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Educación artística:
entre el menosprecio y la subordinación
Cada tres años, a partir de 2000, la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)
aplica en sus países miembros y varios otros los exámenes del
Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA,
por sus siglas en inglés: Programme for International Student
Assessment). Se trata de una prueba que tiene por objetivo
“evaluar la formación de los alumnos cuando llegan al final de la
etapa de enseñanza obligatoria”, a la edad de 15 años,
independientemente del grado escolar que cursen. Los exámenes no
tratan de verificar la adquisición de datos o conocimientos en los
contenidos de los programas de estudio, sino la formación de
“competencias”, por las cuales debe entenderse “las habilidades, la
pericia y las aptitudes de los estudiantes para analizar y resolver
problemas, para manejar [sic] información y para enfrentar
situaciones que se les presentarán en la vida adulta y que
requerirán de tales habilidades”.
Las competencias específicas que examina son lectura, matemáticas y
ciencia.
No obstante la
demostración de que “la unión de la educación y las artes opera
positivamente en el tejido neuronal de los menores, fortalece la
autoestima, salvaguarda la identidad cultural y propicia el
pluralismo, el reconocimiento y el respeto por los otros”,
la educación artística no es evaluada por el PISA, ni la educación
física o deportiva
cuyos beneficios también están ampliamente demostrados, como si
ellas no contribuyeran de manera importante al desarrollo humano.
Pero, ¿realmente los programas escolares están concebidos o
diseñados para la formación de competencias? ¿Saber los nombres de
las capitales de Swazilandia o Tadzhikistán y reconocerlos en el
mapa es mejor o más importante que tocar alguna melodía con un
instrumento musical, o ayuda más a enfrentar situaciones de la vida
adulta? ¿Conocer las fechas y otros datos relativos a la batallas de
Napoleón es mejor o más importante que bracear correctamente en una
carrera, o hace a un joven más competente para resolver problemas?
¿Por qué no reducir entonces la carga horaria geografía e historia
en el ciclo escolar para destinarlo a las asignaturas que
supuestamente más inciden para el crecimiento y desarrollo de las
economías?
Durante la
participación de Bernard Hugonnier, director adjunto de educación de
la OCDE, en la Conferencia Mundial sobre Educación Artística de la
UNESCO, se le propuso la inclusión de las artes en las evaluaciones
del PISA. Previamente, él sugirió usar las pruebas de este programa
para medir el efecto de las artes en el aprendizaje.
La Conferencia, que llevó por título Construir Capacidades Creativas
para el siglo 21, se llevó a cabo en Lisboa, Portugal, del 6 al 9 de
marzo de 2006, y su intención fue “afirmar la necesidad de fomentar
la capacidad creativa de las jóvenes generaciones del siglo 21, y
establecer la importancia de la educación artística en todas las
sociedades”. Durante la inauguración, el Director General de la
UNESCO, Koichiro Matsuura, afirmó que “la creatividad, la
imaginación y la capacidad de adaptación, competencias que se
desarrollan por medio de la educación artística, son tan importantes
como las habilidades tecnológicas y científicas requeridas” para
resolver los nuevos problemas mundiales. Uno de los especialistas
que participaron, Antonio Damasio, fue más allá del planteamiento de
Matsuura, pues señaló que la educación en las artes y las
humanidades no sólo contribuye a la formación de ciudadanos con
capacidad de innovación, sino que son es un elemento esencial en el
desarrollo de la capacidad emocional necesaria para una buena
conducta moral.
Una de las
participaciones más destacadas con referencia al título del presente
texto, fue la de Ken Robinson, asesor superior del Fideicomiso J.
Paul Getty, en Los Ángeles, quien destacó las sorprendentes
similitudes existentes en el mundo en términos de crisis de la
educación. Hasta ahora, explicó, los sistemas educativos han sido
construidos de acuerdo con la siguiente jerarquía en las
asignaturas: en la parte superior los idiomas
y las matemáticas, luego las humanidades y, a continuación, en la
parte inferior, en el margen de las actividades extracurriculares,
las artes. A su vez, entre las artes, música está siempre en mejor
situación que danza y teatro. Ante ello, Robinson recomienda que
esta orientación vertical y jerárquica en la educación sea
sustituida por un nuevo paradigma de colaboración horizontal, basado
en el desarrollo personal, en el que la alfabetización, la
aritmética y las artes constituyan la línea de base de los sistemas
educativos en la formación de las competencias del mañana.
México, uno de
los treinta países miembros de la OCDE, obtuvo el último lugar en la
evaluación del PISA realizada en 2006, cuyos resultados se dieron a
conocer en noviembre de 2007. Participaron en la evaluación otros 27
países que no son miembros de esta organización, y México también
quedó debajo de la mayoría de ellos. Cerca de la mitad de los
examinados mexicanos no alcanzaron el resultado que se considera “el
mínimo necesario en la vida para la sociedad actual” (menos de 335
puntos de un máximo posible de 700), y los rangos más altos de la
evaluación (más de 625 puntos) apenas los lograron menos del uno por
ciento.
