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El vendedor caníbal más grande del mundo
Si se acepta esta consideración, José Luis Calva Zepeda se presentaba razonablemente como lo que era: poeta,
novelista y dramaturgo, aunque ahora es preso. Pero sólo se definía a medias,
pues era un excelente vendedor y las notas periodísticas lo han exhibido
también como taxista, actor-declamador y mentirosamente profesor de literatura.
José Zepeda, como firmaba sus obras, apodado por la
prensa de nota policiaca como “El Caníbal de
la Guerrero” o “El Poeta
Caníbal”, era capaz de vender en un solo día de cien a doscientos ejemplares de
sus libros —según el testimonio de una de sus ex novias—, posibilidad
sorprendente si consideramos que las editoriales de prestigio difícilmente
venden en uno o varios años una cantidad así de la mayoría de sus títulos de
poesía.
Especulando sobre esta posibilidad, pueden
obtenerse interesantes reflexiones sobre la industria editorial y los hábitos
de lectura en la Ciudad
de México. Por ejemplo, sin una costosa publicidad que incremente los costos y
encarezca los precios de venta, es más efectivo llevar las mercancías a los
consumidores o compradores potenciales que esperar a que vayan a donde están los
productos. Las actuales dinámicas de los mercados así son: el objeto de venta
debe salir al paso del cliente, quien tiene poco tiempo y paciencia, y sólo ira
a comprar bienes o servicios si la experiencia aparece como una posibilidad de
entretenimiento, de diversión, o de un gran ahorro. Entonces, el libro debe
salir al paso del comprador y la lectura aparecer en el tránsito del potencial
lector, así como el corporativo Telmex lleva tarjetas telefónicas a los
embotellados cruceros automovilísticos para que los conductores y demás
pasajeros sigan hablando, aunque sea para informar que van a llegar tarde o que
van en camino; o como Bon Ice, que lleva las
congeladas a donde están los sedientos y acalorados usuarios del transporte
público.
Los textos de José Luis Calva Zepeda
pueden ser buenos, regulares o malos (¿qué critico literario los ha leído para
poder juzgarlos?), pero es seguro que se vendían más por su agresivo mercadeo
que por posibles virtudes retóricas o lingüísticas; se vendían por llevarlos a
los potenciales lectores en tránsito a un relativo bajo precio, de diez a
veinte pesos. La clave: ser también su propio editor. Entonces, además de no
tener costos de distribución (la vía pública), almacenamiento (su vivienda),
difusión (su voz) ni consignación (venta directa), reducía los costos de
producción, lo cual le permitía ofrecer un precio de venta sumamente
competitivo. Un caso de capitalismo salvaje al que le tenía sin cuidado China,
la piratería, la televisión y toda la industria editorial con los que de hecho
no competía.
Sin becas gubernamentales ni de instituciones
financieras, sin premios en efectivo ni regalías, Calva Zepeda
podía haber obtenido ventas de mil a dos mil pesos diarios, de cinco mil a diez
mil pesos en cinco días a la semana, o de veinte mil a cuarenta mil
mensualmente, al haber vendido cada ejemplar de sus obras a un precio de diez o
veinte pesos. ¿A cuánto ascendían sus utilidades? Puede especularse que al
menos equivalentes al cincuenta por ciento del precio de venta. Parece que suficiente
para sufragar sus gastos inherentes al consumo de drogas legales e ilegales, como
Baudelaire, la renta de un apartamento en una colonia
céntrica, así como los costos relativos a la conquista de parejas sentimentales,
al estilo romántico de los amantes a la antigua descritos por el cantautor
Roberto Carlos. A propósito, ¿cómo habrá sido su proceso creativo de escritura?
¿Metódico, por inspiración, constante, disperso…?
Tal vez más cerca de Og Mandino que de Neruda, soberbio y ególatra como algunos
escritores famosos y varios menos conocidos, José Zepeda
seguramente ambicionó la fama como creador literario, pero la obtuvo de manera
involuntaria en la primera plana de varios diarios, para que su nombre quede asociado
al de asesinos seriales. Acaso debería llamar la atención sobre la cualidad indie que hoy que
tanto se aprecia en el ámbito musical, como una manifestación
literaria-editorial independiente. ¿Cuánta gente hay en la ciudad y en el país
editando y vendiendo lo qué escribe? ¿Quién compra y quién lee esos textos?
¿Qué pasa con ellos? ¿Los regalan, los guardan, los tiran? ¿Significan para ellos
un entretenimiento, una actividad formativa o qué?
Afuera de la República de las Letras hay un país
de lectores. Basta ver los andenes del Metro para comprobarlo. Pero en ellos,
como uno de tantos entre la multitud, puede estar también un descuartizador.
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