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Interculturalidad y Derechos Humanos

Mauricio Beuchot, Interculturalidad y derechos humanos, México, Siglo XXI-UNAM, 2005

 

Ante tensiones que resultan del multiculturalismo, es decir de la coexistencia de varias etnias o culturas en un mismo Estado, y de las posiciones que propugnan por los extremos del “asimilacionismo”, por el que deben desaparecer las diferencias por la extinción de las culturas minoritarias, o por la segregación que quiere preservarlas en un estado puro, el filósofo mexicano Mauricio Beuchot realiza un ejercicio intelectual para hallar un justo medio entre estas posiciones.

Para ello construye un paradigma cultural, es decir una cultura ideal (“la mejor”) que sirva como referente (abstracto) con el que se comparen las culturas concretas y “puedan jerarquizarse según su acercamiento al modelo”, y así definir qué debe respetarse y ser preservado en cada una y qué debe ser criticado. A esto le llama “pluralismo cultural analógico”, el cual propone para poner en balance las razones y no los intereses que hay debidos a las distintas maneras en que pueden ser entendidos los derechos humanos por diversas culturas e incluso negados.

De modo que aunque Beuchot se define como autor desde el campo de conocimiento de la antropología filosófica para estudiar la interculturalidad y los derechos humanos, no le interesa tanto explicar como orientar, quiere valorar más que describir y juzgar más que comparar. El libro es, por tanto, más de ética que de antropología, como en primera instancia pudiera pensarse, lo que le lleva a afirmar que la filosofía que se haga de los derechos humanos en México “ha de ser de resistencia”.

La propuesta de Beuchot consiste, por una parte, en que las culturas minoritarias alcancen los beneficios materiales de la globalización y se salvaguarden sus diferencias, puesto que son vulnerables ante la cultura dominante, al grado de ponerlas en peligro de desaparición; pero, por otra parte, cuando esas particularidades en una cultura son violatorias de los derechos humanos “hay que inducirla a aceptar esos derechos”. Algo así como entablar un diálogo con los líderes comunitarios para convencerlos de que sean respetuosos de esos derechos y no como una imposición. Si bien puede valer la pena intentarlo, ¿será posible que los usos y costumbres violatorios de los derechos humanos puedan ser erradicados sin la coerción de la violencia legítima del Estado? La historia reciente del país da pruebas de lo opuesto.

De modo que “los límites a la diferencia”, propia de los derechos colectivos, “no pueden ser otros que lo que se oponga a los derechos humanos” característicos por que tienden a la universalidad. Criterio razonable como para postular una fundamentación universal por consenso, importante para concientizar sobre ellos y “darles legitimidad para que se respeten” aun cuando no hayan sido “positivados”. Pero Beuchot quiere ir más allá y postula una fundamentación ontológica: “la dignidad del hombre le viene por su misma naturaleza”, muy respetable, por supuesto, pero con argumentos débiles.

¿Cuáles son los argumentos de la fundamentación ontológica de Beuchot?: “el hombre, a diferencia del animal, duda hasta de su propia existencia”, “tiende a los confines de las cosas”. ¿Qué sabe Beuchot de las capacidades intelectuales del delfín? ¿Puede la filosofía conocer si cada especie animal duda o no de su existencia?

Más allá de su vida privada, Beuchot escribe como un predicador. Anclado a la escolástica que postulaba que el Sol giraba alrededor de la Tierra, Beuchot predica que “la idea de los derechos humanos —idea de él, en realidad, que no es la única— involucra una idea del hombre como icono del universo”. Catolicismo enmascarado de humanismo, cuya doctrina afirma que “el hombre es el análogo del universo”, “un ser de analogías, de confín”. Pero una amiba también es análoga del universo, y el universo no es otra cosa, a fin de cuentas, que un montón de polvo que va y viene en medio de la nada. Un océano de agujeros negros.

El hombre, cuyos derechos como imperativo categórico deben ser positivamente defendidos y promovidos, aunque a veces es “mesurado y equitativo”, como dice Beuchot, es también (pecador) una especie capaz de hacer el mayor mal posible sin recibir a cambio el menor bien. Si como dice Guillermo Fadanelli, dios siempre se equivoca, el hombre es la prueba de su existencia.