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El
corporativismo estudiantil y la
ley de
cultura
Mientras en el Partido Revolucionario Institucional han hecho carrera
dirigentes de grupos porriles universitarios, es decir, grupos de choque
auspiciados o tolerados por directores o rectores, en el Partido de la
Revolución Democrática varios de sus militantes y dirigentes provienen
de los movimientos estudiantiles huelguistas opositores a las
autoridades universitarias. Por ejemplo, los diputados federales Pablo
Gómez, Salvador Martínez della Rocca “El Pino” e Inti Muñoz Santini
manifiestan en su semblanza curricular haber sido líderes estudiantiles.
Un fenómeno del que cabe exponer algunas ideas para explicarlo.
Mientras en el PRI sus principales sectores corporativos —obrero,
campesino y popular— han sido explícitos en su estructura nominal, su
engendro el PRD tiene sectores de manera anónima (sin nombrar) aunque no
por ello invisibles. Allí está el caso del sector estudiantil, del que
proviene el presidente de este instituto político en el Distrito
Federal, Martí Batres, y su predecesor Carlos Imaz.
El
sector estudiantil, concentrado principalmente en los campi de la
Universidad Nacional Autónoma de México, aporta a ese partido cuadros de
activistas, más que de ideólogos. Un partido que se asume como
representante de causas populares antes que de ciudadanos requiere de la
movilización continua de multitudes tanto para presionar a sus
opositores como para mantener elevada la moral y la cohesión de sus
militantes. Son estudiantes quienes frecuentemente están más dispuestos
a confrontar a los cuerpos policiacos, a cerrar calles, a realizar
pintas, a botear, a hacer y repartir propaganda o a
movilizarse de un punto a otro de la ciudad o el país con presteza,
aunque la huelga estudiantil es su microrrevolución triunfal,
como un mito soreliano.
La
más reciente huelga llevada a cabo en nuestra máxima casa de estudios,
encabezada por Alejandro Echavarría, alias El Mosh, al frente de
ultras y megaultras, aportó desde 2003 a sus primeros líderes
a la Cámara de Diputados y a la Asamblea del Distrito Federal, como
Nancy Cárdenas, entre otros que se presentan como “presos políticos”. Es
como si el PRD necesitara nutrirse de tiempo en tiempo de políticos de
estas características: “Sangre nueva para tu motor”, como dice el
anuncio de Bardahl.
El
origen de estos legisladores no los hace mejores o peores a los de otras
extracciones —empresarios, líderes sindicales o académicos— en cuanto al
cumplimiento de sus responsabilidades. Ése es el caso del diputado Muñoz
Santini, chambeador como pocos y de los que realmente cree que está para
servir a la sociedad, especialmente en lo que se refiere a los temas de
legislación de la cultura y sus políticas públicas. Una rareza.
Duro
duelista epistolar capaz de hacer retractarse a Guillermo Sheridan en
Letras Libres, Inti es aguerrido impulsor de la corrección política
y el discurso con enfoque de género. A lo largo de la fenecida
legislatura promovió tres temas principales: una ley en materia de
cultura, el incremento del gasto público federal al subsector cultura
hasta alcanzar el equivalente al “uno por ciento del producto interno
bruto” y la oposición a la edificación de la Biblioteca “José
Vasconcelos”. Buenas ideas, quizá. Pero con ellas pasó lo mismo que con
aquel Congreso Universitario que resultó de la huelga estudiantil de
1987 en la que este líder participó: casi nada. (No digo que sea su
culpa).
Ni
Inti Muñoz ni compañero alguno de su partido presentaron una sola
iniciativa para crear una ley de cultura. Se pasó toda la legislatura
solicitando que el Ejecutivo presentase la suya, y cuando finalmente lo
hizo se inconformó con su contenido. A su favor puede decirse que
presentó una iniciativa de reforma constitucional para que se incluyese
en el artículo cuarto el “derecho a la cultura”, que dicho correctamente
se trata del derecho a la libertad cultural.
En
lo que respecta al presupuesto destinado al subsector cultura, lo que
recomiendan las agencias de la Organización de las Naciones Unidas que
así lo han hecho, se refiere al total del gasto público, no
exclusivamente al federal, como se ha empeñado Inti al hacer de un
indicador un fetiche ideológico. Es decir se debe contabilizar el gasto
federal junto con el de los estados y los municipios. ¿De qué se trata?
¿De descentralizar los servicios de las instituciones públicas
culturales —bibliotecarios, por ejemplo— mientras se concentra el
presupuesto en la administración central del gobierno federal? Es una
contradicción. En los países con alto consumo cultural de lectura y
bellas artes son los gobiernos de las provincias los que aportan la
mayor parte del financiamiento.
Por
otra parte, puede parecer extraño que un promotor de la educación
pública y la lectura se oponga a que se edifique una biblioteca como las
que hay en las ciudades más importantes del mundo, la “José Vasconcelos”
en este caso, bajo el argumento de que en lugar de una “megabiblioteca”
se hubiesen podido construir mil bibliotecas por todo el país. Sin
embargo, visto como un alegato propio de un militante de un partido de
oposición para descalificar a la autoridad ante la opinión pública
resulta peculiarmente interesante. Es como oponerse a la construcción
del no menos faraónico distribuidor vial del Distrito Federal
porque en vez de él pudieron haberse construido mil callejones en
colonias populares y en la rural Milpa Alta.
Sin
ánimo de comparación, pero sí de remembranza, está la anécdota de un
cegehachero
megaultra, que ante la oposición de una investigadora a que los
huelguistas se apoderaran de la Torre II de Humanidades en Ciudad
Universitaria éste justificó su acción con el siguiente argumento:
“ustedes hacen libros para ricos” (La Jornada, 19 de octubre de
1999). Así, podría recriminársele al presidente Fox: “usted hace
bibliotecas para ricos”.
Sin
mayor propiedad que un automóvil Honda modelo 98, según su declaración
patrimonial, y en la orfandad política a causa de la ahumada que se dio
la líder de las grades acciones, el casi siempre crítico diputado
Inti Muñoz se alineó al comisario sesentayochista para aprobar la
llamada Ley Televisa. Acaso no un acto irracional ante la
evidencia del “proyecto alternativo de nación” en materia de cultura:
hacer del Zócalo de México un escaparate de las estrellas de esa
televisora como Belinda y RBD. “Los grupos más chidos gratis”,
según decía un mozalbete a punto del éxtasis en el anuncio televisivo
del Gobierno del Distrito Federal. Inti,
buen diputado. Votaría por su reelección. Aunque prefiero en el Zócalo a
Belinda —sin Modderato, por supuesto— que a la Maldita Vecindad.
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