La política de las sinrazón


 

La política de la sinrazón y el mito del compló

 

 

El extremismo político

 

Lo asombroso no es que un demagogo como Andrés Manuel López Obrador haya logrado un tercio de las preferencias electorales en un país en el que la mayoría de quienes votan es pobre y tiene baja escolaridad, ni siquiera que algunos intelectuales se presten como corifeos al simplismo de su discurso, sino que la mitomanía del compló haya recibido escaso y pobre tratamiento académico cuando el estado del arte de la ciencia política hace tiempo que cuenta con las herramientas teórico-conceptuales para exponer al fenómeno como lo que es: el argumento moralista de la sinrazón política al servicio de un extremista.

 

El extremismo político es tanto el posicionamiento en cualquiera de los puntos más distantes al centro de la geometría política, como el rechazo a los procedimientos, normas e instituciones de las democracias liberales modernas. Comúnmente el extremismo procedimental es consecuencia del extremismo ideológico y no a la inversa: porque se tiene la convicción de que la ideología propia debe ser la única, por ser la verdadera o la mejor, se rechaza que el ágora esté abierta a diferentes ideas y grupos en competencia por el poder o, mejor dicho, por alcanzar los puestos para la toma de decisiones de los asuntos públicos,  y la influencia sobre ellos por medio de procedimientos que incluyen la comunicación en el espacio público.1

 

En años recientes previos al lopezobradorismo, un par de experiencias dieron muestra del potencial para constituir una amplia base social para un movimiento político extremista apoyada por intelectuales y líderes de opinión. Una, la constitución de redes de organizaciones de la sociedad civil con capacidad de movilización en apoyo al “Ejército Zapatista de Liberación Nacional”, el cual declaró la guerra al Gobierno federal.2 Otra, la “huelga estudiantil” al seno de la Universidad Nacional Autónoma de México, como una microrrevolución por la que una comandancia de ultras y megaultras tomó por la fuerza los campi para instaurar su gobierno.3

 

 

El monismo político, la intolerancia y el fundamentalismo

 

El extremismo es antipluralismo. Dicho de otra manera: es monismo, como la tendencia a tratar como ilegítima a toda diferencia o disenso, a repudiar ideas distintas a las propias. Se opone tanto a la diversidad como al cambio por el  convencimiento de poseer una superioridad moral. Asimismo, los movimientos extremistas tanto de izquierda como de derecha comúnmente tienen entre los más pobres e ignorantes a su base social, a su clientela, en la que fomentan la intolerancia y el antielitismo, explotan el resentimiento y azuzan a la violencia.4

 

Este es el caso de López Obrador, quien al estar convencido de personificar la única representación legítima de los intereses del pueblo, de ser su “rayo de esperanza”, entre otros ejemplos de su personalidad autoritaria no dio respuesta a la solicitud de Cuauhtémoc Cárdenas de debatir sus proyectos para definir la candidatura de su partido a la presidencia de la República. Desdeñó también el primer debate con los otros candidatos durante la campaña y en el segundo se concentró en enfatizar la posesión de superioridad moral, de no ser corrupto.

 

El extremismo es frecuentemente la consecuencia del fundamentalismo, que es la convicción de que hay un conjunto de principios, verdades o valores —los propios— por los cuales se justifica proceder en contra de todo lo que no está de acuerdo con ellos, no se somete a su designio o es potencialmente su adversario; lo que conduce, en primera instancia, a la intolerancia, y, en el peor de los casos, al terrorismo.

