarrollo de los últimos años constituyen una nueva variable—, pero desde la perspectiva de los países en vías de desarrollo, en este caso iberoamericana, habría que añadir una quinta categoría que es la de los premodernos, es decir, de aquellas comunidades o grupos poblacionales nativos, rurales y étnicamente indígenas que han permanecido al margen de la modernidad y que apenas recientemente han tenido contacto con ella, especialmente por medio de algunos bienes de consumo que han llegado a sus poblados, la migración eventual y temporal de algunos de sus miembros a sociedades urbanas, y en algunos casos por la educación pública y los medios de comunicación.

Los posmodernos y los críticos-sociales tienen particular aprecio por las poblaciones premodernas. Unos aprecian de ellas sus expresiones culturales, tales como su apego y aprecio a la tierra y a la naturaleza, su cosmogonía, sus ropas y ornamentos, sus tradiciones, etcétera. Otros, ven en ellos a una clase sometida y explotada por la modernidad capitalista que les ha arrebatado sus recursos naturales, les ha querido borrar sus tradiciones e identidad cultural y les ha negado participar de la riqueza que en justicia les corresponde.

Adoptando el enfoque trisistémico de la sociedad de Daniel Bell y otros autores como Peter L. Berger y Jürgen Habermas, Mardones identifica como tendencia predominante a la neoconservadora en cuanto al orden tecnoeconómico y al Estado tecnocrático, y a la posmoderna como la predominante en el sistema cultural, según veremos en detalle en un apartado posterior.