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El estilo gerencial de gobernar

 

La revolución de los directores

En esta época en la que teóricos de la administración y gurús del management manifiestan su hegemonía cultural en ventas millonarias de libros y dictando conferencias a las élites empresariales en giras internacionales, confirmamos en México —como en tantos otros países— algunas de las tesis planteadas por el sociólogo norteamericano James Burnham, quien en su libro La revolución de los directores (The Managerial Revolution, 1941) anunció el surgimiento de una nueva clase política que trasciende a la clase capitalista como rectora de los procesos de producción y distribución, e inclusive en las decisiones políticas nacionales e internacionales: los managers; término que, con las dificultades que entraña una traducción apropiada, puede expresarse indistintamente como gerentes o directores.

Burnham, de origen trotskista y luego converso a las líneas de pensamiento académico más derechistas, plantea que la sociedad está en un proceso que inició en 1914 y concluiría en unos 80 o 90 años, transitando entonces de un sistema capitalista a uno direccional (o gerencial), proceso cualitativamente comparable al de la transición del feudalismo al capitalismo. ¿Habrá previsto Burnham con tanto tino estos cambios, qué no es casualidad que Peter Drucker —ni más ni menos Peter Drucker—, haya publicado un libro titulado Postcapitalismo, exactamente en 1994? En este texto, Drucker afirma que el capitalismo se ha transformado a tal punto que ya no puede ser considerado como tal; que los trabajadores jubilados, con sus fondos de pensión ahorrados en sociedades de inversión, son los mayores capitalistas (propietarios, como tales, de las grandes compañías de sociedad anónima); y que hay un grupo de especialistas profesionales director de los destinos de las empresas.

Estas nuevas formas de organización del trabajo tienen consecuencias importantísimas en la organización del Estado y su gobierno. La revolución de la que hablaba Burnham, consolidaría a los directores no sólo como una nueva clase política, sino como clase gobernante. El dominio de los directores estaría garantizado a partir de que el Estado se constituyera como el principal poseedor de los medios de producción. Esto ocurrió en distintos países y fracasó, como todos sabemos. Allí falló Burnham, pero acierta cuando afirma que el ascenso de los directores como clase gobernante se daría por la complejidad de los procesos económicos, lo cual hace imprescindible que un grupo de especialistas controle y administre los procesos productivos y distributivos, y que, con el paso del tiempo, llegarían a controlar al Estado en regímenes totalitarios como el soviético o en democracias liberales como la estadounidense.

Considerando los matices que le dan los acontecimientos históricos, puede constatarse la tesis de Burnhan, dada la consolidación de la tecnocracia como aparato ejecutor de las alianzas de las oligarquías; y en tanto los poderes políticos tradicionales de las instituciones de los sistemas partidistas y republicanos se desdibujan y languidecen ante poderes fácticos que trascienden las limitaciones territoriales: empresas multinacionales, capitales financieros, medios de comunicación; organizaciones no gubernamentales (o del tercer sector, como diría Drucker), y hasta guerrilleros internautas —por no citar organizaciones delictivas—. Es decir, hay actores cuyas distintas influencias resultan determinantes de los acontecimientos políticos más importantes e influyen en no pocas decisiones de los órganos oficiales de los poderes republicanos.

Es un hecho que varias multinacionales poseen un capital superior al Producto Interno Bruto de algunos países. Entonces, si los presidentes de las gigantescas corporaciones pueden dirigirlas con eficiencia, ¿por qué entonces no habrían de ser capaces de dirigir Estados, sobre todo si han probado sus habilidades en liderazgo centrado en principios, calidad total, hábitos de la eficacia, etcétera?

Ha llegado el momento en el cual no sólo se trata de que los directores ocupen los puestos de elección popular y las carteras más importantes de la administración pública central y paraestatal, se trata también de que las funciones propias de los poderes republicanos adquieren cualidades cada vez más gerenciales. Si en un principio los directores tenían la obligación circunstancial de actuar al modo de la cultura organizacional de las burocracias corporativistas y de los políticos caciquiles, ahora es clase directorial, con la pragmática que le caracteriza, quien impone su cultura organizacional; los valores, los procedimientos y los criterios gerenciales se imponen a lo largo y ancho del aparato público.

Si a lo largo de la historia postrevolucionaria de nuestro país la Presidencia de la República fue ocupada por militares, luego por abogados, posteriormente por economistas y actualmente es un administrador de empresas quien ocupa esta posición, no es difícil interpretar este fenómeno como un reflejo de la transformación de nuestra élite del poder; de su ascenso, caída y circulación; y de los cambios en su correlación de fuerzas. ¿Cuánto faltará para que sean los ingenieros en sistemas quienes se conviertan en la nueva clase política?