 

A diferencia del extremismo de derecha, que frecuentemente tiene como una de sus fuentes el fundamentalismo religioso, en el de López Obrador prevalece un fundamentalismo ideológico constituido por lo que en cada momento se deba suponer que es “la izquierda”, lo cual hace las veces de un corpus doctrinario del que emanan los “principios” que orientan sus conductas y decisiones, desde la intolerancia a la crítica a la justificación de actividades ilegales como apoderarse de calles céntricas, pasando por la descalificación a la prensa, la injuria a los adversarios y el repudio a las instituciones. Con razón advirtieron los politólogos Cansino y Covarrubias que este tipo de populismo “adopta una lógica abierta de conflicto: la voz del ‘nosotros’ por encima de la libertad y las libertades individuales y colectivas”.5

 

Si se habla del carácter mesiánico de López Obrador —profeta, sacerdote y rey, como Cristo— es por la construcción discursiva y escénica de su personalidad como encarnación del fundamento moral-político: que sólo él encarna el bien, la verdad, la justicia, la redención de los pobres, la defensa de la patria y los espíritus de los héroes Hidalgo, Juárez y Cárdenas; padre, benemérito y tata en uno solo. El culto a la personalidad, la movilización y concentración de masas, la ritualización del encuentro líder-pueblo, la demonización de enemigos históricos causantes de todos los males, características de los totalitarismos, son también rasgos distintivos del lopezobradorismo.

 

Cabe agregar que la movilidad de los mitos políticos “permite crear o despertar universos de fantasías de los que el público se adueña al interpretarlos”. Como candidato, López Obrador se situó “en la continuidad de una mitología política tal como la fundación de la nación, sus orígenes, su lucha por la independencia, sus valores constitucionales fundamentales”. En esta dramatización se presentó como héroe por medio de una comunicación en el plano emocional para propiciar procesos de identificación.6

 

 

El simplismo histórico y el moralismo histórico

 

El extremismo se caracteriza frecuentemente por “la atribución de causas y remedios sencillos y aislados a complejos acontecimientos humanos”, lo cual se denomina como simplismo histórico7 y, además, “cuanto más inseguro en lo económico sea un grupo más probable es que sus miembros acepten la ideología o programa más simplista que se les ofrezca”.8

 

La ideología de López Obrador es tan simple como pobres igual a buenos, ricos igual a malos,9 que como verdad irrebatible debe dar lugar a la lucha de la izquierda contra la derecha, de los patriotas contra los enemigos de la patria, los defensores de los pobres contra explotadores de los pobres, juaristas contra imperialistas, el pueblo contra “los de arriba”, en suma: lopezobradoristas contra antilopezobradoristas. “El triunfo de la reacción es moralmente imposible”, parafraseó reiteradamente a Juárez.

 

En su discurso la solución a los problemas del país, en especial el de la pobreza, es tan simple como reducir los salarios de los funcionarios públicos y los privilegios de la alta burocracia (aunque no lo hizo con el Gobierno del Distrito Federal cuando pudo). Fácil: es un asunto de buena voluntad, de moral, de “austeridad republicana”. Se reduce a quitarle dinero a los ricos para dárselo personalmente a “los pobres”, y la forma se concentra en el protagonismo, al más puro estilo del PRI, casi como Eva Perón cuando entregaba billetes a sus descamisados, uno a uno, formados en una larga hilera. El populismo es una forma seductora del moralismo político.

 

La implicación del simplismo histórico es el moralismo histórico, que es la “tendencia a creer que los acontecimientos humanos son íntegramente formulados por la supremacía de las buenas intenciones sobre las malas en cualquier momento, o viceversa”.10

 

 

La teoría de la conspiración

 

La extensión lógica del moralismo histórico es la teoría de la conspiración,11 pues con la lógica de que los males que padecemos son deliberados se supone, se deduce o se descubre la manipulación de los muchos buenos —el pueblo— por los pocos malos —“los de arriba”. Si el pueblo es bueno, no puede ser responsable de sus males. Si “los de arriba” son malos, entonces ellos son los responsables. Así de simple. En el discurso de este tipo de populismo, dicen Cansino y Covarrubias, “la fabulación es uno de sus órdenes constitutivos”, por lo cual “la verosimilitud, la lógica de la representación, y no la verdad, ya que esta última jamás será su centro de gravedad”.12 Que haya un compló es verosímil, aunque no sea verdad.

