|
Amargo emopop
Dulce María, Dulce amargo, México, Televisa, 2008.

Un libro que tuve que esperar varios meses a que lo reimprimieran,
porque el primer tiro se agotó rapidísimo: Dulce amargo, que
es una selección de contenidos del diario íntimo de Dulce María, la
pelirroja de RBD, como bien deja ver la portada. No obstante su fama
y éxito, no sonríe, luce seria, ve de frente, desafiante. Un libro
que nos permite dar un vistazo a uno de los liderazgos más
interesantes en nuestra cultura, no el de opinión ni el político,
sino el sentimental y actitudinal. Es la otra cara del fenómeno emo,
su versión pop.
En su prólogo, el maestro Pedro Damián manifiesta, además de
quererla “con el corazón”, haberse sentido con esta lectura
“profundamente conmovido por esa forma tan plena de sufrir a través
de las palabras”. En efecto, Dul expresa en sus textos lo que
coloquialmente se llama “pensamientos”, además de varios poemas y
canciones, que se complementan emocional y visualmente con sus
dibujos.
Su mamá, doña Blanca Savignon, relata que Dul “comenzó a escribir a
los 11 años, y desde entonces ha mantenido en privado sus escritos”,
por lo que este libro resulta de que quiere “compartir contigo todos
sus sentimientos, ideales, pensamientos y sueños”. Lo curioso es que
no pueden distinguirse entre los textos de cuando era niña y los que
se supone que corresponden a una mujer de 25 años de edad, como si
sus pensamientos no hubieran cambiado. Si bien “todo lo que no dice
verbalmente lo manifiesta a través del arte”, explica su mamá, en la
mayoría de sus autorretratos con los que ilustra el libro se muestra
como adolescente deprimida y de rasgos aniñados, con los ojos
cerrados o lacrimosos.
Es un libro en el que no hay una sola idea. Todo es sentimiento.
Tanto así que va dedicado “al amor en todos sus sentidos”, con
textos que llevan títulos como: “Se me ha congelado el alma”, “¿De
dónde vienen las lágrimas?” o “Historias de amor en la cabeza”.
Línea tras línea es un continuo amor y desamor. Sus metáforas se
limitan a los lugares comunes del romanticismo popular: la luna, el
sol y las estrellas; el día y la noche, el mar, el arcoiris y el
invierno. Lo mejor de su poética atisba en: “me dejaste con la
maleta llena / y la sonrisa vacía”; entre sus destellos aforísticos
se encuentran: “lo superfluo no es eterno” y “no todo lo que parece
real es verdad”, y de su ensayística puede leerse: “la vida, como
buena alma femenina, es complicada, sin razones, con reproches, sin
soluciones, con temores; es valiente, determinante, pero vulnerable…
La vida es ella misma, no pretende ser diferente”.
Dul confiesa que empezó a hacer este libro con varios de sus
escritos, porque recibió un mensaje que le “manda el universo”, ya
que nada es casualidad. Pero, ¿sorprendentemente?, detrás de esa
rebeldía manifiesta en un minipiercing, cabello enrojecido, falda
corta y botas que ocultan la delgadez de sus pantorrillas, es
sumamente conservadora: “Ojalá que esto que lees te ayude a llenar
el vacío que tú, yo y todo el mundo alguna vez hemos sentido, porque
ya no hay valores, ya no hay límites, porque en vez de libertad hay
libertinaje, porque al sexo lo ven como juego, porque tenemos acceso
a todo”.
Sin embargo, este conservadurismo carece de sustento ideológico;
Dulce amargo confirma lo que podía advertirse de la rebeldía pop
desde un principio: es puramente emocional.
|