All is full of Björk

 

Todas las expectativas se cumplieron cuando Jalisco se llenó de Björk. Días antes y después al 8 de diciembre en que la artista islandesa encabezó el festival Sonofilia, en Zapotlanejo, las primeras planas de los diarios locales le dieron una extensa cobertura a su visita casi como si hubiera sido la del Papa. Primero abundaron en su discografía, biografía y los pormenores logísticos para llegar al lugar donde habrían de reunirse 20 mil asistentes; luego, de la visita de ella a Guadalajara, donde caminó entre el pueblo apenas custodiada por un escolta, y, por último, la crónica del concierto.

 Así, el festival fue un tema importante en la opinión pública que repercutió en la plática cotidiana de una parte de los tapatíos y cientos o miles de visitantes que para ello vinieron provenientes de varios estados y el Distrito Federal. Para unos era absurdo hacer un concierto en un llano terregoso, que lejos de ser un encuentro con la naturaleza, lo era con la contaminación; pose excéntrica e impostadamente mística que además demandaba el esfuerzo de un traslado de dos horas en carretera y brecha, y caminar un largo tramo para llegar a una gigantesca fila de ingreso. Peor todavía que haya habido una transmisión radiofónica de ello con una duración de siete horas. Para otros, en cambio, la travesía fue considerada como parte de la diversión, la oportunidad de acudir a un lugar distinto al Auditorio Nacional o al Foro Sol, de romper con el centralismo chilango, de poder moverse con libertad en un espacio sin lugares VIP ni segregación por los precios pagados por boleto, resultado todo de la genuina intención de la artista por dar a su público una experiencia especial.

 En realidad no fue un festival, sino un concierto con teloneros prescindibles que causaron completa apatía o desinterés a los asistentes. Todo la atención y entusiasmo se concentró en el recital de la diva, que tuvo una duración de apenas 80 minutos, con todo y un compás de espera para el encore de una sola canción y Las Mañanitas cantadas por el público a uno de los músicos por solicitud de ella. Durante ellos llenó el escenario con talento y personalidad, con canciones viejas y nuevas, con música de tubas y el Reactable. Un concierto en el que gracias a Gaia no hubo los cursis coros porriles y aldeanos de “Mé-xi-co [clap, clap, clap], Mé-xi-co…”, ni los priistas que arrojan sombreros y banderas a los artistas, y que sí tuvo la frescura que la banda tapatía aporta al ambiente, con el entusiasmo, la amabilidad y el respeto que no hay en la Ciudad de México.