 

Si bien las conspiraciones o las colusiones secretas son una constante en la historia y en la política, la teoría de la conspiración tiene como primer elemento distintivo su naturaleza generalizadora.13 Todo se explica —y justifica— como resultado de un compló: en el gobierno de López Obrador no había corruptos, hubo inocentes que fueron corrompidos y videograbados por “los de arriba” para tratar de destruir “el proyecto alternativo de nación”. La conspiración se extiende en el espacio, es internacional, y ahora está en su etapa de globalización: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la OMC, Wal Mart,14 McDonald´s, El Vaticano, Disney, Estados Unidos, el neoliberalismo, que coordinan a las entidades conspirativas locales: el IFE, el PRI, el PAN, “El Yunque”, Coparmex, Bimbo, la Arquidiócesis de México, Carlos Salinas de Gortari —el villano por antonomasia, el innombrable—, etcétera. Y se extiende en la historia; se remonta a cientos de años y proyecta al futuro escatológicamente. De allí que los caricaturistas perredistas frecuentemente asocien a los panistas con el Imperio de Maximiliano, por ejemplo.

 

Precisamente como el interés popular en una conspiración sólo puede mantenerse si se presentan pruebas palpables de su existencia, “es cuestión de personificar alguna de las causas de alguna dificultad social”.15 Por eso una consecuencia es la declaración o publicación de listas negras, de construir un inventario de nombres de individuos, grupos y entes relacionados entre sí como los mencionados, que han sido descubiertos en su conjura, por ejemplo, gracias a un mesero que sirvió en una reunión secreta. Nombres que se van agregando y en los que se centra, según la coyuntura, protagonismo en la conspiración: Diego Fernández de Ceballos, Joaquín López Dóriga, Enrique Krauze, Reforma, Milenio, Luis Carlos Ugalde, Chespirito... A fin de cuentas todos los que se oponen a López Obrador resultan ante el juicio moralista de los justos como enajenados por “la campaña sucia” (lo correcto es propaganda negra) o como dolosos cómplices de los conspiradores.

 

 

El imperio de la credulidad

 

Así como el fenómeno del lopezobradorismo se explica por la base social proclive al extremismo apoyada por algunos intelectuales y líderes de opinión, también se debe, en segundo término, a que existe una amplia predisposición entre un importante porcentaje de la población a creer en teorías de conspiración. Una encuesta de Mitofsky realizada antes de la complomanía, expresa que dos de cada tres mexicanos creen que en el país existen sociedades secretas que persiguen llegar al poder por medio de conspiraciones, y consideran que a lo largo de la historia esas sociedades han cometido asesinatos, fraudes o actos de terrorismo, manipulan a la gente y participan en la corrupción. La encuesta pregunta adicionalmente:

 

a lo largo de la historia, cuando mueren algunos personajes aparecen versiones que descalifican las investigaciones y dicen que hubo conspiración para asesinarlos, le voy a leer el nombre de varias personas que murieron; en su opinión ¿hubo conspiración o no hubo conspiración o no tiene información suficiente para opinar?

 

Más del 88 por ciento de los  encuestados considera que sí en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, y de ellos el 27 por ciento creen que el principal culpable es Carlos Salinas de Gortari. Además, 43.6 por ciento creen que quien está preso por el crimen no es la misma persona que le disparó. Sólo 4 por ciento creen que Mario Aburto actuó solo. Los otros casos que explora la encuesta son el asesinato del  cardenal Posadas Ocampo, la muerte del narcotraficante Amado Carrillo (“El Señor de los Cielos”), el suicidio de la defensora profesional de derechos humanos Digna Ochoa, el asesinato al revolucionario Emiliano Zapata, el accidente automovilístico del panista Manuel Clouthier, el accidente aéreo de Pedro Infante y la muerte de María Félix. Llama la atención que un diez por ciento responden que Pedro Infante no murió en el accidente aéreo, misma cantidad que cree que María Félix fue asesinada. El único caso que las fuentes históricas consignan indudablemente como un complot, es el de Emiliano Zapata, asesinado en una emboscada.