 

La conquista del poder

La conciencia política del empresariado mexicano empezó a adquirir cualidades diferentes a partir del gobierno de Luis Echeverría. El pacto tradicional que permitió el desarrollo económico en los sexenios anteriores al del desarrollo compartido, fue deteriorándose progresivamente hasta hacer crisis en 1982 con la nacionalización de la banca. La excesiva intervención del Estado en la economía y los discursos populistas oficiales provocaron una reacción entre los sectores más conservadores del empresariado, los cuales trasladaron sus apoyos al PAN y think tanks que elaboraron el discurso ideológico empresarial promotor de la libre empresa y opositor al intervencionismo del Estado.

La candidatura del empresario Manuel Clouthier por Acción Nacional en 1988 señaló con toda claridad dos fenómenos: uno, que los grupos de presión empresariales encontraron en el PAN un espacio para su participación política y la expresión de sus interesas; y dos, que con la presencia empresarial el PAN se convierte en una opción real de alternancia en el poder. Vicente Fox ha dicho en varias ocasiones que inició su participación política en el PAN, luego de haber sido invitado por "El Maquío".

Si bien la candidatura de Diego Fernández de Cevallos a la Presidencia en 1994 respondió entonces más al panismo tradicional custodio que al neopanismo empresarial, fue en esas elecciones cuando ascendieron numeroso empresarios (como el propio Fox) a puestos de elección popular y a los aparatos de gobierno. Detrás de todo este proceso había una transformación ideológica de algunos sectores de la clase empresarial, y a un lado de los empresarios estaban los directores.

A primera vista es fácil asegurar que los empresarios son quienes ocupan el poder político, pero si nos fijamos bien, son también los directores los que llegan junto con ellos. En varias ocasiones Fox ha comentado que sus lecturas favoritas son los libros de administración y Alvin Toffler es uno de sus autores preferidos. Fox es empresario, pero también administrador, título que obtuvo durante su campaña presidencial.

En el nuevo gabinete de directores destaca el caso de Carlos Abascal, secretario del Trabajo, quien llegó a ser líder del "sindicato" patronal (presidente de la Coparmex), sin haber sido empresario (propietario). Un dato curioso es que Carlos Abascal tuvo su primer empleo como obrero en la editorial que dirigía su padre, Salvador Abascal, quien dio su primera oportunidad a Luis Pazos para editar un libro. Por otra parte, también resulta curioso el tono de consternación con el que "El Subcomandante Marcos", en la entrevista que sostuvo con Julio Scherer, hizo referencia a este fenómeno, cuando afirmó que ni siquiera eran los empresarios quienes arribaron el poder, sino los empleados de los empresarios.

 

Comunicación, clave de la administración del cambio

Cuando el maestro Daniel Cosío Villegas hablaba del estilo personal de gobernar, se refería a las cualidades con las que cada presidente caracterizaba su gestión de acuerdo con su cultura política y gustos particulares. Los directores, por supuesto, marcan ya cambios en la cultura organizacional dentro del aparato gubernamental. Les gusta lo funcional, lo práctico. Son claros en su forma de hablar y honestos al decir lo que piensan. A veces demasiado.

Son muchas las críticas que se pueden hacer a esta nueva clase directorial que nos gobierna: no tiene experiencia; carece de sensibilidad por los pobres; no tiene conocimiento de la problemática del país. Ciertas o falsas, estas y muchas otras acusaciones tendrán que probarse o desmentirse en el mediano y largo plazo. Lo que es indudable es que la clase directorial posee cualidades y características que, de entrada, ya les permitieron llegar al poder (a los poderes republicanos en este caso). Conservarse en esas posiciones dependerá de que conserven las habilidades que les permitieron superar la competitividad que se da en la iniciativa privada, y también en que puedan adquirir nuevas habilidades que les permitan desarrollarse en la política partidista, sobre todo en su relación con los medios de comunicación.

Hay que confiar en que podrán hacerlo, porque desde hace tiempo la revolución de los directores ha dado una de sus batallas más importantes en la arena de los medios de comunicación. Varios de esos intelectuales promotores del libre mercado han difundido sus ideas en medios impresos y electrónicos, demostrando notable capacidad para argumentar, habilidad para debatir y persistencia en sus convicciones. En TV Azteca, por ejemplo, se encuentran Arturo Damm Arnal y Erik Guerrero Rosas, espacio en el que participó Luis Pazos hasta antes de iniciar su participación política partidista.

Si el régimen priista tenía su base social clientelar en un corporativismo que finalmente acabó por agotarse, ahora la base ciudadana de apoyo al régimen foxista pasa por las simpatías que logra con el manejo de imagen en los medios de comunicación. Dicho en otros términos, el gobierno foxista ya no es el paternalista que garantizaba el sometimiento por medio de la distribución de beneficios del erario público, sino que obtiene su popularidad en la medida en que magnifica cualidades apreciadas en el imaginario social del electorado, las cuales son recreadas a través de acciones propagandísticas. No obstante algunos notables desaciertos, la construcción y mantenimiento de su imagen es uno de los cambios que trabajan con más cuidado.

