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Las
ferias del libro como política pública
¿Por qué los gobiernos federal y locales auspician ferias del libro?
Para fomentar la producción editorial y la lectura, según consta en
el Programa Nacional de Cultura 2006-2012 y podría comprobarse en el
de cada entidad. ¿Por qué han asumido las tareas correspondientes a
ello? Por la convicción de que se trata de medios que favorecen el
desarrollo humano y no podrían lograrse por el puro intercambio
mercantil ni con el complemento de la buena voluntad altruista o
filantrópica. En una sociedad netamente liberal (o económicamente
neoliberal), el Estado no debería ir más allá de instituir las leyes
y los tribunales para que los particulares —individuos o empresas—
realizaran estas actividades o resolvieran los desacuerdos que sobre
ellas tuvieran, y, en todo caso, podría (o debería) mantener una
red de bibliotecas públicas. En cambio, tenemos, como en muchos
otros países, políticas públicas para el fomento de la lectura y el
libro, con las leyes, planes, programas, oficinas, personal y
financiamiento para ello.
La pregunta pertinente es, entonces, ¿en qué medida las ferias del
libro fomentan la lectura y la producción editorial? Que favorecen a
la industria es claro y más o menos ponderable en proporción a los
volúmenes de venta y márgenes de utilidades, pero, por otra parte,
no hay estudios o investigaciones que permitan conocer cuánto se
fomenta la lectura a causa de las ferias del libro. Esto se debe a
que no hay modo de hacer un índice de lectura fomentada per
capita como porcentaje del promedio de libros leídos al año. Es
decir, en México las políticas públicas relativas a las ferias del
libro parten del supuesto de que poner a la venta libros en
modalidades distintas a las de las bibliotecas y otros puntos de
venta fijos es una manera efectiva de fomentar la lectura.
De lo anterior se infieren dos hechos: estas ferias son en México,
en primer lugar, para comercializar libros (en ninguna se regalan),
por lo que buscan clientes antes que lectores. La feria de
Frankfurt, por ejemplo, la más importante del mundo, es
preponderantemente un escaparate para los negocios de los grandes
consorcios o grupos editoriales, y mucho menos un espacio para el
fomento a la lectura. Sólo de manera indirecta o como efecto de las
negociaciones que en ella se den. La Feria Internacional del Libro
de Guadalajara se asemeja a este tipo. En segundo lugar, son un
reconocimiento, de hecho, a que el conjunto de puntos de venta fijos
de libros (librerías, autoservicios, puestos de periódicos,
etcétera), así como el de la infraestructura para el préstamo de
ellos (bibliotecas y salas) son insuficientes para el fomento a la
lectura. Algo más: como política de fomento a la lectura resultan de
que el sistema educativo nacional ha fallado en inculcarla como
hábito entre la mayor parte de los educandos (y de muchos
profesores).
De
modo que al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta)
y a sus homólogos estatales se les encarga parte del trabajo que
queda a deber la Subsecretaría de Educación Básica (y las
secretarías de Educación de los estados). Según
el Sistema de Información Cultural del Conaculta (consultado en
julio de 2008), en México se realizan al año 76 ferias del libro, de
las cuales ocho llevan el nombre de internacionales, al menos por la
participación de editores de otro o varios países, que son
ostentosas o con mucha publicidad. Otras apenas son unos cuantos
puestos montados con tubos y algunas no llegan ni a lona. En efecto,
en nuestras políticas públicas se les da el nombre feria del
libro a fenómenos distintos o a varias modalidades disímiles o
asimétricas entre sí: una es la que se da en espacios cerrados, en
la que se cobra tanto por los espacios para la exposición a los
vendedores como por la entrada al público de potenciales
compradores; otra es la que se realiza en plazas públicas o en la
calle, en la que el público o potencial lector se aproxima a los
puestos de libros como si estuviera en un tianguis; y otra más es la
que realizan las instituciones de educación superior dentro de sus
campi, en la que sacan material de sus almacenes para
ofrecerlo principalmente a los miembros de sus propias comunidades.
De modo que para los informes de Gobierno no se distingue entre una
y otra. Simplemente se puede decir: “este año hubo tantas ferias del
libro, lo que representa equis por ciento más que el anterior, por
lo que vamos muy bien hacia un país de lectores”.
Por cierto, estas políticas públicas y sus discursos sobrevaloran
al libro como si fuera un objeto mágico e idealizan sus bondades,
sin reparar en que es sólo un soporte material de información. De
tal modo que no hay manera de ponderar la calidad de la lectura o de
los textos que se leen (ni debería haberla para no entrar en juicios
morales ni estéticos ni intelectuales). Sólo les importa el total de
libros leídos (y vendidos). Por ejemplo, alguien podría leer un solo
libro en un año, que fuera Crimen y castigo, y otro que
leyera en el mismo periodo una decena sobre el tema de hechizos para
el amor. Para los gobiernos y la industria el que leyó Crimen y
castigo es un burro y el que leyó diez porquerías es casi un
genio. Puede especularse, entonces, que mientras no mejore la
cobertura y la calidad de la educación las ferias del libro pueden
servir más para vender títulos de muy cuestionable calidad que otros
de innegable valía.
En el
contexto de la firma del presidente Felipe Calderón al decreto de la
Ley de Fomento para la Lectura y el Libro (ya había una con el mismo
nombre que data de 2000, con la que no pasó nada), a favor de la
ferias cabe decir que frecuentemente sirven como espacios de
encuentro entre autores y editores con los lectores; que funcionan o
son muy útiles para compradores que en sus localidades no tienen
oferta de libros o está muy limitada; y también que
aportan un efecto propagandístico o publicitario para ayudar a
inculcar la importancia de la lectura.
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