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Iconografía de la Santa Muerte
La nueva patrona
Los ámbitos de la religiosidad popular son de los más vastos e
influyentes para las prácticas culturales en México. De ellos, el
culto a la Santa Muerte puede ser el más interesante. Su iconografía
se extiende a lo largo y ancho del país hasta haberse enculturado a
los imaginarios colectivos populares, y que llega a Estados Unidos
por los emigrantes mexicanos. Recuerda a los grabados de Guadalupe
Posada, las narraciones de Juan Rulfo y los altares del Día de
Muertos; pero también al Heavy Metal —con Eddie de Iron Maiden—, los
darks, las emo skulls, el ocultismo, la piratería (tan importante
para la economía de los mexicanos), Resident Evil… y a la Virgen de
Guadalupe (“Reina de México y Emperatriz de América”), María Félix
(“La Doña” del cine nacional, matriarca hermosa y masculinizada),
Elba Esther Gordillo (lideresa vitalicia del sindicato de maestros)
y las primeras planas de los diarios del país que muestran a alguno
de los ejecutados o decapitados del día previo.
A la Santa Muerte se le representa como un esqueleto vestido con
hábito, como el que usan los monjes, y le cubre de tal modo que sólo
se ven los huesos del rostro y las manos. No va por ahí desnuda,
como la pintó Brueghel. (Sería una ofensa al pudor de la
idiosincrasia mexicana). Siempre de pie, lleva la guadaña sostenida
en la descarnada mano derecha y con la izquierda carga al mundo o
pende de ella una balanza. Sus figuras en plástico o yeso se
comercializan en distintos colores que los creyentes asocian a
alguna petición: rojo-amor, negro-“protección” (de lo material),
dorado-dinero (“prosperidad”), verde-problemas judiciales o con la
ley (ayuda a los presos), blanco-armonía, morado-sabiduría (“para lo
psíquico”), etcétera. Incluso las fabrican transparentes y
polícromas como arcoíris. Sus tallas van desde miniaturas de pocos
centímetros hasta las de estatura de personas altas.
A esas figuras o piezas se les viste y decora de tantas formas que
llega a volverse un asunto personal o familiar. Cada quién le da su
toque singular. Como si fuera una Barbie, la dotan de vestidos y
accesorios que permiten distintas posibilidades para caracterizarla:
reina, novia, quinceañera, dama de alcurnia… entre coronas, alhajas
y mantos. Algunos las cubren con monedas brillantes y otros con
billetes de dólares. Los devotos le cuelgan pequeños retratos
propios o de sus seres queridos, para encomendárselos. Y no basta
con ello. Su culto implica, dicho en términos artísticos,
instalación. Es decir, la creación o construcción de altares
para colocar las figuras en ellos, lo que
requiere la asignación de un espacio, su adecuación, la
colocación de materiales de soporte o base y su decoración. Ésta
última implica ofrendarle algo: cigarros, puros, botellas de licor,
dinero, alhajas… Y siempre veladoras.
Así, su culto se ha ido extendiendo discretamente de domicilio a
domicilio, privadamente, en la medida en que se van poniendo altares
en los hogares o lugares de trabajo, y va pasando hacia lo público
con la exhibición de su iconografía portada por sus devotos, así
como por la construcción de altares en la vía o espacio público
—llámesele intervención desde la jerga curatorial—, donde
acuden a rezarle el Rosario como si fuese la Virgen, cargando
amorosamente cada quien y por la calle a su respectiva “Santa”, para
hacerle peticiones, dejarle ofrendas o constancia de un favor
cumplido (como retablo), performance espectacular y colectivo
de la devoción.
La reproducción de su imagen abarca medios impresos de todo tipo:
carteles, estampas de bolsillo, autoadhesivos, libros, folletos,
revistas, camisetas; accesorios de bisutería u orfebrería (collares,
pulseras, dijes) y digitales (fondos para la computadora y el
teléfono móvil), así como numerosos ítems relacionados con su culto:
veladoras, perfumes, jabones e inciensos, entre otros. Sin embargo,
el medio impreso más peculiar es el de la piel de sus devotos con
técnica de tatuaje.