Esto hace evidente que hay serias deficiencias en el aprendizaje de
habilidades lectoescriturales y aritméticas en el grueso de la
matrícula de estudiantes y en la enseñanza de ellas por parte de los
maestros, que el sistema educativo, en conjunto, no es competitivo
con los de países desarrollados.
Este desastre
es resultado de un conjunto de condiciones estructurales que fueron
superadas por los países desarrollados hace mucho tiempo o que nunca
tuvieron: una curva poblacional que mantiene a uno de cada cuatro
habitantes en la matrícula de educación básica (25 millones);
numerosa población dispersa en un enorme territorio con una
orografía escabrosa (190 mil comunidades de menos de 2 mil 500
habitantes);
condiciones financieras que impiden elevar más el gasto público en
el ramo (todo el dinero se va en pago de maestros y burocracia); una
gran cantidad de profesores mal preparados y sin vocación (es un
empleo que asegura un ingreso constante para siempre, y
buenas prestaciones, sin la posibilidad de ser despedido); y un
sindicato que limita, condiciona o impide mejorar la calidad de la
educación, entre muchas.
Si los exámenes
del PISA o algunos otros incluyesen evaluaciones relativas a la
educación artística, los resultados habrían sido mucho peores en el
caso de México por un conjunto de evidencias: mínima planeación,
ambigua y laxa programación, escasa e impreparada impartición e
inexistente evaluación. Su problemática para conceptualizarse radica
incluso en su escritura: “educación artística”, que es una expresión
equívoca, polisémica y polémica. La traducción literal al inglés
sería “Artistic Education”, en vez de Arts Education, pero en
español —en México, por lo menos— no se usa decir educación en
las artes o educación para las artes, que debería ser lo
correcto. Por “educación artística”, tal cual, en español, debería
entenderse que se educa de manera artística, que el maestro imparte
su clase como un artista, así fuera matemáticas; pero comúnmente se
entiende que se trata de educación en contenidos relativos a las
artes: enseñanza-aprendizaje de música, canto, danza, teatro y artes
plásticas. Luego, en los hechos, el problema es que no hay un
proceso o método de enseñanza-aprendizaje de las artes o
para las artes. En vez de una clase de dibujo, por ejemplo, se
destina un poco de tiempo a que los alumnos dibujen.
De modo que en
los documentos relativos al sistema educativo nacional se alude a la
educación artística con los siguientes conceptos de manera
entremezclada o superpuesta:
Primera acepción.- apreciación
del arte por medio de la exposición a él. Por ejemplo, asistir a una
sala de conciertos o a un museo.
Segunda acepción.- formación de
potenciales artistas o fomentar el desarrollo de capacidades
artísticas por medio de la enseñanza de técnicas, el estudio y la
práctica. Por ejemplo, enseñar a tocar la guitarra o a pintar con
acuarela.
Tercera acepción.- recurso
didáctico para el aprendizaje de contenidos de cualquiera otra
asignatura. Por ejemplo, representar teatralmente algún episodio de
la historia patria o modelar con plastilina una cordillera o un
volcán.
Cuarta acepción.- difusión de las
bellas artes y las artes populares.
Prácticamente,
la educación artística, en su segunda acepción, se lleva a cabo en
los márgenes del sistema: en unas cuantas escuelas o academias
privadas, por medio de clases particulares en casa del alumno o del
maestro, o en algunos espacios públicos denominados casas de la
cultura, donde eventualmente se imparten cursos. En
consecuencia, se cuentan con los dedos de las manos los coros
infantiles y orquestas juveniles, por ejemplo.
En cuanto a
planeación, no hay un solo indicador ni una meta relativos a la
educación artística para el cumplimiento de los objetivos del Plan
Sectorial de Educación,
documento rector del sistema educativo mexicano. Sólo se menciona en
tres ocasiones: para
favorecer la actualización docente en contenidos y métodos relativos
a ella, para promover concursos y actividades de expresión
artística, e impartir talleres para impulsar el desarrollo de
habilidades creativas.
Aunque no hay
un libro de texto de educación artística, sí existe un programa para
su enseñanza en escuelas de nivel primaria (de primero a sexto
grado), el cual “tiene características que lo distinguen de aquéllos
con un propósito académico más sistemático”, lo que quiere decir que
el maestro no se ajuste “a contenidos obligados, ni a
secuencias preestablecidas”, puesto que supone al infante como un
autodidacta, pues “parte del supuesto de que la educación artística
cumple sus funciones cuando dentro y fuera del salón de clases los
niños tienen la oportunidad de participar con espontaneidad en
situaciones que estimulan su percepción y sensibilidad, su
curiosidad y creatividad en relación con las formas artísticas”.