 

Por si fuera poco, 20 por ciento responden que el hombre no llegó a la Luna por primera vez en 1969, sino que creen en la versión de que fue un montaje cinematográfico; el 22 por ciento creen que las pirámides fueron construidas por extraterrestres y el 51 por ciento que los gobiernos tienen información que prueba la existencia de ellos y la ocultan. Concluye la encuesta que “los mexicanos tenemos tendencia a creer en la veracidad de versiones no oficiales”, aun cuando fuese la primera vez que escuchasen esas versiones.16

 

Con esta base potencial de credulidad en el imaginario colectivo nacional, no extraña el éxito en que muchos acepten como verdadera la versión tropicalizada de la teoría de la conspiración en su versión compló, gracias a la reiteración en televisión, pues, por cierto, el PRD fue el partido que más gastó en este medio para la campaña presidencial.17

 

 

El furor de la complomanía

 

Un texto clásico del estudio de la opinión pública es el de la teoría de la espiral del silencio, de la investigadora Elisabeth Nöelle-Neumann, el cual comprueba que los individuos se sienten más seguros a expresar su punto de vista cuando coincide con el dominante o el de la mayoría, y, por el contrario, más son más inseguros a hacerlo cuando es distinto. Incluso tienden a renunciar a su propio juicio por temor al aislamiento o a la sanción.18

 

Durante más de un año López Obrador tuvo una amplia ventaja en las preferencias electorales. Su triunfo parecía inevitable, a tal punto que doblegó al presidente Fox en su intento por desaforarlo y encarcelarlo. De modo que su punto de vista, su discurso, llegó a ser dominante, mientras en varios medios importantes se escuchaba a periodistas y analistas señalar el vacío de poder dejado por el Ejecutivo federal que venía siendo ocupado por el candidato del sol azteca. La complomanía llegó entonces para instalarse con todo desparpajo y sin vergüenza como clave explicativa de la realidad nacional e internacional.

 

Los sitios en Internet más conocidos para propaganda de López Obrador son catálogos íntegros y extensos de toda la sinrazón política. Un solo ejemplo es un “reportaje” de los que cumplen con todas las características comentadas sobre la teoría de la conspiración: generalizadora, fraguada por un grupo de poderosos, secreta, perversa, internacional e histórica. Publicado cuando las encuestas expresaban el descenso en las preferencias por el tabasqueño conforme se acercaba la fecha a la elección, asegura que:

 

1. Hay “injerencia de grupos de extrema derecha fundamentalista de Estados Unidos en los asuntos internos de México por medio de instituciones mexicanas de extrema derecha, como el PAN”.

2. Felipe Calderón “se reunió a escondidas el 5 de Abril de 2006” con “ex-guerrilleros centroamericanos”, quienes tienen “antecedentes de SANGRE, incluyendo ejecusiones [sic] a sangre fría de civiles, genocidio y terrorismo.”

3. Felipe Calderón y el PAN “planean el asesinato de Mexicanos y la desestabilización del país como método para tomar el poder por la fuerza tras un fraude electoral con plena complicidad de los medios electrónicos y autoridades electorales”, con el objetivo de “instaurar un régimen autoritario de extrema derecha”.

4. “La dictadura panista llevaría al país a una situación similar a la que se vivió en la dictadura de Porfirio Díaz”.

5. En consecuencia se debe apoyar a López Obrador, porque en caso contrario “nuestros seres queridos, nuestros hijos, TUS HIJOS, correrán el constante peligro de vivir en una dictadura militar… amenazados por los asesinos ex-guerrilleros de Felipe Calderón”.