El culto ha motivado también la composición musical en forma de
corrido, que es un tipo de música norteña, un género
folclórico que tiene su origen en la polka del Centro de Europa,
interpretada con guitarra y bajo acústicos, tarola y, lo más
importante y distintivo, el acordeón. Algunos, para gustos más
exigentes, lo tocan con saxofón (fara fara) y batería
completa. Otros, para fiestas fastuosas o bailes masivos,
interpretan con banda completa (orquesta) y varios cantantes.
Su característica como corrido es la lírica a modo de juglar.
Uno de ellos, titulado La Santísima Muerte, dice: “Yo adoro y quiero
a la muerte / y hasta le tengo un altar / y hay millones que le
rezan, / la Iglesia empieza a temblar. / Abiertamente ya hay curas
que la empiezan a adorar. / Mafiosos y de la ley se la empiezan a
tatuar, / políticos y altos jefes también le tienen su altar. / Yo
le prendo sus velitas, / no es un delito rezar. / A la Santísima
Muerte, muchos la usan para el mal. / Es bueno que se defiendan, /
pero nunca hay que abusar. / La muerte es muy vengativa, / si no le
crees, no hables mal” (fragmento).
En el reino de la narcocultura
La creencia y el culto a la Santa Muerte es una expresión de
religiosidad popular. Este concepto se refiere a las creencias
(mitos) y prácticas (ritos) que con fines de comunicación con
entidades divinas o sagradas se realizan al margen o fuera de las
normas y códigos establecidos por las instituciones religiosas, como
las iglesias. Éstas se aproximan o funden a la superstición, el
fetichismo y la brujería, o se sincretizan a creencias y tradiciones
indígenas u originarias. En ocasiones las jerarquías o burocracias
eclesiásticas y eclesiológicas las toleran, e inclusive se valen de
ellas, pero en otras se manifiesta condena o desaprobación. Algo
más: toda religiosidad popular implica una imaginería particular,
que ayuda a representar la creencia y a establecer la sacralización
de espacios, objetos y momentos para la comunicación o comunión con
las entidades supranaturales; pero, a diferencia de las religiones
institucionales en las que sus íconos o imágenes han sido impuestos
por una jerarquía que acapara los tratos con el más allá, la
imaginería popular resulta de la espontaneidad del vulgo. La
iconografía y prácticas culturales relativas a la Santa Muerte
tienen, entonces, un origen netamente popular, de la gente más pobre
y más o menos analfabeta, pero que eventualmente puede ascender en
distintos segmentos socioeconómicos y culturales, tal como anuncia
el corrido.
La Iglesia católica no acepta el culto a la Santa Muerte. Lo
considera fuera de sus dogmas y catecismo. Sin embargo, como
religiosidad popular, para sus creyentes no hay inconveniente ni
conflicto en mantenerse fieles a las devociones institucionales, a
la vez que a las extrainstitucionales. Por eso en sus altares,
cuerpos y mentes ésta coexiste con la divinidad oficial católica y
su orden jerárquico de culto: Jesucristo, su mismísima madre en
versión tropicalizada —la Virgen de Guadalupe—, San Judas Tadeo y
algún otro santo patrono de su pueblo nativo o que esté de moda.
La autoridad tampoco acepta su culto. El registro a quienes han
solicitado registro a la Secretaría de Gobernación para ser
reconocidos como Asociación Religiosa, les ha sido negado. Pero eso
no impide que crezca el número de devotos. Ante la falta de
efectividad del cumplimiento de milagros por parte de los santos
institucionales —en demanda exponencial en un país económicamente
quebrado, con una desigualdad brutal y una educación miserable—, la
Santa Muerte emerge como una opción que se suma a las oportunidades
supuestas para la resolución de problemas. Lo mejor de todo como
incentivo, es que se trata de una entidad que no demanda portarse
bien, sino que es posible transar con ella, lo cual es algo muy
arraigado en las costumbres de muchos mexicanos (por no decir del
mexicano). La transa es como un intercambio de favores al
margen de la ley, un trato informal o “por abajo del agua”, según el
cual quien va a pedir un beneficio debe pagar por recibirlo. Es la
base misma de la corrupción.
Por lo anterior, puede afirmarse que el culto a la Santa Muerte es
el tipo de devoción a la medida de un país en el que el día de hoy
hubo 57 asesinatos entre ejecuciones y decapitados de lo que el
gobierno ha llamado “un capítulo más” en su “guerra contra el narco”,
que hasta ahora llega a más de 13 mil violentas en dos años y medio.
