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Las falacias
de los apocalípticos
Como
“apocalípticos” se refirió Umberto Eco a los intelectuales que, como
los de la Escuela de Frankfurt, han considerado que los medios
masivos de comunicación son una calamidad, porque “destruyen las
características culturales propias de cada grupo étnico”, “sugieren
al público lo que debe desear”, “alientan una visión pasiva y
acrítica del mundo” y “desarrollan la misma función que [...]
ejercieron las ideologías religiosas”, entre otros males que causan
[1995, pp. 56-60].
Actualmente,
quien mejor o de manera más amplia y reconocida efectúa este tipo de
crítica es Ignacio Ramonet. Las siguientes son algunas de sus
principales falacias. Sólo algunas.
No tomo coca-cola porque algún anuncio publicitario me diga que lo
haga. La tomo porque me gusta su sabor, tiene un precio
relativamente bajo y hay muchos lugares a mi paso donde la puedo
comprar. La publicidad sólo hace que tenga presente la marca cuando
tengo que decidir entre una u otra, o que recuerde alguna cualidad
objetiva o simbólica cuando veo el producto. En cambio, la teoría de
la aguja hipodérmica, de origen o influencia conductista, sostiene
que el televidente obedece a los mensajes televisivos acríticamente
o que es seducido o conmovido para que se someta a la voluntad del
productor tal como lo ordena o sugiere el mensaje: si me dicen “Toma
coca-cola” entonces obedezco y tomo coca-cola, y si me dicen “vota
por...”, entonces voto por el que más veces se me haya dicho.
Aunque es una teoría que por sus limitaciones fue superada hace
décadas, en el discurso apocalíptico siempre está presente. Véase,
por ejemplo, este elocuente párrafo de Ignacio Ramonet:
los nuevos amos de la manipulación se
presentan ante nosotros con la apariencia seductora de los
encantadores de siempre [...] para convertirnos en crédulos
eufóricos y felices [...]
hoy sabemos, con espanto, que nuestra sumisión y el control de
nuestros espíritus no serán conquistados por la fuerza sino a través
de la seducción, no como acatamiento de una orden, sino por nuestro
propio deseo, no mediante el castigo, sino por el ansia de placer
[2000, p. 37].
Tampoco tomo coca-cola porque su publicidad me seduzca. No me gustan
sus osos, ni sus desfiles, ni su chispa, ni su alegoría navideña, ni
su tipografía, ni su diseño, ni su optimismo. Cuando la tomo, no
creo que mi realidad se vaya a hacer semejante en modo alguno a sus
anuncios. Ni me gustaría. Es decir, esta falacia subestima al
receptor o consumidor en tres aspectos: capacidad crítica, capacidad
cognitiva o inteligencia y formación moral. Implica, a la vez,
sobreestimación de la capacidad del productor para imponer el punto
de vista, los valores o las creencias que quiera, y también implica
atribuirle las cualidades del diablo: la maldad y la simulación.
Entonces, el intelectual o crítico apocalíptico, puesto que es capaz
de poner al descubierto la manipulación, se presenta como un sujeto
con inteligencia y capacidad crítica superior a la de las masas de
tontos que no se dan cuenta de ella, e insinúa que es moralmente
superior a los malvados productores y a las masas de ingenuos: si se
opone a los perversos, entonces personifica o encarna al bien y la
verdad.
De modo que la televisión (o televisor, el objeto receptor) es a los
apocalípticos lo que la ouija a los exorcistas: un
instrumento del diablo para apoderarse de las almas y mentes de los
incautos, maleficio que sólo sus libros —La Verdad— pueden conjurar,
porque nos harán libres. Dice Ramonet que la televisión es
“una
distracción que puede convertirse en alienación y conducir al
descerebramiento colectivo, al condicionamiento de las masas y a la
manipulación de los espíritus” [2000, p. 21].
O no ve la televisión para
salvaguardar sus neuronas y elevadísimo IQ, o es privilegiado
poseedor de una capa refractaria en la corteza cerebral que le
permite blindar su inteligencia contra el poder destructivo de los
rayos catódicos.