5. Aunque no se cita ninguna fuente, asegura que “TODA esta información está documentada y basada en investigación en diversas fuentes, incluyendo diarios de circulación nacional, revistas, y sitios de noticias de Internet”.19

 

 

El moralismo de los ilustrados

 

Que un grupo pequeño o numeroso añada a un gran metarrelato conspirativo episodios fantásticos particulares, aún en una coyuntura electoral, es poco influyente si no cuenta con líderes de opinión que con su prestigio incidan en la espiral del silencio para promover éstos u otros similares como argumentos probatorios del punto de vista dominante, que socializan la teoría de la conspiración en este caso. Entonces se crea una especie de efecto multiplicador en el que ya cualquier disparate pueda, al menos, sembrar la duda en cuanto a su veracidad en algún porcentaje considerable de la ciudadanía.

 

Llama la atención al respecto el caso de la periodista de Televisa Carmen Aristegui, quien hizo de conocimiento público el supuesto descubrimiento de una prueba de la conspiración, pues según ella el PAN ingresaba ilegalmente durante la campaña al padrón del IFE para la “georreferenciación” (siempre tan lingüísticamente creativa) que permite “ubicar quién es quién, dónde vive, qué referencias tiene e incluso sus perfiles de preferencia”. Casi como leer el pensamiento o adivinar el futuro. La prueba de esa conspiración, de que ''las denuncias que han hecho sobre el juego sucio del PAN son ciertas'', era que el nombre de usuario para ingresar por intranet al sistema del IFE fue “Hildebrando177”, o sea, ¡el nombre de la empresa de Diego Zavala Gómez del Campo, cuñado de Felipe Calderón!20 Así de obvio. Que si hubiera sido “Rael299”, habría sido la prueba de que también los extraterrestres se confabulaban contra López Obrador.

 

 La complomanía no terminó con la derrota del 6 de julio de 2006. Se prolonga con el mito del “fraude electoral”.21 Como tal, no puede ser refutado con argumentos racionales porque se identifica con las convicciones de un grupo, “es la expresión de esas convicciones en términos de movimiento”.22 A partir de ello todos los actos de gobierno de Felipe Calderón provienen —según el imaginario de los mitómanos— de acuerdos secretos y tienen fines perversos en perjuicio de la gente buena. Esto tiene como fin práctico enfatizar lo que para ellos es la cualidad de ilegitimidad del presidente, de “el espurio”, “el pelele”. Si no le ganaron a Calderón en las urnas, pretenden hacerlo en el espacio simbólico de la moral, en desacreditarlo como autoridad.

 

 “La invocación de la inmoralidad general”, según demuestran los politólogos Seymour Martin Lipset y Earl Raab, “siempre ha sido parte esencial en las teorías de la conspiración al identificar la cualidad maligna de los conspiradores, que es la base última para considerarlos ilegítimos en materia política en el mercado político normativo”.23

 

 Lo que llama a consternación es que también haya intelectuales notables que participen de estas narrativas, de quienes se podría esperar, si no seriedad, sí sensatez en sus inferencias. Por ejemplo, en referencia a los anuncios o spots en televisión de la Procuraduría General de la República para explicar que parte de su trabajo tiene como objetivo reducir la presencia de narcomenudistas en los entornos escolares, un académico de prestigio asegura que en realidad el Gobierno de Felipe Calderón, por neoliberal, promueve que los niños y niñas compren drogas. Textualmente dice:

 

así como los medios funcionan para formar sólidamente la misoginia prevaleciente, manejar la educación sentimental de la población y para orientar sus preferencias partidistas, hoy también coadyuvan para que el bisnes de las drogas alcance mayor expansión y sea cada vez más lucrativo…

Nada nos asegura que los spots contra la infancia escolarizada no son en realidad publicidad bien camuflada destinada a ampliar un mercado de por sí en crecimiento. En ello están tanto los publicistas gubernamentales como sus agentes mediáticos.24

 

 ¿Qué puede ser más maligno, el gobierno de “Fecal” el diablo mismo, que quién droga —envenena y mata— a la infancia para enriquecerse? ¿Y quien puede ser la encarnación del bien y el ombudsman de los televidentes sino otro que quien denuncia la maldad o efectivamente sepa “lo que es bueno para la moral de más de 100 millones de habitantes de este país”?