Martha Sahagún, vocera de la Presidencia (coordinadora general de Comunicación Social), dijo que lo que se hace como gobierno y no se informa a través de los medios de comunicación, es como si no se hubiese hecho. Esta declaración nos da una idea del alto valor que la nueva administración tiene por su comunicación social. Un cambio cualitativo en comparación con las administraciones anteriores es que la comunicación social se realiza por conducto de una vocera oficial, la cual se reúne públicamente con la prensa, no solamente a través de boletines y llamadas telefónicas con las presidencias de los medios. Puede afirmarse que hay una idea rectora y un plan estratégico de acciones comunicativas por parte de la Presidencia, de allí la creación de una oficina de Coordinación General de Opinión Pública e Imagen. Hay que subrayar también la relación personal que Fox mantiene con la prensa; abierta y constante, como nunca antes.

 

Infotácticas, un recurso para la administración de conflictos

Los aciertos comunicacionales de Fox durante su campaña —señalados tantas veces y con tanta insistencia, pero tal vez con no tanta certeza—, coinciden en que el entonces candidato tuvo la habilidad en emitir mensajes que tuvieron el resultado esperado e inclusive en convertir en aciertos los que en principio fueron errores. Lo difícil es ahora transitar de una estrategia de comunicación exitosa para una campaña, a una estrategia de comunicación exitosa para gobernar.

La presencia mediática del nuevo gobierno foxista no tiene competencia alguna por parte de los actores políticos institucionales. Sólo el diario La Jornada, con su lealtad al perredismo; y el semanario Proceso, con su particular estilo de thriller, se manifiestan abiertamente como oposición sistemática de peso en la opinión pública. Por ejemplo, la columna de Francisco Labastida en la cadena de la Organización Editorial Mexicana es absolutamente intrascendente; nadie la comenta. Lo más grave para los priistas es que son por lo menos treinta o cuarenta de sus más destacados militantes los que publican periódicamente en medios impresos y tienen escasa influencia en la opinión pública. Incluso dentro de su propio partido y en sus reales o sus supuestas bases sociales tienen muy escaso eco.

Sólo hay un actor emergente que todo mundo reconoce como un antagonista protagónico en el espacio mediático: el Subcomandante Marcos. Resulta paradójico que su éxito original se debió a su hábil manejo de los medios de comunicación, especialmente de su sitio en Internet —tanto para su difusión como para gestionar y coordinar apoyos—, y es también en los propios medios donde ahora encuentra las representaciones que lo obligan a moverse de su posición y a cambiar la táctica, luego de las acciones comunicativas del presidente que lo volvieron tratar como foco de atención del debate nacional.

El éxito mediático de Fox ha sido trasladar en la opinión pública el objeto de la discusión. Ya no es el diálogo, como ha exigido y sigue exigiendo "El Sub", ahora se trata de la Paz, como se ha repetido con insistencia en la propaganda oficial y en las cadenas televisoras nacionales. Estamos juntos por la paz, no juntos por el diálogo. Oportunamente, distintos analistas, como el columnista Carlos Ramírez, descubrieron en la paz de las televisoras no una auténtica señal del final de las expresiones más agresivas de su rivalidad, sino de una alianza mercantil y política afín a los intereses presidenciales. En la guerra mediática, ¿qué sitio de Internet puede ser más poderoso que una transmisión por televisión en cadena nacional e internacional en horario estelar?

Combatido eficazmente en el terreno en el que se siente o sentía mas seguro, los medios de comunicación, "Marcos" pronunció durante la entrevista mencionada varias de sus expresiones más agrias y ramplonas en contra del presidente Fox (cada vez más frecuentes, a pesar de su fama de poeta entre ciertos ambientes de la izquierda), diciendo que el país necesita un gobernante, no un locutor (como si lo que necesitaran los indígenas fuera un mesías). Lo interesante es que esas expresiones fueron transmitidas en el Canal 2 ("El Canal de las Estrellas", por supuesto), en cadena nacional en un "Programa Especial" ampliamente difundido.

¿Acaso el Subcomandate Marcos no es también y a su modo un director? ¿Acaso el EZLN no se maneja financiera y organizacionalmente como toda una corporation, con flujos de capital y apoyos propagandísticos que viajan por la red? Nómada postmoderno con lap top y celular al hombro, consentido de las izquierdas progres y nice, ¿no es también un director de la rebeldía tolerada; un gerente de la disidencia; un manager del indigenismo kitsch?; ¿un outsider globalifóbico que debe su popularidad a algunos los beneficios tecnológicos de la globalización?

En la guerra de los directores, los conflictos se resuelven con alianzas estratégicas que implican el ganar-ganar; o propiciando la quiebra del otro, de modo que uno gana, en tanto el otro pierde. Ante estas posiblidades hay más preguntas que certezas: ¿atestiguaremos una megafusión entre el EZ y el PRD? ¿Se institucionalizará el EZ para convertirse en una competencia leal dentro del mercado electoral y sus reglas?