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El fin del trabajo

Jeremy Rifkin, El fin del trabajo, Barcelona: Paidós, 1996.

 

La evolución tecnológica está causando una crisis de proporciones históricas en el mercado laboral, ya que el desempleo estructural actual es más grave al que se presentó en épocas pasadas. Cada vez se necesita menos trabajo humano para la producción y los servicios, lo que evidencia que ya no se cumplen las premisas económicas tradicionales, que aseguraban que el crecimiento económico implicaba un crecimiento del empleo, ni que los trabajadores se desplazarían de un sector a otro en la medida en que la tecnología progresaba.

 El economista norteamericano Jeremy Rifkin identifica que estamos en un periodo de transición: de la era industrial, a la era de la informática. Rifkin considera que, así cómo en los inicios de la era industrial se vivieron momentos de caos e incertidumbre, de modo semejante estamos en un periodo de crisis que es factible superar, para conducirnos a una sociedad más justa y próspera. A propósito de ello, Rifkin ha escrito un libro titulado El fin del trabajo (The end of work). Se trata de uno de los ensayos más debatidos actualmente por sus propuestas provocativas; una de ellas, que los patrones reduzcan voluntariamente la jornada de trabajo a 30 horas semanales sin reducir los salarios, con el propósito de poder dar empleo a un mayor número de hombres

 El problema es convencer al empresario no sólo de que es factible, sino que le conviene. Algo así ocurrió —argumenta Rifkin— en los inicios de la revolución industrial, cuando gracias al sindicalismo se redujo la semana laboral sin que las máquinas desplazaran a los trabajadores y sin que los capitalistas perdieran. Como prueba para la viabilidad de su propuesta, Rifkin señala ejemplos concretos en Alemania, en los que han reducido la jornada laboral y están funcionando sin problemas, pues al aumentar los turnos de trabajo ha aumentado también la producción. A la vez, los gobiernos pueden apoyar a las empresas que reduzcan la jornada laboral, dándoles incentivos fiscales. A fin de cuentas, entre más empleados haya, éstos pagarán impuestos mediante el consumo; mientras que habiendo desempleados, no hay mayor consumo ni son contribuyentes fiscales, lo cual perjudica tanto al mercado como al Estado.

 Otra de las propuestas de Rifkin consiste en fortalecer lo que denomina como el tercer sector, es decir, las organizaciones de la sociedad civil, todos aquellos grupos intermedios que no entran directamente en la órbita del Estado ni en la del mercado y que cumplen funciones sin cuyo servicio se produciría un colapso. Este tercer sector debe ser apoyado subsidiariamente por el Estado para convertirse en empleador. Cada vez que se ponga un impuesto a un producto debe servir para dar empleo en el tercer sector. A fin de cuentas —comenta Rifkin con cierta ironía—, la red social más pesada que existe son las prisiones. En Estados Unidos, por ejemplo, el tercer sector representa el 10% de las plazas laborales, mientras que hay un millón de personas tras las rejas, cada una de los cuales cuesta al erario público 30 mil dólares al año. ¡Mucho más que enviarlos a Harvard!