La realidad
es que el consumidor de texto, audio o video comúnmente tiende a
simpatizar o estar de acuerdo con quien confirma su prejuicio,
simpatía o punto de vista, y mantener aversión contra los mensajes o
comunicadores que se opongan a ellos. O también es capaz de cambiar
de opinión razonablemente, sin ser manipulado. No es fácil de vencer
la capacidad crítica de los consumidores o televidentes. Por
ejemplo, nadie va a dejarse convencer por el narrador o comentarista
de fútbol si fue o no penalti en una marcación dudosa del arbitro,
si resulta contraria a su juicio o simpatía, o si la repetición
muestra claramente lo contrario. Nadie cambiaría de equipo favorito
porque se lo dijera un narrador o comentarista. Y así es en la
mayoría de las preferencias y gustos.
De modo que
la manipulación no existe o todo discurso u opinión en el espacio
público tiene una intención manipuladora, porque todos tratan de
influir en simpatías o juicios sobre los asuntos que tratan. Así,
manipulación también sería tratar de convencer de que hubo un fraude
electoral o que el gobierno quiere privatizar Pemex.
La falacia
del hegemonismo
El simplismo
y la generalización son característicos del discurso apocalíptico.
De modo que en su retórica se dice con mucha ligereza “los medios” o
“los media”, “la televisión”, “la prensa”, etcétera, y sobre ellos
profiere juicios de valor, adjetivos o les atribuye cualidades e
intenciones sin distinguir las diferencias que hay entre ellos en la
selección o producción de contenidos, en la jerarquía y el
tratamiento que se les da.
Asimismo, el discurso
apocalíptico etiqueta o clasifica como “izquierda” o “derecha” a
cada medio o empresa de la comunicación pública sin considerar la
pluralidad o diversidad de opiniones que hay en cada uno. Por
ejemplo, el discurso apocalíptico local tacha de “derecha” a
Letras Libres, sin considerar que en ella escriben autores como
Roger Bartra, y también a Reforma, con todo y las
colaboraciones habituales de Carmen Aristegui y la máxima
representante de la intelectualidad obradorista: Guadalupe Loaeza.
También dice “Estados Unidos” como si fuera un señor con voluntad
única y unívoca, cuando es un país de 300 millones de habitantes,
plural y diverso, que como democracia avanzada tiene numerosos
grupos de poder y de interés, en conflicto o en acuerdo en
diferentes momentos y por distintos motivos. Entonces incurre en uno
de sus errores más frecuentes,
de origen
marxista, que es suponer que la clase burguesa es orgánica y el
gobierno es su instrumento de represión. Dicho de un modo no
marxista: sobrevalora la cohesión de la élite e ignora o minusvalora
las diferencias y conflictos en su seno.
No hay complicidad ni subordinación porque los medios de
comunicación y las distintas y diversas agencias gubernamentales no
tienen voluntad unívoca ni voz unísona. Que las cadenas televisoras
más importantes de Estados Unidos no son instrumentos al servicio de
la Casa Blanca ha sido evidente en numerosas ocasiones. Tal vez la
más clara manifestación de las eventuales oposiciones que se dan
entre estos poderes se dio cuando Richard Nixon pretendía ser
reelegido. En México, recientemente, fue evidente la diferencia y el
desacuerdo entre poderes fácticos y republicanos cuando se aprobó en
el Senado la reforma electoral ante la animadversión de los miembros
de la Cámara de la Industria de la Radio y la Televisión.
Tanto en las democracias consolidadas como en las incipientes las
cadenas televisoras o corporativos de telecomunicaciones, como
poderes fácticos, tienen intereses o convicciones que pueden
coincidir o contraponerse respecto de los grupos del gobierno en
turno y pueden entablar alianzas o acuerdos con algunos, pero no hay
sumisión ni incondicionalidad de su parte.
La falacia de
la sobreinformación
“La información se oculta porque hay demasiada para consumir y, por
lo tanto, no se percibe la que falta”, dice Ramonet [2002b, p. 43].
