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Participación y representación: Complementos de la democracia

 

1.   Condiciones de participación

Tomar parte en la vida social es la definición más simple de lo que puede entenderse por participación. Sin embargo, en la vida social contemporánea la noción de participación implica varias condiciones. En primer lugar, actualmente la participación se da en el marco de lo que puede denominarse como democracia occidental. En segundo lugar, la sociedad contemporánea de la democracia occidental se caracteriza por su nivel de educación y de información.

La democracia occidental ha permitido que las sociedades sean cada vez más informadas y educadas, lo cual ha contribuido importantemente a la demanda generalizada de la igualdad y la participación, a grado tal que a estas alturas de la historia la participación no se concibe ya como una concesión o favor de la autoridad pública sino de un derecho y un deber de todos los miembros de la sociedad, mismo que la autoridad está obligada a promover en razón de su obligación en procurar el bien común y de servir a los gobernados. Contrariamente, los regímenes dictatoriales o totalitarios controlan los medios de comunicación y los mensajes que en ellos se difunden, a la vez que monopolizan los programas educativos y los adecuan conforme a la ideología dominante, con lo cual la participación se restringe a los canales que el Estado determina, a la vez que suprime las formas de participación que espontáneamente surgen o deberían surgir de las iniciativas individuales o comunitarias.

 

2. La participación social en México: una novedad

En el periodo histórico que va de la promulgación de la Constitución de 1917 hasta el día de hoy, los mexicanos no hemos vivido bajo una forma de  totalitarismo, pero menos aún en una democracia plena, sino que hemos estado en un régimen autoritario bajo la forma de gobierno de una democracia formal, como le han llamado algunos estudiosos, mismo que todavía permanece, pero que ya está transformándose, dando lugar a un sistema de partidos competitivos y de alternancia en el poder. Por otra parte, hasta la fecha, el Estado monopoliza la educación básica, pero ya hay mayor apertura en los medios de comunicación.

El caso es que el fenómeno de la participación social es sumamente reciente.  Muchos coinciden en situar la manifestación solidaria entre los mexicanos ante la catástrofe de los sismos de 1985, como el momento en que se manifestó una especie de despertar de la llamada sociedad civil. Anteriormente los canales de participación estaban  circunscritos al partido oficial y sus sectores corporativos, mismos que —de por sí antidemocráticos— nunca han representado los intereses legítimos de sus agremiados y sí los de la clase política priísta. La Iglesia ha sido también, tradicionalmente, animadora y coordinadora de la participación, pero por la intolerancia del régimen político la organización laical se encerró en tareas devocionarias y en otros casos asistencialistas.

Pero pese a todos los condicionantes históricos la participación social es una realidad de México. Hay ya por todo el país organizaciones que se dedican a resolver o atender distintos problemas, y cada día son más. La población ha crecido tanto en las últimas décadas —y es tan heterogénea y diversa en necesidades, intereses y cultura—, que el Estado es incapaz de encuadrar tal cantidad y pluralidad de grupos dentro de sus corporaciones ni puede dar responder satisfactoriamente con sus recursos.

Por otra parte, a pesar del  analfabetismo funcional que prevalece y el bajo nivel de escolaridad promedio, asociado con pobreza y marginación, hay una creciente concientización sobre los derechos de la persona y mayor información sobre lo que ocurre en todo el mundo en referencia, por ejemplo, a los cambios políticos por los que muchos países están transitando hacia la democracia, así como del acontecer político y económico nacional. Como dijera algún politólogo mexicano: el campesino cambia el maíz por el transistor sin pasar por el alfabeto. ¿Quién no cuestiona actualmente el destino del erario público, la corrupción de los funcionarios y hasta la política económica “neoliberal”?

 

3. Participación cívica y participación política

Suele hablarse de participación política y participación cívica, incluso de participación cívico-política. ¿Acaso es lo mismo? ¿Cuál es la participación política y cuál la participación cívica? Aunque en primera instancia pudieran confundirse y parecer sinónimos es pertinente hacer una serie de distinciones.

La participación política atañe a lo referente al gobierno y el ejercicio de la autoridad y de su potestad (uso del poder). Mientras que la participación cívica se refiere a la atención a problemas sociales específicos distintos a la consecución o conservación del poder. La participación política está  entonces relacionada con los procesos electorales, los partidos políticos y los poderes públicos; en tanto que la participación cívica se manifiesta en diversos grupos de presión o asociaciones que se han venido llamando como organizaciones no gubernamentales (ONG´s) y últimamente como organizaciones de la sociedad civil (OSC´s), cuyo objetivo permanece al margen del interés por alcanzar el poder político.

Pero, aun cuando constatamos una creciente participación en las organizaciones de la sociedad civil, en la política no hay todavía una participación plena en todas las posibilidades existentes, las cuales son: empadronamiento, acto de votación, militancia en un partido, apoyo a un candidato o partido, manifestación de apoyo o desacuerdo con el sistema político o alguno de sus aspectos, presión sobre un funcionario público, difusión de información, discusión, actividades académicas de investigación o docencia, el ejercicio como funcionario de casilla o consejero ciudadano del Instituto Federal Electoral (IFE). Existen también otras prácticas de participación que, aunque no son propiamente políticas, influyen de manera importante en los procesos políticos. Por ejemplo, las actividades económicas, religiosas y culturales (teatro, conciertos, cine, literatura, televisión). En este último ámbito es en el que parece que los mexicanos hemos participado con más entusiasmo; desde el chiste contado hasta la máscara y la jocosidad; o desde el cartón periodístico hasta la canción de protesta y la camiseta con vivas al neozapatismo marquista.