untitled


 

 

 

La mitología foxista; una farsa en tres actos

 

 

INTRODUCCIÓN

"El de la mercadotecnia" es como en alguna o varias ocasiones se refirió Manuel Barttlet a Vicente Fox, acaso como el síntoma de la confrontación entre dos estilos de hacer (¿vender?) política, propios de culturas y formaciones diferentes. Es ya un lugar común, afirmar que la mercadotecnia se ha convertido en un requisito imprescindible para cualquiera que pretenda ocupar un cargo de elección popular. Prescindir de ella, sería concederle una ventaja importante a los adversarios. Lo que deseamos destacar al respecto es que la mercadotecnia como arma electoral es el debate de fondo en el fallo del Tribunal Electoral de la Federación referente a la foto de Fox en la imagen de la Alianza por el Cambio que aparecerá en las boletas electorales del próximo 2 de julio, y de la respuesta visceral del candidato de sus amigos y del postpanismo.

 

Bienvenida la mercadotecnia y adiós al partido de la doctrina. En la dinámica de las exigencias democráticas y del pensamiento débil —en las que la política se acota a la mejor promesa de bacheo y leche reconstituida—, el PAN ha cedido las convicciones por las conveniencias, los principios por los dichos y el fondo por la forma. En la era postpanista sólo hay lugar para un aspirante a su candidatura a la Presidencia de la República, y como llave para el triunfo el acaparamiento de los titulares de ocho columnas en la prensa —a como de lugar— y la distribución masiva de anuncios propagandísticos.

 

 

PRIMER ACTO: De Pepe el Toro a Chente el Zorro

Como Pepe el Toro, máximo personaje arquetípico de nuestro Pedrito Infante (ser mítico forjador de los imaginarios colectivos de la mexicanidad), Fox es padre soltero con hijos adoptivos, seducido por señoras tentación, a las que resiste sus encantos, sin que por ello se dude que es un macho calado, pero que contiene sus apetencias hormonales en aras de sus convicciones y códigos de honorabilidad.

 

Y como manda la ética del machismo, a la jefecita hay que respetarla y darle su lugar. ¿Pues qué acaso Pepe el Toro no escapó de la cárcel para darle el último adiós a su jefecita? Seguro, si Pepe el Toro fuese candidato a la presidencia también aparecería con su jefecita en los anuncios de la campaña (refresquera o electoral, cualquiera de las dos o en ambas).

 

Si Pepe el Toro se enfrentó al mismísimo Tuerto y su banda para recuperar la medalla de la virgencita que le regaló su jefecita, a sabiendas de que iba a ir a parar a una celda de castigo, ¿por qué Fox no va a desafiar a un sistema de tuertos, carentes de sensibilidad y de valores de nuestra nacionalidad guadalupana, aun cuando la sanción por su valentonada pueda llevarlo a los apandos democráticos de la asepsia electoral? Al fin y al cabo todos sabemos que Chente el Zorro es inocente y que él no la mató.

 

 

SEGUNDO ACTO: Un electorado, una empresa, un Fox

El escenario, espectacular: luces, cámara... ¡acción! El líder formal panista, Luis Felipe Bravo, se encarga de quitarnos la venda de los ojos. El proceso de selección del candidato del PRI ha sido... ¡Una farsa! Sí, una farsa porque ese partido nos ha mentido cada seis años. Luis Felipe no cayó en el engaño (es lo menos que puede esperarse de un líder formal) y, además, nos presenta eufóricamente a quien va a acabar con la cadena de mentiras: Vicente Fox. La muchedumbre, también eufórica, bien coordinada. Todos al unísono: Fox... Fox... Fox...

 

El relato mítico siempre habla del retorno a un paraíso perdido. "Despierta, México", fue la consigna reiterada por Vicente Fox durante su toma de protesta como candidato del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República. Ya en los años treinta se había llamado a Alemania para que despertara. ¿Para qué inventar el hilo negro, si ya hay fórmulas propagandísticas probadas en su efectividad? La reiteración de la consigna, el relato mítico de un México maravilloso y rico, de un pueblo feliz, que por la perversidad de un grupo en el poder (el PRI) vive empobrecido desde hace años. Estamos ante la versión postpanista —pragmática y gerencial, como tal— de aquel Ein volk, ein Reich, ein Führer, en el que el pueblo es un conjunto de públicos meta del mercado electoral, el Estado es como una empresa que requiere a un presidente (¿o chairman?) ¿y quién mejor que el ranchero que se licenció en la mismísima Ibero como administrador de empresas?

 

"Despierta, México". Y de acuerdo con la mítica, los pueblos sólo pueden ser despertados por los mesías. La fotografía de la campaña no da lugar a dudas: Fox es el mesías del pueblo mexicano. O al menos esa es la imagen que se nos presenta. Los brazos abiertos, redentores; la mirada en lo alto, hacia la divinidad. No cabe duda, está en comunicación directa y constante con el mismísimo Dios Padre. Fox ha bajado de la cruz para andar entre los hombres, pues pudiendo dedicarse a administrar sus empresas y sus tierras, está haciendo una opción preferencial por los jodidos, como quizá diría Dussel.

