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El feminismo murió; pero triunfaron las feministas

 

Prólogo

 

"Soy sólo una mujer.- Marta Sahagún

Señala Sahagún ser sólo una mujer que trabaja por México

Por Claudia Salazar / Grupo Reforma

Ciudad de México (7 febrero 2003).- Marta Sahagún se despojó este viernes del cargo de Primera Dama del País [sic] y ante un público femenino de una empresa de cosméticos expresó que sólo es una mujer comprometida con México...

'Soy una mujer, una mamá, una abuela trabajadora preocupada por las mujeres', dijo durante un discurso ante representantes de la compañía de cosméticos Fuller, que celebró un encuentro anual".

 

 

Acelerar en el vacío

 

El feminismo murió. Su gigantesco cadáver permanece ocupando enormes espacios en todos lados: leyes de papel, instituciones, discursos alucinantes de lo políticamente correcto y, sobre todo, en el imaginario de las feministas; viudas como aquella reina, Juana la Loca, quien iba y venía por todo el reino con el cadáver embalsamado de su difunto marido, Felipe el Hermoso, único sentido de su vida y su juicio.

 

Todos los metarrelatos de la modernidad se agotaron, incluyendo al feminismo. Las que fueron vanguardias, hoy son lugares comunes, piezas decorativas en la maquinaria del sistema o fetiches ideológicos de sus fanáticos (y fanáticas; los y las, por supuesto; o los fanáticos y las fanáticas). El feminismo no murió por la represión a sus militantes (los y las, también; ¿o militantas?). Tampoco murió por el cumplimiento total de sus demandas. Murió, sí, por haber llegado a su techo histórico, por haber alcanzado el tope de su realización fácticamente posible, por la imposibilidad de ir más allá de donde ha llegado en el cumplimiento de sus metas. Como en aquella imagen de Baudrillard sobre la postmodernidad, el feminismo es sólo una forma de acelerar en el vacío.

 

Comparemos al feminismo con el movimiento obrero: la realización de su proyecto histórico varía en cada lugar del mundo y no se puede avanzar más en ningún caso. Los derechos de los trabajadores están reconocidos y garantizados por las leyes en cada país, con sus respectivas variantes. No se discute la justicia de sus demandas ni la necesidad de su cumplimiento, pero es un hecho que no hay trabajo para todos ni hay posibilidad de elevar los salarios. Tampoco hay oposición a los derechos de las mujeres y a la legislación correspondiente ni se cuestiona la agenda feminista; pero en cada país hay limites culturales que impiden pasar de un tope en el cumplimiento de los derechos de las mujeres. El choque de civilizaciones imposibilita que el derecho internacional se cumpla efectivamente en todo el mundo.

 

 

 

Las contradicciones culturales del feminismo

 

Ha sido la tecnología, más que el feminismo, lo que ha dado a muchas mujeres la posibilidad de vivir con mayor libertad e igualdad de oportunidades. Mientras las feministas se dedicaron a la literatura, la fotografía o la investigación sociológica o antropológica, las empresas farmacológicas abrieron la posibilidad de tener relaciones sexuales sin consecuencias indeseables ("derechos reproductivos"). La Fundación Rockefeller con su patrocinio al desarrollo de los anticonceptivos, el Banco Mundial con sus directrices en políticas públicas de reducción de la población y la industria del vestido han promovido mucho más el cambio en la vida de las mujeres que todas las creaciones artísticas de las feministas.

 

Pueden nombrarse muchos otros inventos que han revolucionado la vida de mujeres y de hombres, modificado las relaciones familiares y de pareja, tales como el automóvil, el cinematógrafo y el crédito, como apuntó Daniel Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo (1976). Pero también la crisis económica es la causa de que muchas o la mayoría de las mujeres trabajen en los países pobres. Ningún discurso feminista las motivo a su autorrealización como profesionistas o subempleadas, sino el hambre, la necesidad. Con mayor o menor escolaridad, con influencia o no de los medios de comunicación, con machismo o sin machismo, ¿cuántas de ellas de ellas preferirían dedicarse al cuidado de los hijos y del hogar de tiempo completo?

 

 

Just do it!