 

 Las pruebas de este capítulo de la conspiración son los propios spots de la PGR y la suposición del denunciante, es decir, la lógica del descubridor de la conspiración, su perspicacia para hacernos notar lo que está delante de nuestros ojos y nuestra ingenuidad no nos permite darnos cuenta; su capacidad de ver más allá de lo evidente, como decían en los Thundercats. De modo que a los estudios sobre teoría de conspiración podría proponerse otra categoría de análisis, la de salto epistémico, que sería algo así como la de inferir conclusiones falaces de premisas erróneamente problematizadas. Por ejemplo, veo una pequeña luz o resplandor en el cielo, luego supongo que no puede ser otra cosa que una nave tripulada por seres inteligentes provenientes de otro planeta. O a la inversa, alguien dice que fue abducido por seres extraterrestres y la prueba es que hay pequeñas luces o resplandores en el cielo.

 

 

Un peligro para la izquierda

 

En su largo ensayo sobre el mito del Estado, Ernst Cassirer concluyó que

 

Un mito es invulnerable. Es impermeable a los argumentos racionales; no puede refutarse mediante silogismos… Cuando oímos hablar por primera vez de los mitos políticos, nos parecieron tan absurdos e incongruentes, tan fantásticos y ridículos, que no había apenas nada que pudiera inducirnos a tomarlos en serio. Ahora todos hemos podido ver que este fue un gran error. Deberíamos estudiar cuidadosamente el origen, la estructura, los métodos y la técnica de los mitos políticos.25

 

Más allá del ánimo combativo de Cassirer contra los mitos políticos, López Obrador no resultó un peligro para México, pero sí para la izquierda. Al haberse apropiado de sus banderas, simplificadas en la redención de los pobres, la despojo de una agenda para su modernización y la entregó a los tránsfugas salinistas del priismo. López Obrador es más que un conservador, un reaccionario, un restauracionista: su ideal de hacienda pública está en el pasado, en el desarrollo estabilizador de Gustavo Díaz Ordaz con Antonio Ortiz Mena, su modelo de gobernabilidad en la política de masas de Lázaro Cárdenas y la personalidad de Benito Juárez. Un patrioterismo —cursi por definición— como de Pípila, Juan Escutia y otros por el estilo propios de la historia de bronce de los libros de texto gratuitos. ¿Cuándo y por qué la izquierda ha tenido que ser nacionalista sino en el priismo de manufactura callista? Y algo peor: la despojo de la razón, pues le deja a su militancia la sinrazón como método de análisis de la realidad política y también como tablas de la ley para juzgarla.

 La autocrítica y recomposición de la izquierda perredista quedará incompleta o sin realizarse si no hay un desmantelamiento y excreción de la sinrazón política de toda su comunicación social y al seno de toda su militancia.

 


 

Notas

 

1 Al respecto es recomendable la lectura de A. Touraine, “Comunicación política y crisis de representatividad” en J.M. Ferry, D. Wolton, et. al., El nuevo espacio público, Barcelona, Gedisa, 1998, donde se explica que “el orden del Estado, el de las demandas sociales y el de las libertades públicas” han dejado de pertenecer a un mismo sistema, por lo que “la comunicación política es el conjunto de las instrumentaciones que permiten pasar de uno de esos órdenes a otros”, p. 50. Como incipiente campo de conocimiento en el que se cruzan la ciencia política y la comunicología, la comunicación política tiene entre sus objetos de estudio a la opinión pública, como una de sus líneas de investigación o especialización.