Absurdo, porque sería como decir que demasiadas ofertas de empleo
ocultan el desempleo. En realidad, lo que existe es libertad de
información y la consecuencia de ella es que haya una amplia oferta
o puesta a disposición y su consumo diferenciado. Si “falta”
información es porque alguien no la está produciendo, ofertando o
poniendo a disposición, o propiciando que se haga.
Según Ramonet y otros apocalípticos, la superabundancia de
información, además de ocultar “la que falta”, “ha
desaparecido la visibilidad de la censura”. Dice: “la forma
supermoderna de la censura consiste en superañadir y acumular
información” [p. 56]. No. Lo que ha desaparecido es la censura. No
hay censura invisible. Sería falaz decir que se conculca la libertad
de expresión por el hecho de que todo mundo dice lo que piensa en
público todo el tiempo. Al contrario, precisamente ésa es su muy
posible consecuencia. Tampoco podemos decir que el exceso de
libertad de expresión “oculta” expresiones que “faltan”, ni siquiera
porque desde un juicio moral o intelectual se determine que 99 por
ciento de esas conversaciones son pura babosada y que sólo lo
erudito merecería ser pronunciado.
Lo que hay es
un consumo diferenciado de información entre individuos. Aunque haya
una oferta diaria de veinte periódicos, cuarenta noticieros de
radio, quince de televisión y veinte sitios de noticias locales en
Internet, nadie se va a sobreinformar leyéndolos,
escuchándolos y viéndolos todos. Alguien leerá un periódico y
escuchará un noticiero, otro sólo verá uno por televisión, etcétera,
y muchos ni uno ni otro. Lo importante, en términos democráticos, es
que precisamente haya una muy amplia oferta de medios de información
con distintos criterios o líneas editoriales para que cada
ciudadano, de acuerdo con sus gustos o posibilidades, pueda
adquirirlos o disponer de ellos.
Si Ramonet y otros apocalípticos tienen algo que decir, escribir o
cantar —como su amigui Manu Chao—, que lo hagan y ya. De
hecho lo hacen porque nadie los está censurando visible o
invisiblemente. Que lo sigan haciendo, que para eso gozan de las
bondades del liberalismo de democracias como la francesa y la
española, y también gracias a las bondades del libre mercado: nada
ni nadie me ha impedido leerlos, escucharlos o verlos. No hay una
conjura de los empresarios de la prensa del corazón y la FIFA para
ocultar la existencia de Le Monde Diplomatique o de sus
libros o videos que se venden en numerosos países, puesto que no les
van a restar a un solo lector o televidente.
¿Cómo se puede ver en Ramonet a un enemigo o denunciante de la
censura y la “falta” de información mientras hace apología de la
dictadura en Cuba y ensalza al dictador Castro? ¿Qué credibilidad
puede tener?
La falacia de
la americanósfera
Como en el
discurso apocalíptico Estados Unidos es el demonio, le atribuye la
cualidad de la omnipresencia y casi también de la omnipotencia.
Quiere encontrarlo en todos lados para exorcizarlo a cada paso y
momento donde se encuentre.
Nos llegan una cantidad de discursos, de programas, de cadenas de
televisión que se orientan en difundir un imaginario, una cultura de
masas que no es forzosamente la mía, la de mi territorio, la de mi
país, la de mi comunidad. Este fenómeno está ampliamente dominado,
una vez más por los programas anglosajones, que están extendidos en
Europa por todas partes. Y este fenómeno planetario produce una
especie de homogeneidad cultural, con la tendencia cada vez más
pronunciada a crear un mundo en el que las referencias culturales
sean las mismas, y casi siempre con el mismo origen: Estados Unidos.
Y esta homogeneización cultural favorece la producción de un
imaginario común [2002a: p. 14].
Si
bien Estados Unidos es una potencia en cuanto a industrias
culturales, los flujos de producción, distribución y consumo
cultural (masivo) no son unilaterales ni excluyentes. Cabe observar
lo siguiente:
-Uno de los
principales contenidos de televisión en el mundo son los partidos de
fútbol y los programas que lo comentan o analizan, materia en la que
Estados Unidos es irrelevante. La FIFA no tiene nada que ver con
Estados Unidos, sino con Europa, así como los clubes y ligas más
importantes e influyentes en el negocio.
