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Teorética del consumo
El consumo es un método de racionalidad económica, política y
cultural, que propicia procesos tanto de subjetivación como de significación de
la vida social, sobre los cuales coinciden moralismos de distinto signo. ¿Hay
límites objetivos entre el consumo y el consumismo?
Racionalidades del consumo
Definido en cuanto a
racionalidad económica, el consumo es la etapa final del ciclo que se inicia
con la producción de bienes y servicios como mercancía, y continúa con la
distribución de ellas para ponerlas en venta, en el cual se obtienen las
ganancias y la oferta encuentra su demanda. De modo que no son las necesidades o
demandas de los consumidores las que determinan la producción, sino que han
sido los planes de negocios los que ha determinado lo puesto a la venta para
que se compre, o han puesto a disposición los bienes para que se consuman. La
demanda, cuando es estudiada por la mercadotecnia, sí puede influir en la
producción y distribución, pero a fin de cuentas el consumidor sólo escogerá entre
las limitadas posibilidades que las empresas productoras y los establecimientos
mercantiles disponen. Por ejemplo, lo que está de moda ocupa la mayor parte de
los puntos de venta, de tal modo que el consumidor comprará solamente artículos
de moda, a no ser que vaya a tiendas de segunda mano o descontinuados.

Como racionalidad
sociopolítica interactiva, el consumo es tanto una práctica que reproduce las
diferencias y los conflictos entre las clases, como la manera efectiva en que
la justicia social se puede verificar. Algunos derechos económicos y sociales
implican la posibilidad de consumir, así como el derecho a la alimentación es
el derecho a consumir alimentos, a comprar comida. Los derechos culturales
implican también el consumo: dicho de un modo, la cultura se consume; dicho de
otro, tenemos derecho al consumo cultural. Consumir es, entonces, un medio de
satisfacción de necesidades, de ejercer derechos, de vivir libertades, práctica
que si algunos no pueden realizar daña la igualdad, o que si la posibilidad de su
ejercicio es elitista constituye discriminación.
Consumir es participar individual
o familiarmente en la disputa por la apropiación de todo lo que produce la
sociedad, así como en la manera de usarlo u ostentarlo. Por tanto, en cuanto a
su racionalidad cultural, el consumo es la apropiación de los bienes —tangibles
e intangibles— en cuanto a su dimensión simbólica y su enunciación relacional entre
sí, en un universo de claves de significación socialmente reconocido. Uno es lo
que consume, pero también cómo lo consume, dónde lo consume y con quién lo
consume. Consumir, en su racionalidad cultural, es un acto de constitución y
expresión de las identidades, de señalar pertenencia o diferencia, de
establecer fronteras entre grupos, de orientar las aspiraciones, y de idealizar
y procurar estilos de vida. Por eso García Canclini (1994: 47-48) dice que asignarle
a los objetos funciones en la comunicación y situarlos en un orden “hace más
inteligible” al mundo, “es pensar nuestra situación” en él.
Subjetividades del consumo
Según la economía política
clásica, toda mercancía posee un valor de uso y un valor de cambio; es decir,
por el fin para el que se realiza y por la posibilidad de intercambiarse por
otra u otras de un valor de uso diferente. El marxismo supone que el valor de
toda mercancía es el del tiempo de
trabajo socialmente necesario para su producción. Por tanto, cada mercancía
tiene un valor de cambio equivalente a las demás por el tiempo de trabajo que
su producción requiera: una mercancía “a” hecha en 10 minutos de trabajo vale
igual que dos mercancías “b” hechas en cinco minutos. Esta teoría sirve para
fundamentar un criterio objetivo del valor, pero es inútil en tanto el mercado no
se rige por valores, sino por precios, que están cargados de subjetividad.
