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Tachas
Richard
Milward, Apples, Córdoba, España, Ed. Berenice, 2007

Adam es como
el creep de la canción de Radiohead y Eve es como la pluma
que flota en un mundo hermoso. Lo interesante es lo distinta que es
la experiencia de cada quien en el mismo lugar al mismo tiempo.
Ambos son quinceañeros, viven en una pequeña ciudad al norte de
Inglaterra, pertenecen más o menos a la misma clase social y asisten
a la misma escuela. Sin embargo, él está sexualmente frustrado,
socialmente marginado y familiarmente maltratado. En cambio, ella
ejerce su sexualidad a placer, es socialmente exitosa y
familiarmente funcional.
Por supuesto
que la canción de Radiohead es para un público masculino que pueda
identificarse con el perdedor, pero de verdad que Richard Milward ha
hecho lo opuesto: Eve es la protagonista de la historia, como en la
vida real; mientras que Adam es sólo como un extra. No sólo eso,
Richard se ha esmerado en exponer el punto de vista de Eve y sus
amigas. Para ello escribió las narraciones de la mayoría de los
personajes en primera persona, de modo que bajo los subtítulos de “Eve”,
“Adam” y otros nos presenta la manera en que cada quien experimenta
su realidad. Richard ahorra en descripciones enfadosas. Se
concentra en la subjetividad, las emociones y la sincronía.
Si la
felicidad no es, no puede ser, un estado permanente, sino el
resultado de un conjunto de momentos felices, entonces Eve ha sido y
es muy feliz, inclusive y a pesar de que la desgracia la ha tocado
en lo más querido: su madre está muriendo de cáncer pulmonar. Pero
la desgracia no obsta para que deje de asistir a bares y discotecas
los fines de semana, donde disfruta al máximo con XTC, poppers y
drogas duras como Bacardí. Esta es su actitud: “compramos más
éxtasis el viernes por la noche, así que continuamos descocándonos.
Supongo que si te fueses a morir mañana esperarías haber disfrutado
a tope de tu vida en la Tierra, pero era duro pensar en eso estando
mamá tan enferma”.
Eve es una
diosa y lo disfruta al máximo. Sabe que después de acabar el colegio
puede ser una hermosa modelo “llena de glamour”; pero no gasta su
energía en pensar en el futuro, porque el presente lo vive tan
intensamente que no tiene prisa alguna en que termine. Para ella no
existe el “cuando sea”, “cuando tenga”, “cuando vaya” ni
otros cuandos.
En cambio
Adam, hijo único, es un tipo que se duerme todos los días a las diez
y media de la noche. Tiene síndrome obsesivo compulsivo, su lenguaje
corporal delata su inseguridad y no sabe entablar una conversación
con las chicas que le gustan, como Eve, de quien está enamorado.
Aunque es un deprimido, se esfuerza en ser agradable y a veces lo
logra, pero además tiene mala fortuna. Dice, por ejemplo: “resultó
que a mis padres no les hizo gracia que me escapara. Después de la
enorme bronca, me castigaron y me dieron una paliza y me forzaron a
ver la tele con ellos”.
Véase la
manera en que Eve y Adam experimentan la realidad mientras
parece que bailan ¿juntos?. Dice ella: “La música sonaba cada
vez mejor, los platillos tintineaban de un oído a otro y el bajo era
como un trampolín. Bailé con los brazos en alto y todo lo que había
arriba en el aire era un arcoiris… Cuando bailaba podía sentir cómo
daba vueltas y le di gracias al cielo por tener ese colocón… podía
sentir como fluía la sangre por mis venas pero era glorioso. Miré a
todos los que me rodeaban y se habían convertido en estrellas”. Dice
él: “sólo intentaba ser feliz, pasar desapercibido [sic]
mientras otros se lucían y parecer sociable, pero a la hora de la
verdad siempre resultas el mismo bastardo aburrido”. Minutos
después, él recibe una paliza que lo deja durante días en el
hospital. Y ella sigue con su festiva vida cotidiana.
Sorprendentemente, a Eve le gusta Adam. Pero nada cambia. En
realidad no es algo importante. Las diferencias son definitivas. Tal
vez no es más inteligente que él, pero sí mucho más maliciosa: “la
mayoría de nosotros [ella y sus amigos] habíamos nacido con estrella
y ni siquiera lo sabíamos”. Algo más: a diferencia de las deidades
de la mitología grecorromana y tantas otras, a las que son como Eve
no les importa la fortuna de los seres terrenales. No son su
creación, no son su responsabilidad ni comprenden las causas de su
miseria.
Richard tiene
en su narración algunas buenas puntadas humorísticas, como esta: “Me
gusta tu camisa —le dijo Abi al oído al Pollas, pero sólo era el
uniforme de Blockbuster sin la etiqueta con su nombre… Abi siempre
tenía que estar ligando con alguien, me imaginé que se debía a esa
sangre latina exótica que le corría por las venas. Era bastante
oscura de piel y cuando ibas a su casa te sentías como si estuvieras
en un templo azteca o en un videoclip de Jennifer López. ¿Quieres
bailar? —dijo ella, pero el Pollas prácticamente la mandó a tomar
por culo”.
La publicidad
de los editores presenta a Apples como “el Trainspotting
del nuevo milenio” y la incluye en una lista de títulos junto a
El guardián entre el centeno. Si hubiera que comparar, diría que
desde una perspectiva sociológica Milward tiene mérito distinto,
porque se encarga en demostrar las diferencias entre un grupo que se
supondría homogéneo (por edad, clase, escolaridad, lugar de
residencia, etcétera), en tanto Welsh enfatiza la identidad común
por compartir condiciones de exclusión y el consumo de heroína. Cabe
decir que los personajes de Milward son diez años menores a los del
copromaniaco, y escrito casi quince años después serían como sus
hijos, pero con un final tipo Kids. Respecto a Sallinger, me
limito a decir que prefiero la lectura de Milward por no ser tan
cursi.
La publicidad
también enfatiza la juventud de Richard, que escribió Apples
a los 19 años de edad y a los 20 ya se había publicado. Alexis
Tocqueville escribió La democracia en América a los 24 y eso
es de mayor mérito. Lo más interesante sobre la edad de Richard es
que parece un traidor a sus pares, alguien que expone el mundo
adolescente que no debe ser descubierto por los adultos, que revela
lo que hacen a escondidas de sus padres; pero después he pensado
que, tal vez, lo que muestra es que las brechas generacionales han
dejado de existir o algo ha cambiado respecto a ellas. Lo que hay
son brechas culturales independientes de la edad. Por ejemplo, Adam
sólo sabe del XTC por lo que dicen en los noticieros y no da crédito
a quienes aseguran que Eve es una reventada. En tanto, la madre de
ella es su cómplice, consiente sus juergas y sólo le da este
consejo: “bebe todo lo que quieras y trae a chicos a casa cuando te
dé la gana, pero nunca te fumes un cigarrillo”.
Milward, al
exponer que los reventados son algunos, también presenta evidencia
de lo absurda que es la idea supersticiosa de generación: que tener
la misma edad es no tener nada en común, que son mucho más
importantes las diferencias que las semejanzas o lo que se tenga en
común.
Una de las pocas novelas que he podido leer completas y con agrado o
sin decepcionarme.
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