El feminismo, con todo y sus pretensiones universales, es un proyecto occidental, modernista e imperialista que sólo por la fuerza puede ser impuesto. El bombardeo de Estados Unidos a Afganistán en 2002 y la ocupación militar tuvo dos banderas políticas para realizarse: una, el combate al terrorismo; otra, que el gobierno talibán violaba los derechos de las mujeres. Ahora hay libertad para que todas las afganas (sobrevivientes) puedan ser como Madonna, Britney Spears, Monica Lewinsky o Salma Hayek. Pronto la libertad llegará también a Irak.

 

El feminismo ha sido plenamente asumido por el sistema. Difícilmente podría haber más tratados y compromisos internacionales a favor de los derechos de las mujeres. A partir de este referente, el feminismo se ha institucionalizado. Una vez creado el Instituto Nacional de las Mujeres y aprobado legalmente el aborto ("interrupción voluntaria") por embarazo no deseado o imprudencial, sólo queda a las feministas operar como aparatos propagandísticos de sí mismas para motivar a la mayor cantidad posible de mujeres a actuar como deberían actuar: "Sí, el aborto es legal. Es tu derecho". El aborto en cualquier circunstancia, sin justificación alguna y practicado en centros hospitalarios del sector salud es el non plus ultra de las feministas. Les falta poco.

 

 

 

Totalmente fanáticas

En la película Bocaccio 70, una de las cuatro historias es "La tentación del doctor Antonio" (Fellini, 1962). Trata sobre un católico puritano que se obsesiona con un gigantesco cartel publicitario de leche con la colosal imagen de Anita Ekberg. El fanatismo mojigato del doctor Antonio y sus intentos para cubrir con tinta el espectacular escote de la diva sueca es equivalente al fanatismo feminista que ha cubierto con tinta y protestas los anuncios comerciales en la vía pública de la marca de lencería Vicky Form. No toda la censura proviene del conservadurismo abascaliano, también otros extremismos conducen a manifestaciones de intolerancia. Los extremos se encuentran. Radicales de derechas y de izquierdas se oponen a que las mujeres muestren públicamente su encanto corporal y seductor para propósitos mercantiles. Al suponerse poseedores y poseedoras de la verdad y garantes del bien, quieren imponer su voluntad sin pasar por las formalidades protocolarias del consenso. Las primeras excluidas son las modelos, las más interesadas en defender que su imagen permanezca a la vista de la mayor cantidad de público posible. Jorge Serrano Limón y Martha Lamas (un clásico de la televisión mexicana) podrían firmar y celebrar con un abrazo el retiro de todos los anuncios de Vicky Form, Wonderbra, Axe y tantos otros culpables de sexismo. Tal vez las feministas serían felices con anuncios de lencería con Rigoberta Menchú, mostrando un calzón de manga larga (la tanga puede parecerles poco intelectual) con la frase: "¡Hasta la victoria siempre", o la Comandanta Ramona anunciando una sex shop con capucha de cuero y látigo, diciendo: "Paz con justicia y dignidad", o un anuncio de champú con Carlos Monsiváis condenando la homofobia.

 

¿Por qué las feministas parecen siempre enojadas? Porque todo extremismo conduce a delirios de persecución, a ver amenazas en todos lados, conspiraciones en su contra y agravios a sus defendidas. Uno de los colmos de esta paranoia fue la realización de una contracampaña (con auspicio de Conaculta) como forma de protesta contra los anuncios publicitarios de la tienda departamental El Palacio de Hierro. La campaña "Soy Totalmente Palacio", ganadora de más de una veintena de premios nacionales e internacionales a la creatividad, fue hecha por mujeres, para mujeres y aplaudida por las mujeres publicistas. Las únicas que se sintieron ofendidas, como siempre, fueron las feministas. El Palacio de Hierro sigue colmado de mujeres que no se sintieron agraviadas por la campaña ni tampoco concientizadas por la contracampaña.

 

 

 

Los chiquillos y las chiquillas

 

Como toda ideología y discurso fundamentalista, todo aquello que no sea política y gramaticalmente correcto, de acuerdo con sus criterios, es repudiado, proscrito y estigmatizado con calificativos que lo denuestan. Machismo, sexismo, homofobia y misoginia son cuatro de las principales armas gramaticales de las feministas para arrojar a los infiernos de lo políticamente incorrecto a cualquiera que se aparte un ápice de su "enfoque de género". La primera víctima de la institucionalización del feminismo ha sido la gramática; la segunda, el sentido común. Etimológicamente, homofobia quiere decir miedo a lo que es igual, no rechazo a las personas cuya preferencia sexual es la de su mismo género; y sexismo no quiere decir discriminación a la mujer, sino ideología del sexo.