Dos objetos idénticos,
realizados en el mismo tiempo de trabajo, pueden tener distinto precio si
fueron elaborados con distintos materiales, oro o plata, caoba o pino, por
ejemplo. Pueden también estar hechos del mismo material, pero uno será más caro
que otro si es un bien escaso en un mercado local y el otro se encuentra en un
mercado en el que abundan los de su tipo. O pueden ser igualmente escasos en
distintos mercados, pero uno será más caro que otro si tiene mayor demanda, si
el consumidor está dispuesto a pagar más. Uno será más caro que otro si
adquiere alguna cualidad intangible apreciada, como haber tenido contacto con
una celebridad o haberse relacionado con un acontecimiento. Es más, una mercancía
cambia de precio respecto a sí misma de manera circunstancial: baja por perder
su cualidad de nueva, o sube cuando se considera como antigüedad; baja por
pasar de moda o sube por el agotamiento de sus pares; baja por volverse
ordinaria o sube por volverse pieza de colección.
Todas estas y más
apreciaciones o depreciaciones son puramente subjetivas y más o menos
convencionales. Si a esto añadimos que distinta tecnología de medios de
producción puede realizar mercancías idénticas en distinto tiempo y costo, se
pulveriza cualquier intento de fundamentar un criterio objetivo de valor. Por
eso en el mercado no hay valores, sólo hay precios determinados por la
competencia y los procesos de producción, distribución y mercadeo, antes que
por la oferta y la demanda.
Semióticas del consumo
Si el mercado se rige por
apreciaciones subjetivas, tiene que ver con referentes o atavismos culturales
manifiestos en la valoración que cada individuo hace de las mercancías, en el
marco de un sistema de representaciones compartidas por una sociedad que asigna
un aprecio diferenciado de los bienes y servicios por su dimensión simbólica. Entonces
la quiebra teórica del marxismo tiene como parte de su explicación la difusión
de inventos como el crédito, la publicidad y la cinematografía (después la
televisión). El primero ha permitido consumir sin ahorrar, el segundo participar
en procesos de identificación y diferenciación por medio del consumo, y el
tercero conocer estilos de vida aspiracionales no revolucionarios: el paraíso
no está en otro sistema, está en este, y no es imposible llegar a él.

Por eso al valor de uso y al
valor de cambio hay que agregar el valor simbólico, el cual es asignado por el
sistema de representaciones de cada cultura. Paralelamente a la pirámide de
diferencias socioeconómicas determinada por los ingresos y la propiedad
privada, el capitalismo ha edificado una pirámide de diferencias
socioculturales determinada por el consumo de bienes de distinción, dado tanto
por objetos de valor intrínseco como por aquellos que tienen un valor dado por
el prestigio. A partir de ello la sociedad estratifica a sus clases e
individuos no sólo por las propiedades que poseen o el dinero que ganan, sino
que alcanzan su cúspide o se alejan de ella a partir de la posesión o no de un
conjunto de bienes simbólicos que distinguen a unos de otros, según establece
una jerarquía impuesta por los poseedores de esos bienes —una élite—, suficiente
para definir quién es gente bien y
quién es naco con dinero (nuevo rico),
situación que es aceptada o asumida por quienes no los tienen. De acuerdo con
Bordieu
los bienes se convierten en signos distintivos —que pueden ser
unos signos de distinción, pero también de vulgaridad, desde el momento en que
son percibidos relacionalmente— para ver la representación
que los individuos y los grupos ponen inevitablemente
de manifiesto mediante sus prácticas y sus propiedades forma parte integrante
de su realidad social. Una clase se define por su ser percibido tanto como por
su ser (1979: 494).
La lucha de clases ya no es
por la posesión de los bienes de producción, puesto que no son lo que marca las
diferencias socioculturales, sino por la posesión de bienes de distinción
simbólica (no queremos tanto las empresas de los ricos como su estilo de vida).
Ante dos productos materialmente idénticos, los consumidores están dispuestos a
pagar más por uno que por otro si para ellos tiene mayor valor simbólico, dado
por la estima o reconocimiento que se tiene a una marca sobre otra. Los lugares de residencia, los lugares y tipos de
recreo, los colegios, los clubes y los espacios o medios de consumo exclusivos sirven
como aduanas que controlan el ingreso a la cúspide de la distinción simbólica.
