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Hiperconsumo
como destino

Al menos desde 1983, cuando se publicó La era del vacío, Gilles Lipovetsky no
ha dejado de reflexionar y ensayar sobre las transformaciones de la sociedad en
relación con la autorrealización de los individuos. El consumo aparece en su
obra reiteradamente desde entonces, sea como hedonismo, narcisismo, relativismo,
forma moda o moral emocional.
Tras
este recorrido, Lipovetsky compone un voluminoso texto ya no sobre consumo,
sino del consumo en superlativo: el “hiperconsumo”. Con el título La felicidad paradójica (Anagrama, 2007),
el filósofo francés plantea que el consumo de masas pierde relevancia y
comparte espacio y tiempo con el consumo de individuos, cada vez más informados
sobre lo que quieren, que demandan productos y servicios personalizados, al gusto y voluntad de cada uno, al menos en cuanto
a la combinación que hace de ellos. A la vez, todos los aspectos de su vida han
pasado a formar parte de procesos de consumo, lo que implican un nuevo tipo de
relación con las cosas, con los demás y consigo mismo.
La
paradoja es que “necesitamos menos consumo” como “imaginario multiplicador de
la satisfacción”, pero también “necesitamos más consumo” porque se ha vuelto un
requisito para reducir la pobreza y aumentar la expectativa de vida. Por lo que
puede concluirse al respecto que “no habrá salvación sin avance del consumo”.
Lipovetsky
teoriza sobre tres etapas del capitalismo de consumo, la primera que data de
1880 hasta el final de la segunda Guerra Mundial, durante ella la producción en
serie y distribución masiva abarató la adquisición de bienes duraderos al
grueso de la población. La segunda, que va de 1950 a finales de la década de
los setenta, puso a disposición de la mayoría productos emblemáticos de la abundancia, como el automóvil y los
electrodomésticos. La tercera es la del hiperconsumo, “articulada por una
lógica desinstitucionalizada, subjetiva, emocional”. Con hiperconsumo Lipovetsky quiere decir que es “una nueva fase del
capitalismo de consumo”, al pasar de una economía de oferta a una de demanda
caracterizada por el papel central del consumidor, el “homo consumericus”.
Escrito
en el contexto de un país próspero, con amplios sectores de su población que
gozan de los ingresos y créditos suficientes para entregarse a las prácticas
del hiperconsumo, el texto deja ver algunas tendencias que en países como
México pueden observarse, unas incipientes, otras limitadas a pequeños
sectores. Por ejemplo, los horarios cada vez más amplios de los
establecimientos comerciales, que en algunos casos llegan a las 24 horas del
día los siete días de la semana. Este es tan solo un caso de la transformación
de las prácticas comerciales para ponerlas a la orden de lo requerido por un
consumidor “desatado, móvil, flexible”.
Retórico,
a la vez que bien documentado, como en sus obras previas, el extenso ensayo de
Lipovetsky es un recorrido por la historia no tanto del consumo como de la
historia de su teorización, así como de las críticas y debates que se han hecho
tanto a las prácticas relativas a éste como a la organización de la economía
capitalista. La ansiedad, la nostalgia, el fetichismo, la espiritualidad, el
placer, el sentimentalismo, la ilusión, la diversión, el confort, la euforia,
la desdicha, la envidia y la confianza son sólo algunos de los resortes que
están presentes en las prácticas del hiperconsumo, potenciados o volcados por la
mercadotecnia, la publicidad y la organización social del tiempo de ocio.
Como
genuina búsqueda de “lo agradable y la distracción”, Lipovetsky apunta que
“contra la postura hipócrita de gran parte de la crítica del consumo, es
preciso reconocer los elementos positivos que trae la superficialidad consumista.
¿Por qué hemos de creer que el consumo es un dominio incapaz de aportar
satisfacción auténtica?”
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