-Las
producciones de historietas, dibujos animados y videojuegos
japonesas son tan importantes o más que las estadounidenses para el
consumo cultural infantil y juvenil.
-El rock
británico es tan importante e influyente, o más, que el
estadounidense.
-Las
muy influyentes industrias de la moda son más de Francia e Italia
que de Estados Unidos, de la cosmética y la perfumería al diseño,
pasando por ropa, calzado, peinado...
-La mayoría del equipamiento para el consumo cultural y las
telecomunicaciones que transforman las prácticas culturales y la
socialización es de marcas que no son estadounidenses: Sony,
Panasonic, Phillips, LG, Nokia, Ericsson, Motorola, Telefónica,
Telmex...
-No hay una
sola “americanización”. Son varias, de distinto signo ideológico y
cultural. La organización no gubernamental de la sociedad, en forma
de asociaciones, por ejemplo, tiene una muy fuerte influencia de
experiencias estadounidenses en defensa y promoción de derechos
humanos, el pacifismo y el ambientalismo. Otro ejemplo: la cultura
hip hop de grafitti, rap y b-boys es
completamente distinta a la de los pentecostales o mormones que
vienen a México a abrir templos y reclutar feligreses.
-Los efectos
más negativos de la globalización, que resultan en la quiebra de
productores nacionales, tienen su origen (o fabricación) en China.
Pero contra su piratería y prácticas capitalistas salvajes no hay
manifestaciones globalifóbicas, porque en las cabecitas de sus
activistas no cabe otro enemigo que Estados Unidos-McDonald’s.
Padecen de resistencia al cambio, como dicen en
administración de empresas.
-Los productos televisivos o programas más importantes para el
público o consumidor mexicano son hechos en México por mexicanos y
recientemente también por algún cubano y argentino (nunca por
gringos), con formatos, historias o conducciones acordes con la
idiosincrasia local: telenovelas —en primer lugar—, noticieros,
comedia (humorísticos), espectáculos, fútbol, lucha libre, debate,
cocina y autoayuda u orientación. Todo eso es producción nacional.
Otros, como los reality shows (que también vienen de Europa,
como Big Brother) y talk shows tienen que adaptarse a
particularidades del mercado-audiencia local.
-México, como Brasil, Venezuela y Colombia, exporta telenovelas a
Estados Unidos, Europa y Asia.
Bety La Fea,
producción colombiana, fue adaptada a México con el nombre de La
Fea más Bella y durante 2007 tuvo el rating más alto de
toda la programación, y su realización en Estados Unidos, por la
mexicana Salma Hayek, fue un éxito con el nombre Ugly Betty.
-En la
programación de televisión abierta en México no hay noticieros en
inglés. Todos son producidos en México, por mexicanos, con noticias
sobre México en su gran mayoría. En cambio, en Estados Unidos hay
noticieros en español, así como numerosos programas de variedad,
producidos y conducidos por mexicanos o mexicanoestadounidenses, así
como de otros países hispanoparlantes.
-Los
contenidos televisivos estadounidenses no están en los canales
principales 2 y 13, sino en el 5 y el 7. Y todo está doblado al
español.
¿Qué
prácticas culturales vienen de Estados Unidos? El pasito duranguense
viene de allá, de Chicago. ¿Se opone o anula la identidad de lo
mexicano?
El error de
esta falacia es la sobrevaloración de lo estadounidense sobre otras
influencias culturales. Pero hay tantas evidencias de que no hay una
“americanización” que inclusive Ramonet ha tenido que matizar sus
afirmaciones:
Algunas empresas japonesas compraron grandes
compañías norteamericanas de cine. Así, la Columbia fue absorbida
por Sony, la Universal por Matshusita. También las empresas
francesas se movieron en este sentido: el Crédit Lyonnais se hizo
con la propiedad de empresas de producción de cine en Hollywood
[2002b: p. 147].