La pretensión de ascenso en
la pirámide de distinción simbólica, del capitalismo
de ficción, es el soporte de la piratería, por el que la mayoría de la
gente que no puede pagar por los productos originales
prefiere las imitaciones a los patito
(brand off, marcas baratas), aunque
sean casi idénticos. Parece que quien compra imitaciones no lo hace por engañar
a los demás, aunque quizá albergue esa fantasía, la de que otros crean que tiene
productos genuinos. Nadie que utilice el transporte colectivo va a llevar un
pantalón o bolsa Moschino, pero tal vez lo haga sentir reconfortado que se le
vea con un producto idéntico al verdadero, que trae cosas como las de los ricos.
La cara opuesta de este fenómeno es la de parias que adquieren bienes carísimos
por pura moda, hiphoperos de barriada que calzan zapatillas deportivas Nike y
visten playeras Ecko, que critican al capitalismo pero que enriquecen a la
Comex (fabricante y vendedor de pintura) a costa de las fachadas de sus
vecinos.
Antes de dedicarse a la
posmodernidad, Baudrillard trabajó el tema del consumo como una práctica de
distinción: “una verdadera teoría de los objetos y del consumo se fundará no
sobre una teoría de las necesidades y de su satisfacción, sino sobre una teoría
de prestación social y de la significación” (1974: 2). Sin embargo, Lipovetsky considera
que el consumo de masas como proceso de distinción y diferenciación clasista
correspondió a una época que fue superada, cuando se pusieron a la venta los
primeros televisores, por ejemplo, pero desde hace tiempo el conjunto de bienes
que aparecen en el mercado se consumen no por una pretensión de prestigio, sino
por “la embriaguez de sensaciones y de lo nuevo”. De modo que, como efecto de
subjetivación, hay una regresión del
proceso de distinción “en provecho del valor dominante del placer individual
del objeto-uso”. De modo que “cada vez es menos cierto que adquirimos objetos
para obtener prestigio social o para desmarcarnos de los grupos de estatus
inferior y afiliarnos a grupos de estatus superior” (1990: 195-196).
Los dos tienen razón. Se
consume para diferenciarse de unos o asemejarse a otros; pero también por el
placer que causa hacerlo, por el encanto del objeto-diseño, por la excitación
de la posesión objeto-fetiche, por el goce de la fantasía asociada a la marca, por
la reiteración de experiencias placenteras, porque lo que se consume son
principalmente experiencias placenteras: Starbucks no vende café, vende la
experiencia de tomar café en Starbucks.
Moralistas del consumo
Como efecto de la
pronunciación reiterada de un juicio moral tanto de izquierdas marxistas como
de derechas religiosas, corrientemente se suele decir que las sociedades de las
economías capitalistas son de consumo,
en las que los individuos que pueden se dedican a comprar más de lo necesario, a
comprar lo superfluo, al consumismo, mientras que muchos pobres
no tienen ni lo indispensable. Los marxistas consideran al consumismo como alienación,
porque el trabajador en lugar de liberarse de la explotación y apropiarse de
los medios de producción, prefiere dedicar parte de su tiempo libre y salario a
comprar cosas o gastar en diversión (¿es tan grave atascarse de palomitas en el
cine viendo una comedia romántica en vez de tomar un fusil o apedrear un
McDonald´s?). Por su parte, los fundamentalistas religiosos consideran que el consumismo es una práctica que aleja a
la gente de dios, que prefieren ir de compras que al templo, que se opone a un
estilo de vida austero y ascético (¿es tan grave no querer vivir como los
menonitas o quakeros y tiene uno que irse al infierno por dedicar más tiempo a
ver aparadores que a la lectura de la Biblia?).