Llama a
consternación que en cada día del calendario escolar de primaria, el
número de horas efectivas de clase o actividades educativas no llega
a cuatro. He allí una muy posible causa de los resultados en el
PISA. En particular, en lo que se refiera a la educación artística,
mientras en Francia se dedican a ella seis horas a la semana, y en
Finlandia, el país con los mejores indicadores y resultados en
educación desde hace años, tan sólo a la educación musical se
dedican dos horas y en algunas cuatro, en México está considerada
solamente una hora, por lo que el programa de educación artística
considera que ella “no debe limitarse al tiempo que señalan los
programas; por su misma naturaleza se relaciona fácilmente con las
otras asignaturas, en las cuales el alumno tiene la oportunidad de
apreciar distintas manifestaciones del arte”, con lo que pretende
cubrir numerosos y muy ambiciosos objetivos, como “apreciar diversos
estilos musicales y participar en la creación de una narración
sonora”. En escuela secundaria (de séptimo a noveno grado), también
con objetivos sumamente pretenciosos en educación artística, el
tiempo destinado a ella es de dos horas a la semana, para tres
cursos de duración anual, impartidas por “profesores que nunca
llevaron educación artística como materia curricular”.
De modo que
ante el escaso tiempo destinado a la educación artística, en lo que
correspondería a la primera y segunda de las acepciones, se pretende
que sea atendida al modo de la tercera, no como un fin en sí misma.
Es tan poco valorada socialmente y por las autoridades educativas
que a nadie le extraña que así sea, de modo evidente pero
inadvertido, porque nadie propone que en vez de clases o lecciones
de historia o geografía los contenidos de estas asignaturas se
enseñasen y aprendiesen de manera transversal en el conjunto de la
currícula, que en lugar de un libro de texto de geografía, por
ejemplo, los estudiantes lleguen al conocimiento de los continentes,
los países y las capitales a partir del conocimiento de clubes de
fútbol, selecciones nacionales y sedes de la Copa del Mundo, o por
su relación con obras de arte y artistas. Pero con la educación
artística sí pasa esto. Con frecuencia su docencia está subordinada
y limitada a una función didáctica. Y es un fenómeno multinacional.
Por ejemplo, recientemente, en noviembre de 2007, se llevó a cabo en
Madrid la Primera Reunión del Grupo Iberoamericano de Especialistas
en Educación Artística, Cultura y Ciudadanía, con el objetivo de
analizar el estatuto del conocimiento de la educación artística en
la educación básica en los países de la región, pero sus
conclusiones, a fin de cuentas, resultaron en servirse de ella como
si fuera un complemento o sustituto de la educación cívica para
promover valores de tolerancia y contra la discriminación, y la
formación ciudadana en un contexto multicultural,
así como antaño se aprovechó para ayudar a conculcar la identidad
nacional.
Cabe señalar,
de nuevo en el caso de México, que para educación física hay una
escuela de docentes en la especialidad, quienes de manera exclusiva
son los responsables de impartir la asignatura. En cambio, la
educación artística no cuenta con una escuela para la formación de
sus docentes. “Por consiguiente, y aunque siempre existen honrosas
excepciones, la educación artística es más el resultado de la
improvisación ligada a la propia concepción de arte que el educador
tiene, que de una sistemática y planeada labor pedagógica en esa
dirección. De él dependen el método y la naturaleza de la educación
artística”.
En consecuencia, por ejemplo, durante varias semanas en muchas
escuelas públicas, le conceden una parte importante del reducido
horario al ensayo de danzas regionales o a imitar coreografías de
estrellas de la música pop (¿qué será peor?) para la realización de
“festivales” que suponen rendir honor a las madres, a los directores
de los planteles o al gobernador de la entidad.
Asimismo, la
educación artística parece que le es irrelevante al Instituto
Nacional para la Evaluación de la Educación, puesto que no figura
entre sus proyectos y actividades, tampoco ha publicado una sola
línea sobre el tema, ni como informe o reporte ni como desafío.
Es decir, la educación artística no es materia de evaluación para el
sistema educativo ni hay planes de que lo vaya a ser. Que no haya
evaluación de ella parece la consecuencia de que no hay qué evaluar.
A fin de
cuentas, ¿puede considerarse que la educación artística es la
panacea?, ¿que dedicarle más tiempo y mejor enseñanza en un país
como México puede mejorar la formación de competencias y contribuir
a una efectiva educación integral?, ¿que revirtiendo la jerarquía en
las asignaturas escolares tendremos como resultado jóvenes más
creativos y competitivos, y con un mejor comportamiento moral? En
tanto no se resuelvan los enormes problemas estructurales
comentados, no parece ni posible su implementación ni que sus
efectos pudieran tanto en un país colmado por la delincuencia
organizada, la corrupción y la miseria. Sin embargo, lo único claro
es que mientras se sigan haciendo o dejando de hacer las cosas como
hasta ahora, nada va a mejorar.
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