 

A partir de la institucionalización del feminismo estamos condenados un continuo los y las, las y los y los y las en todos los discursos oficiales que amenaza con volverse obligación. "Los chiquillos y las chiquillas", "los mexicanos y las mexicanas", "los jóvenes y las jóvenes", cancelando así la regla de que los genéricos se escriben en masculino. Lo políticamente correcto se verifica en lo gramaticalmente correcto, por lo que la exigencia histérica por el "enfoque de género" impone su sinrazón como si con ello las mujeres vieran colmadas sus demandas de justicia.

 

  

 

 

Mujeres con pantalones

 

Como toda ideología, el feminismo es incapaz de entusiasmar multitudes. Se quebró el vínculo con el sujeto histórico de su liberación: las mujeres. La agenda feminista es de las feministas y no de todas las mujeres. Es evidente que las feministas carecen de un liderazgo reconocido, se representan a sí mismas y no a la totalidad de aquellas por las que se supone que luchan. La mayoría de las mujeres prefieren seguir reproduciendo los "roles tradicionales" o prescinden de cualquier alegato feminista o intermediación para defender sus derechos. El feminismo murió y pocas mujeres lo lamentan.

 

No obstante, las feministas se han consustancializado al sistema como la espada en la roca. La institucionalización del feminismo nos lleva al asunto de las cuotas de poder: principio poliárquico contrario a la democracia. Bajo la demanda de la "representatividad" se impone la obligación de un porcentaje mínimo de mujeres en la toma de decisiones de todos los asuntos públicos. El resultado no es a favor de las mujeres en general, sino de las feministas en particular, tal como en el caso de los líderes sindicales.

 

Con la certeza de las feministas de que no todas las mujeres representan los intereses emancipatorios de las mujeres, se arrogan la legitimidad exclusiva de los liderazgos del rebaño femenino: "nada garantiza que ciertas personas, como Margaret Thatcher, por ejemplo, no sean hombres con faldas. Entonces, ser mujer en el poder es una cosa, y otra muy distinta serlo y además tener conciencia del lugar que ocupan las mujeres, así como comprometerse con una agenda feminista, entre ambas posturas hay una brecha amplísima." (Entrevista a Marta Lamas, Milenio, N° 181).

 

Por lo tanto, las feministas reclaman y reciben "espacios" para ellas, es decir, carteras en la administración pública, en los comités de los partidos, en las listas para puestos de elección popular, en los institutos electorales y en las comisiones de derechos humanos. También se les asignan financiamiento para sus organizaciones, becas para sus proyectos artísticos, premios y toda clase de reconocimientos que sobrealimentan sus egos. Fundidas al poder y al sistema, cualquier sospecha de su desempeño se debe a su condición de mujeres, al sexismo y a la misoginia. No requieren ningún talento o mérito que no se a otro que el de ser mujeres (y feministas). El feminismo murió, pero triunfaron las feministas.

 

Giovanni Papini, en uno de los episodios del célebre Gog, afirma que no debería haber cuotas de representación a las mujeres (a las feministas) para que se dediquen a la política. Las actividades de los partidos políticos, las elecciones y los parlamentos deberían ser exclusivamente para las mujeres. Entonces los hombres, liberados por fin de estas tareas, podrían dedicarse de lleno a las bellas artes.

 

 

 

Epílogo

 

"Elba Esther Gordillo afirmó que ella no ordenó la ejecución del profesor Misael Núñez Acosta... ‘No soy madracista, soy priísta. No soy foxista, soy política; no soy corrupta, soy una luchadora'. Retó a los priístas a ‘confrontar biografías‘, y acusó que la ‘andanada‘ en su contra se debe a su condición de mujer. ‘En la misoginia no se puede seguir haciendo política‘, expresó". (La Jornada, 31 de agosto de 2002).

 

 

"Rosario Robles convocó a una conferencia de prensa para responder a las acusaciones que se le han hecho sobre la contratación de la empresa Publicorp durante su administración. ‘Tal parece —expresó— que algún medio y algunos políticos con rostro blanquiazul no perdonan que hayamos gobernado con honradez y dignidad. Tampoco perdonan que yo sea una mujer". (El Universal, 6 de junio de 2001).