Pero si el consumismo es eso, apropiarse de lo que
no es necesario, entonces ha existido siempre o no tiene relación exclusiva con
la economía capitalista. Por ejemplo, alguien que come diariamente frijol y
tortilla en mayor cantidad a la necesaria para las calorías que requiere,
también sería un consumista. Pero, ¿a partir de qué o cuánto puede determinarse
lo necesario o lo innecesario? ¿Cuánto es demasiado? Quizá el consumista de
tortilla y frijol considera necesario comer más de lo que su cuerpo requiere de
nutrientes y calorías y no le importa engordar. En todo caso los críticos de la
sociedad de consumo y el consumismo no deberían de tener más de
un par de zapatos, un par de pantalones, ir y venir en una bicicleta vieja y
tener una vivienda barata amueblada apenas por una cama, una mesa y un par de
sillas, pero frecuentemente viven con mucho más de lo que la mayoría
consideraría necesario y se pronuncian en los medios impresos de prestigio y en
las cátedras de caché. El hecho es que en tanto se van satisfaciendo las
necesidades básicas, va siendo prioritario y necesario el disfrute o goce de
otros bienes, hasta llegar al de la autorrealización y el reconocimiento positivo
de los demás, de acuerdo con la pirámide de Maslow.
Tener un refrigerador lleno
de comida que uno no va a poder comer o un armario lleno de ropa que no va a
vestir, satisface para los propietarios no la necesidad de alimento y vestido,
sino la necesidad de seguridad, de posesión o quizá de afecto. Si no la
satisfacen, tal vez sí la compensan. La ropa puede satisfacer para una mujer la
necesidad de sentirse más bonita o gustar, para un hombre la de parecer
importante o demostrar que lo es. Cuando a alguien no le basta tener un yate y
siente necesidad de uno más grande y lujoso, no busca satisfacer su deseo de
navegación sino la sensación de poder. Y quien tiene poder quiere más como una
necesidad.

Si la cultura también se
consume, alguien que va cada semana a la ópera y al ballet sería un consumista
porque no necesita tanto goce de arte escénica para su desarrollo humano: nadie tiene derecho a la ópera mientras haya
quien tenga hambre o carezca de techo, podría reprochársele. O alguien que
lee cien páginas a la semana o una hora al día sería consumista en un país en
el que en promedio apenas se lee un par de libros al año por persona. La
mayoría de los connacionales opinaría que no es necesario leer tanto, que es
superfluo acumular libros en casa, y los más radicales podrían decir que el
costo de la producción de libros de arte por parte del Estado, con todo y el
fondo para creadores, podría dedicarse a programas sociales para atender la
pobreza. Si El Quijote es el mejor
libro, comprar cualquiera otro sería consumismo.
El consumismo no existe. Comúnmente el consumidor no compra lo que
considera innecesario. Son otros, los moralistas, los que desde su punto de
vista juzgan que lo es. Baudrillard (1969: 228-229) niega que el consumo tenga
que ver con el orden de las necesidades, que la compulsión por él “no se debe a
una fatalidad psicológica”, “ni a un simple constreñimiento de prestigio”, sino
que es una práctica idealista en la que los “objetos-signo” puedan “llenar, a
cada momento, una falta o carencia”. Por eso, “‘moderar’ el consumo o pretender
establecer una red de necesidades capaz de normalizarlo es propio de un
moralismo ingenuo o absurdo”.
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Referencias
Baudrillard, Jean (1974 [1972]). Crítica de la economía política del signo. México, Siglo XXI.
Título original: Pour une critique de
l´economie politique du signe.
——(1969 [1968]). El
sistema de los objetos. México, Siglo XXI. Título original: Le système des objets.
Bordieu, Pierre (2002 [1976]). La distinción. Criterio y
bases sociales del buen gusto. México, Taurus. Título original: La distinction.
García Canclini, Néstor (1995). Consumidores y ciudadanos. México, Grijalbo.
Lipovetsky, Gilles (1990 [1987]). El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades
modernas. Barcelona: Anagrama. Título original: L'ere du Vide. Essais sur l'individualisme
Comtemporain.
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