Ante las
evidencias, el discurso apocalíptico se resiste a cambiar de
enemigo: le añade cómplices. Para ello hace un desliz ideológico
adoptando el concepto geográfico “Norte” para referirse a
condiciones y procesos económicos y culturales propios de la
globalización. Los ricos malos están en el “Norte” y los pobres
buenos en el “Sur”. No obstante lo equívoco del concepto, Ramonet
dice de la compra de empresas en Estados Unidos por europeos y
japoneses: “en cualquier caso seguía el control del norte”.
Aceptando sin conceder esta operatividad conceptual, entonces los
flujos culturales van del Sur hacia el Norte por medio de la
emigración: la islamización de Europa, la hispanización
de Estados Unidos, etcétera. Por eso autores estadounidenses como
Samuel Huntington han reaccionado respecto del “desafío hispano”.
Son “ellos” (algunos estadounidenses) los que sienten amenazada su
identidad cultural y nacional dentro de su territorio.
La retórica
falaz
¿Por qué tienen tanto éxito los apocalípticos? Éxito no como Slim o
Gates, pero sí en tanto
disponen de
numerosos, amplios e importantes espacios en la prensa escrita, en
la radio y algunos en televisión abierta,
lo que les favorece para ser citados, recibir amplio reconocimiento
y tener numerosos admiradores o entusiastas lectores y asistentes a
conferencias. Pues tienen éxito no por la veracidad de sus tesis ni
por su despliegue argumentativo, ni mucho menos por resultados de
investigación. En realidad han ganado mucha atención por su estilo,
por la seguridad con que afirman sus ideas, por echarle mucha crema
a sus taquitos.
Uno de los más destacados es Paul Virilio. Por ejemplo, dice que
“vamos insensiblemente hacia un verdadero crash de imágenes
cuyos signos premonitorios son la multiplicación de flashes
informativos y el creciente desinterés del público por las cadenas
generalistas” [2000: p. 145]. ¿Qué es eso de “crash”? ¿Es un
concepto, una teoría, una onomatopeya o qué? (Si Huntington dice
“clash” a los apocalípticos les parece pésimo, y si uno de ellos
dice “crash”, que es perfecto). ¿“Vamos insensiblemente”
quiénes? ¿Todos, todos “insensiblemente” y por igual? ¿De verdad?
Los apocalípticos repudian al futurismo, pero les encanta profetizar
catástrofes, se regocijan en ello. Incluso su lenguaje es
escatológico: “signos premonitorios”. Es puro rollo: no hay ningún
“creciente desinterés del público por las cadenas generalistas” si
con ello se refiere a canales de televisión con programación variada
o no especializada en un género o tipo. En México, incluso hay
quienes contratan cable o antena para sintonizar mejor Canal 2. ¿O
cuáles son las “cadenas generalistas”? Es pura palabrería para
apantallar; mucha forma y poco fondo. Nótese también el recurso de
conjugar “nosotros” como oposición a “ellos”, que tanto gusta en las
arengas ideológicas populistas. Por cierto, ser de izquierda o tener
simpatías con alguna izquierda no implica ser apocalíptico ni es
condición. Un caso muy destacado al respecto es el de Juan Luis
Cebrián, autor de La red (1998).
El estilo de
los apocalípticos es espectacular o, válgase la expresión,
espectacularista. Está sobrecargado de superlativos,
generalizaciones y adjetivos, de neologismos y recursos retóricos
huecos. Sus libros tratan de supuestas revelaciones de tramas
ocultas mundiales, historias de terror, intriga y suspenso
verosímiles más que veraces. En conjunto son como una versión
políticamente correcta de los protocolos de sión; una mala novela
policiaca: ya sabemos quiénes son los malos (Estados Unidos, la
televisión y los grandes capitalistas) y quiénes los buenos (los
apocalípticos). Véase el siguiente párrafo de Virilio, que es como
de los agentes de “Kaos” en la serie de El Superagente 86 o
de película del Santo:
El gran crash de la ingeniería electrónica se abre paso
oculto en su propia evidencia. En efecto, la sobreexposición es una
necesidad de la competencia mundial y las múltiples live
cameras son el gran retrovisor que tiende a eliminar los ángulos
muertos de la tele...
