untitled


 

 

 

 

Globalifobias frag-mentadas

 

¿Qué diablos investigan en el ITESO?, me preguntaba mientras leía Horizontes fragmentados: comunicación, cultura, pospolítica de Rossana Reguillo (2005), profesora e investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales de esta institución de educación superior, que dentro de su programa editorial publica una compilación de seis de sus ensayos escritos de 2001 a 2004 en torno a tres preguntas: una, “el lugar del pensamiento crítico” “sacudido por los vientos neoliberales”; dos, “las transformaciones en el espacio público” del “estatuto de visibilidad y la emergencia creciente de ‘nuevos’ regímenes discursivos excluyentes y disciplinarios”, y tres, la ciudadanía “como lugar-síntesis de la condensación de ‘desventajas acumuladas’” y “como posibilidad de acción transformadora”.

 

Aunque afirma fundamentarse en investigación empírica, Reguillo no expone dato alguno o conclusión arbitrada que avale sus planteamientos contrapuestos a “los agoreros del terror, los profetas del nuevo orden mundial y los chamanes y milagreros que prometen respuestas y soluciones individuales”. Lejos de aportar a un campo de conocimiento, epítetos como los citados manifiestan que este libro es un sumario de muletillas de la jerga globalifóbica y los lugares comunes de sus consignas, adornado de artilugios retóricos, por lo que las canciones de Manú Chao son para la autora el “testimonio empírico de la otra globalización”.

 

Reguillo acusa a los “grandes medios” (“fanáticos del pensamiento simple”), de simplificar, etiquetar y difundir una teoría de complot contra la “emergencia de la ciudadanía”, y toda su argumentación es una simplificación falaz que no reconoce ni distingue la diversidad de líneas editoriales en los medios impresos en la que se manifiesta la pluralidad social, ¿acaso no son La Jornada y Proceso “grandes medios”? No advierte la apertura a esa pluralidad que hay en unos medios más que en otros, como en Televisa, en cuyas transmisiones televisivas y radiofónicas se expresan en horario triple “A” las opiniones de Carlos Monsiváis (tan querido por Reguillo), Elena Poniatowska, Carlos Montemayor, entre otros, así como de Tomás Mojarro, y de Carmen Aristegui y Denise Maerker en los programas que conducen. ¿Son ellos, acaso, “fanáticos del pensamiento simple”? ¿Cómo es que una doctora en Ciencias Sociales no considera las diferencias en los contenidos y representaciones que hay entre BBC, Al-Yazira, Discovery Channel y Telesur, por ejemplo, todos ellos “grandes medios”?

 

Cada página de Reguillo está plagada de etiquetas: a todo añade un adjetivo calificativo o lo connota ideológicamente; va de la reproducción acrítica del discurso de autoensalzamiento globalifóbico a la denostación de todo aquello que supuestamente apuntala al “neoliberalismo globalizador”, por lo que bajo este maniqueísmo etiqueta a CNN como “centro difusor del nuevo terror global” y “centro difusor de la ideología neoliberal”, por citar un solo ejemplo (nada que no se diga en alguna plática de cantina o sobremesa de fonda).

 

Dice que “no se trata de caer en teorías conspiratorias”, pero Reguillo habla de un “proyecto global” de “poderes invisibles”, promotores del “pensamiento único”. De principio a fin, su libro es una versión actual de Dorfman y su Pato Donald de la CIA.

 

De lleno en la simplificación maniquea y conspirativa, contrapone a globalifóbicos (“ciudadanía globalizada”) —todos buenos— versus globalizadores —todos malos— que expresa en la distinción entre “emergencias” “democráticas” y “emergencias” no democráticas, según la cual en las primeras están “las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los movimientos ciudadanos, los defensores de derechos humanos”; y en las segundas “los defensores de la moral pública; los productores, comentaristas, periodistas, locutores matutinos y nocturnos que pontifican o vociferan desde sus tribunas para descalificar creencias y acciones”. Como si la multitud de oenegés que ostentan la representación de las primeras no estuviese repleta de dictadorcitos pontífices, en las que se toman las decisiones autoritariamente, en muchas de las cuáles no se respetan cabalmente los derechos de sus trabajadores y no se puede disentir un ápice de la línea ideológica, poco menos que sectas escatológicas. Si hiciera falta hablar de superioridad moral, allí están los actos corruptores del gobierno de Lula como evidencia de que altermundistas y foristas de Sao Paulo no son la Inmaculada Concepción.

 

Sólo desde ínsulas de privilegios puede afirmarse que la consigna del EZLN “trajo consigo la evidencia de las exclusiones y desigualdades”. ¿Dónde han estado quienes no las han visto? Si bien los jesuitas optaron por transformar las estructuras desde arriba, ¿no es paradójico que se critique al “neoliberalismo” y los efectos de la globalización relativos a la desigualdad y la exclusión, desde una institución de educación superior en la que los costos de las colegiaturas son un filtro de admisión más determinante que los méritos académicos? ¿Cuánto le pagan en el ITESO a los afanadores y jardineros, a las secretarias, a sus cuerpos de seguridad privada? ¿Por lo menos el costo de una colegiatura? ¿Cómo viven en el ITESO la justicia social y edifican otro mundo posible? Desde coordenadas chilangas, la analogía es como quejarse de los juniors, instalado en la zona VIP de un antro de Interlomas.