2 Véase Comandancia General del EZLN, “Declaración de la Selva Lacandona” en http:palabra.ezln.org.mx

3 La más reciente huelga llevada a cabo en nuestra máxima casa de estudios, encabezada por Alejandro Echavarría, alias El Mosh, aportó desde 2003 a sus primeros líderes a la Cámara de Diputados y a la Asamblea del Distrito Federal. Un partido clientelista y neocorporativo que se asume como representante de causas populares, como el PRD, antes que de ciudadanos simpatizantes requiere de la movilización continua de multitudes tanto para presionar a sus opositores como para mantener elevada la moral y la cohesión de sus militantes. Son estudiantes quienes frecuentemente están más dispuestos a confrontar a los cuerpos policiacos, a cerrar calles, a realizar pintas, a botear, a hacer y repartir propaganda o a acudir de un punto a otro de la ciudad o el país con presteza —Atenco, Oaxaca, Cancún, etcétera—, aunque la huelga estudiantil es su mito triunfal.

4 S.M. Lipset y E. Raab, La política de la sinrazón, México, Fondo de Cultura Económica, segunda edición 1981, pp. 9-23. Este libro es una referencia básica para el estudio del extremismo político y la teoría de la conspiración.

5 C. Cansino e I. Covarrubias, En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México, México, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez-Centro de Estudios en Política Comparada, 2006, p. 31. De acuerdo con Norberto Bobbio (Izquierda y derecha, Madrid, Santillana, 2000), contemporáneamente izquierda y derecha e pueden caracterizarse por su relación con los principios de igualdad y libertad. La izquierda da prioridad a la igualdad sobre la libertad, mientras que la derecha a la inversa, y están más cerca del centro conforme guarden un equilibrio entre ellos. Puede deducirse que el extremismo de izquierda es capaz de cancelar las libertades en aras de imponer lo que considere la igualdad.

6 Cfr. Jacques Gerstlé, “La propaganda política. Algunas enseñanzas de la experiencia norteamericana” en J.M. Ferry, D. Wolton, et. al., op. cit., pp. 235-236.

7 Lipset y Raab, op. cit., pp. 23-27.

8 Ibidem, p. 10.

9 Como ejemplo de manifestación del extremismo está la anécdota de un cegehachero megaultra, que ante la oposición de una investigadora a que los huelguistas se apoderaran de la Torre II de Humanidades en Ciudad Universitaria, éste justificó su acción con el siguiente argumento: “ustedes hacen libros para ricos” (La Jornada, México, D.F., 19 de octubre de 1999).

10 Lipset y Raab, op. cit., p. 27.

11 Ibidem, p. 31.

12 Cansino y Covarrubias, op. cit., p. 31

13 Lipset y Raab, op. cit., p. 32.

14 Cuando fue jefe de Gobierno del Distrito Federal, López Obrador benefició a las cadenas de supermercados como Wal Mart con el subsidio a los “adultos mayores” mediante el pago con tarjeta, y también con la privatización del cobro de impuestos.

15 Lipset y Raab, op. cit., p. 56

16 Consulta Mitofsky, "Los mexicanos y las conspiraciones", encuesta telefónica nacional, septiembre de 2003.

17 Véase: “Afirma IFE que AMLO ha gastado más en spots de TV” en El Universal, México, D.F., 16 de abril de 2006.

18 E. Noëlle-Neumann, “La espiral del silencio. Una teoría de la opinión pública” en J.M. Ferry, D. Wolton, et. al., op. cit., pp. 200-209. Originalmente se publicó en Journal of Communication, núm. 24, 1974.

19 Cfr. http://senderodelpeje.blogspot.com/2006/04/reportaje.html

20 Cfr. La Jornada, México, D.F., 27 de junio de 2006.

21 Véase: Fernando Pliego, El mito del fraude electoral en México, México, Pax, 2007.

22 G. Sorel, El mito de la violencia, s/f, Buenos Aires, La Pléyade, p. 39

23 Lipset y Raab, op. cit., p. 55.

24 Daniel Cazés Menache, “Los adultos en la spotcracia de hoy” en Eme Equis, núm. 83, México, D.F., 3 de septiembre de 2007.

25 Ernst Cassirer, El mito del Estado, México, Fondo de Cultura Económica, segunda edición 1968, p. 351.