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Revolución conservadora
Juan Luis
Alonso, La revolución rebelde, México, Grijalbo, 2008

¿Fresas?
Si se recuerda a los Rolling Stones por un muerto durante un
concierto, RBD los supera: tres durante una firma de autógrafos en
Brasil. ¿Qué tiene que pasar para que una multitud aplaste a tres de
sus integrantes, no de enemigos? En la fantasía de los fans, los
personajes se confunden con las personas que los interpretan, se
identifican con los modelos que representan sus aspiraciones y
adoptan las letras de las canciones como sus propias palabras. Tocar
a los ídolos o fotografiarse con ellos se vuelve un imperativo como
el de los peregrinos que exponen su vida para ir a la villa
guadalupana o el de los hinchas de una barra que van al estadio de
un rival. Una vez que la telenovela se lleva fuera de la pantalla en
forma de concierto, ésta se entremezcla con la realidad, y
asistir a uno de ellos es como formar parte de la trama, de pactar
una cándida complicidad de subvertir las reglas de papá-mamá, los
maestros y la sociedad.
Por si
fuera poco, de la mano de Pedro Damián, importador del concepto
original argentino Rebelde Way, los miembros de RBD saben echarse al
público a la bolsa en sus conciertos: camisetas de la verde
amarela
en Brasil, imágenes de Jesucristo y Juan Pablo II en Panamá, o el
grito: “ustedes son el séptimo rebelde” en Chile y cualquier otro
país.
En La
revolución rebelde, el periodista español Juan Luis Alonso no se
ocupa de teorizar o ensayar, sino que se limita a la exposición de
hechos. El primero y más importante, que Rebelde, la serie de
televisión: “ha cambiado las vidas de millones de jóvenes en todo el
mundo”. ¿Cómo lo ha hecho? El autor explica que, para los fans de
RBD, “tras el grupo se esconde una manera de vivir, una filosofía,
unas canciones que hacen vibrar sus corazones”.
¿Qué
“filosofía” puede ser esa? ¿El confusionismo, el existencialismo, el
materialismo dialéctico, el posmodernismo…? A Alonso no le interesa
entrar en preocupaciones de esta índole, sino de otras, las que
verdaderamente incumben a los fans de la banda, como son las de los
pormenores de sus relaciones sentimentales y afectivas: “¿Hasta qué
punto detrás de sus eternas sonrisas frente a los flashes esconden
vidas frustradas?... ¿Tienen prohibido el amor?... ¿Se vio obligado
Christian a ocultar su homosexualidad…?... ¿Con quién perdió la
virginidad Christopher a los diecisiete años?...”
Alonso
viajó con la banda en 2006 durante una gira por Sudamérica para
responder a estas interrogantes y a muchas más por el estilo. De
esta experiencia y documentado en el aparato crítico especializado
en el tema —con fuentes como La Oreja, Don Francisco, Hola México,
Las Hijas, Revista Rebelde y otras por el estilo—, redacta las
pequeñas semibiografías de cada uno de sus integrantes: Poncho,
Anahí, Christopher, Dulce María, Christian y Maite. El resultado es
más que una suma de chismes y compilación de declaraciones: un
documento que entrelíneas permite identificar los principales rasgos
de la revolución rebelde.
Esta
revolución es netamente conservadora, si no es una contradicción
ontológica decirlo así. Su concepto de rebeldía es semejante al de
la literatura de autosuperación y
management:
ser perseverante en “alcanzar” los “sueños” (personales), “luchar”
por ellos, no rendirse, no darse por vencido, no desistir… No hay
mayor evidencia de esta rebeldía que peinarse y vestirse de manera
casual, como ya lo hacen desde hace años millones y millones de
jóvenes y viejos, y con algunos accesorios como tatuajes lavables y
micropiercings.
Como toda
empresa, RBD tiene su código de ética y su plan de
responsiveness:
“creemos que otra de nuestras responsabilidades es enviar siempre
mensajes positivos que son parte de nuestra forma de pensar. A todos
nos encanta decir en nuestros conciertos que RBD quiere paz, que no
queremos guerras, que no queremos drogas… lo que más deseamos es que
RBD siga algo positivo”, explica Anahí. Y como todo corporativo, RBD
tiene su fundación, creada para “ayudar a los niños de la calle”.
El
discurso conservador es común a todos sus integrantes y es
permanente en todas sus declaraciones. Por ejemplo, las chavas
aceptan posar con poca ropa para revistas, pero no para las que haya
que desnudarse, porque “eso no va dentro de las aspiraciones de
nosotras —dice Maite—. Sobre todo porque hemos defendido tanto lo
que es la familia. Y no vendría con la esencia del grupo”. Todos a
sus 23 años (aproximadamente cuando se escribió el libro) aseguran
que lo más difícil de su éxito, de sus largas giras y grabaciones
para televisión, es pasar tanto tiempo lejos de sus familias (padres
y hermanos). Incluso en el tema de la homosexualidad son
conservadores: “yo no creo en el sexo sin amor —asegura Christian—.
Aunque parezca medio raro, estoy en una etapa que busco
estabilidad”. En efecto, él es legalmente casado en Canadá con una
pareja de su mismo sexo. Es decir cree y vive en matrimonio.
Tal vez
algo con lo que se identifican muchos jóvenes es que RBD es
apolítico, es decir, que su ideal no es partidista ni mediado por
proyectos gubernamentales. Es puro amor y paz. Todo en buena onda.
Por ejemplo, mientras Vicente Fox provocaba a Hugo Chávez y llevaba
así a punto de romper las relaciones entre sus países, RBD se
presentaba en Caracas ondeando la bandera de Venezuela. Su capacidad
de influencia para la paz no debe subestimarse: son, quizá, el
fenómeno cultural más importante de Iberoamérica en lo que va de la
década: ventas multimillonarias de discos y conciertos por decenas
de países en América y Europa. Realizaron la mayor gira en Brasil
que haya hecho algún artista extranjero que cierra con lleno en el
estado Maracaná; cuarenta conciertos en Estados Unidos durante 2006,
incluidos los llenos en el Madison Square Garden de Nueva Cork y el
Memorial Coliseum de Los Ángeles.
El libro
de Alonso nos permite conocer detalles de las vidas de los miembros
de RBD que sería frívolo comentar si no fuera por la influencia que
tienen sobre tantos jóvenes: Poncho, un solitario, “sueña con vivir
en pareja”; Christian estudió en colegios de maristas y del Opus Dei;
Anahí, además de que diseña vestuario, fue la voz de la canción
Mensajero del Señor con la que se le dio la bienvenida a Juan Pablo
II en Yucatán; “Christopher utilizó sabiamente preservativos que le
protegieran a él y a su pareja”; Dulce escribe algunas canciones y
comenta respecto a su piercing: “no era el arete en sí mismo, sino
el hecho de rebelarme contra lo establecido”. Esa actitud la ha
convertido en ícono de “chicas de todo el mundo” que “imitan su
descarada manera de vestir, de moverse, de comportarse con los
hombres”.
Como esta revolución se basa en imágenes, es perfectamente coherente
que el libro de Grijalbo (antes tan marxista) incluya un álbum de
fotos en páginas centrales, un cartel y un DVD “con entrevista
exclusiva”.
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