La “red de redes” puesta en marcha por el Pentágono estadounidense
para resistir los efectos electromagnéticos de una guerra nuclear no
es más que un televisófono perfeccionado que proporciona datos
ciertos, pero también puede transportar señales digitales
(electroacústicas y electroópticas), una imaginería virtual en
tiempo real capaz de cambiar el propio principio de la visión a
distancia del viejo telescopio, o de la televisión.
¿Cómo algo puede abrirse “paso oculto en su propia evidencia”? Y no
es cierto que lo virtual sea “capaz de cambiar el propio principio
de la visión a distancia”. Esto es un cantinfleo elegante. Las
relaciones que establece son desproporcionadas. Arpanet, creada con
propósitos militares, no tiene nada que ver con posibles efectos,
décadas después, del desarrollo de una de sus aplicaciones. Sería
como decir que Carl Ferdinand Braun es responsable del zapping
porque hizo el primer tubo de rayos catódicos.
No obstante que es falaz, la retórica apocalíptica como la de este
ejemplo es sumamente sobrevalorada o sobrevaluada por académicos
despistados, sólo porque simpatizan ideológicamente con sus autores.
Pero no tiene mayor valor científico que los libros de Dan Brown: no
prueba nada, no demuestra relaciones causales y no tiene fundamento
en investigación empírica. En ocasiones ni siquiera coherencia o
argumentación lógica. Eco deja ver el efecto verdaderamente seductor
que tiene esta retórica:
El apocalíptico, en el fondo, consuela al lector porque le deja
entrever, sobre el trasfondo de la catástrofe, la existencia de una
comunidad de “superhombres” capaces de elevarse, aunque sólo sea
mediante el rechazo, por encima de la banalidad media. Llevado al
límite de la comunidad reducidísima —y elegida— del que escribe y
del que lee, “nosotros dos, tú y yo, los únicos que hemos
comprendido y que estamos a salvo: los únicos que no somos masa”
[1995, p. 29].
Además de falaces son soberbios. Allá sus fans que les aplaudan su
vedetismo, su esnobismo de rebelde marca Harley-Davidson. Así se
refiere Ramonet de sí mismo y sus afines: “con un pensamiento
radicalmente subversivo tratamos de pensar lo que nadie se atreve a
pensar” [2003, p. 7]. Se creen los desconectados de la Matrix y así
se ostentan, que combaten poderes en la sombra, denuncian poderes
fácticos, descubren conspiraciones, resisten a oligarquías, a las
corporaciones, al imperio... bla, bla, bla.
Epílogo
“No te dejes manipular, porque hay una campaña en los medios de
comunicación... No nos dejemos engañar... el futuro es defender a la
patria.” Andrés Manuel López Obrador, en la campaña en que se
presenta como defensor de la patria.
“La ‘comunidad internacional’ y las habituales ‘organizaciones de
defensa de las libertades’ [...] permanecen mudas, por así decirlo,
ante el ‘golpe de Estado electoral’ que se comete ante nuestros ojos
en México”. Ignacio Ramonet, en su artículo “México fragmentado” [http://www.rodelu.net/ramonet/ramonet157.html,
julio de 2006].
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Referencias
Umberto Eco (1995), Apocalípticos e integrados, México:
Tusquets.
Ignacio Ramonet (2000), La golosina visual, Barcelona:
Debate.
__________ (2002a), La post-televisión, Barcelona: Icaria.
__________ (2002b), La tiranía de la comunicación. El papel
actual de la comunicación, Barcelona: Debate.
__________ (2003), El mundo en la nueva era imperial.
Conversaciones con Jorge Halperin, Santiago de Chile: Editorial
Aún Creemos en los Sueños. Le Monde
Diplomatique.
Paul Virilio (2002), “El crash visual”, en Ramonet (ed.),
La post-televisión. Barcelona: Icaria, pp. 143-150.
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