 

Así, las formulas exitosamente comprobadas por el fascismo en sus distintas versiones, son ahora recicladas —aunque descafeinadas de la retórica imperialista—, para reemplazar las fórmulas apologistas de la dictadura por las de una democracia paradisiaca y aséptica de cualquier referencia de tabúes de lo políticamente incorrecto. El brazo en alto cede la rectitud de la palma hacia la aurora de la mañana, por el señalamiento exorcizador de los demonios mussolinianos y afines: la "v" de la victoria aliada. El paralingüístico ha mutado en su significado a través del tiempo y del espacio, pasando del amor y paz e inculturándose en nuestra tierra como el símbolo rigotobaresco unificador de la identidad de la naquiza, con el plebeyo y simple ¡chido!, acompañado con el índice y el medio en forma de tijera. Fox se acerca así a la naquiza, con una media equis como la de su apellido, como la que forma con su propio cuerpo, con los pies abiertos a la altura de los hombres y ambos brazos en alto. En letras enormes color naranja se lee: "YA", pero ¿"ya" que?, ¿"ya" lo que sea?, ¿Fox "ya"?

 

TERCER ACTO: Santo que no es visto, no es adorado.

Como todo mesías, Fox viene del mismísimo pueblo. El mesías es chambeador —sea carpintero o refresquero—, viste con sencillez y habla igual que todos los pelaos. Acaso su aparición fue anunciada por el profeta José Alfredo (el filósofo de México y de lo mexicano), pues tiene su origen en aquella tierra donde la vida no vale nada, pero que fue santificada por la gesta cristera. Dejad que los chiquillos se acerquen a Fox, quien ha venido para que todos ellos tengan escuela, en la que se les enseñen valores, por supuesto, y para que los pobres tengamos changarros o seamos microempresarios.

 

Otra característica de los mesías es su castidad, desde Cristo hasta Supermán, pasando por Hitler y, de manera oficial, los papas y padres fundadores de prestigiadas universidades de inspiración cristiana. De allí que Fox no necesita casarse para cumplir con la regla no escrita de contribuir con su cónyuge a las campañas asistencialistas gubernamentales en la investidura de Primera Dama, como ya habíamos apuntado.

 

Sí, Fox es un santo, con todo y plata, quien posee como objeto mágico su hebilla forjada en el metal mexicano por antonomasia, mismo elemento de la máscara que cubre el rostro del ídolo kitsch de los cuadriláteros y de la música llamada ahora lounge, Si El Santo es azote de las momias guanajuatenses (o al menos cuando el PRI gobernaba aquel estado del Bajío), Fox lo es de víboras prietas, alimañas y políticos dinosaúricos, para ello cuenta con sus botas vaqueras como armas para arrojarlos a patadas de Los Pinos. Elementos imaginarios que podrían utilizarse como guión para una película que pudo haber escrito Ronald Reagan: Fox contra los dinosaurios priistas o Regan y Fox a luchar por la justicia y la libre empresa.

 

Sí, los mesías siempre traen un mensaje redentor. Son voceros de la divinidad ante los hombres comunes y corrientes. Por eso no debe de extrañarnos que nuevamente el criollo alza el estandarte de la virgencita para convocar a la indiada a la gesta patriótica independentista. Ahora sí, el petróleo va a ser nuestro y no del gobierno (en una de esas hasta nos van a dar nuestro bono para educación); y vamos a liberar a las empresas de la burocracia hacendaria y secofista.

 

El santo, como el héroe, siempre enfrenta la adversidad. Tiene puntos débiles que pueden ser vulnerados por la criptonita o demonios tentadores. Para realizar su gesta deberá —inexorablemente— enfrentar a enemigos que buscan destruirlo a como de lugar. Son capaces de hacer la cochinada más infame para impedir el triunfo del bien. Han llegado al grado, por ejemplo, de impedir que aparezca la imagen milagrosa del candidato en las papeletas electorales. Santo que no es visto, no es adorado. De allí el riesgo de que esta artimaña impida al pueblo reconocer a su redentor en el momento de sufragar, y caiga en los engaños perversos de quienes se han apoderado de los colores patrios en beneficio de su partido.

 

Las fuerzas del bien, encarnadas por Fox, enfrentan una lucha épica. La competencia es fuerte: por un lado tiene que luchar contra el heredero del tata, el hijo del que rescató nuestro petróleo de los gringos y le dio tierras (o ejidos) a los jodidos, el del nombre del que se rebeló contra el designio de los dioses para caer luchando contra conquistadores extranjeros. Por otro lado, enfrenta, ni más ni menos, al hombre-sistema, al del superequipo, una especie de Lex Luthor, comandante de la Legión del Mal y de ejércitos de mapaches; un tipo que se ha salvado de atentados de todo tipo, incluyendo las acusaciones de "perfecto fracasado". En pocas palabras: el que dice que no se puede.