Precisamente porque algunos delincuentes de alta peligrosidad que
han sido capturados tienen la imagen de La Santa tatuada o han
encontrado altares dedicados a ella en sus domicilios, se ha ganado
la mala reputación de ser una devoción de personas dedicadas al
crimen.
Su iconografía se incorpora al imaginario (conjunto de imágenes) de
la narcocultura, denominación que así ha venido adoptándose
especialmente por influencia del periodismo, que para sus fines de
comercialización y su tendencia simplificadora de los fenómenos usa
el apócope de narcotráfico “narco”, como prefijo para cualquier cosa
que suponga que hagan personas relacionadas con esta actividad: “narcomensaje”,
“narcomanta”, “narcoejecución”… Entonces a símbolos que suponen
característicos de “la” cultura de los narcotraficantes les llaman “narcocultura”,
que ha de caracterizarse por el consumo de artículos suntuosos y
forma de mal gusto. En este sentido no es distinta de
“la” cultura de líderes sindicales y algunos políticos, de nuevos
ricos, gente que en su infancia y juventud careció de todo y
repentinamente amasó fortuna que exhibe en un estilo de vida
prepotente, fanfarrón, de dispendio y lleno de decoración dorada,
aterciopelada en rojo, satinados y
caligulezcos.
Para sus devotos, “ella” es buena. No hace el mal a quien le pide.
No es demoniaca. Aseguran que les ayuda y les cumple en todo lo que
le piden. Los devotos de la Santa Muerte, como los niños pequeños,
por emoción no distinguen entre belleza, verdad y bondad. Para
ellos, su “niña”, “la niña blanca”, “es hermosa” o “bien
hermosa”. Por eso les agravia la destrucción de altares en
carreteras del norte del país ordenada por autoridades locales,
acción ejecutada con resguardo de militares y policías. Según
algunas versiones de ellos, los sicarios se encomiendan a la Santa
Muerte antes de realizar una ejecución. En ese aspecto se semejaría
a María Auxiliadora, la virgen de los sicarios, según
la llamó el escritor colombiano
Fernando Vallejo,
porque en su capilla, en Medellín, se encomendaban a ella
antes de cumplir con su trabajo.
Malverde, el compadre de La Santa
Jesús Malverde es un santo bandido o un bandido que hace milagros.
Un personaje dual, mezcla de bien y mal, que ayuda sin ser
demoniaco, que es bueno a su manera, que actúa mal pero
justificadamente, por causas o razones que sólo él y quienes son
como él entienden. Si se porta mal es por necesidad y para ayudar a
otros. El apellido mismo denota en idioma español una personalidad
curiosamente siniestra: mal (maldad) y verde (el color de la hierba
o mariguana y de los dólares). Es también religiosidad popular y
frecuentemente comparte altar o espacio de culto con la Santa
Muerte. Le dicen el santo de los narcos.
El apellido es real. Malverde existe en español, pero son poquísimos
quienes lo tienen. Por eso parece que deliberadamente le fue
impuesto al personaje, para dotarlo de intriga en un juego de
palabras y significados. La iconografía lo representa alto, delgado,
de piel muy blanca y abundante bigote.
Podría ser un hombre como muchos de esa región de México, de tipo
más europeo o norteamericano que indígena, pero se caracteriza por
elegante traje blanco, pañoleta o gasné anudado al cuello y sombrero
tipo tejana. Se le representa en tres imágenes: busto, sentado y de
pie. Curiosamente, los artesanos han venido asemejando su rostro al
del máximo ídolo cinematográfico mexicano de todos los tiempos:
Pedro Infante, que era de la misma región del país, Sinaloa.
La producción cultural sobre Jesús Malverde no sólo es iconográfica
sino también musical. Los corridos difunden los supuestos o dichos
sobre su vida y obra, así como de los favores que concede. Se supone
que hace justo cien años fue colgado por una cuadrilla de militares
que lo aprehendió y que desde entonces quienes realizan actividades
delictivas se encomiendan a él. Pagaron recompensa por entregarlo
muerto, debido a que era un muy buscado asaltante de caminos en la
sierra del Norte del país. La gente pobre le tenía aprecio porque le
robaba a los ricos para repartir con ella el botín.
Los corridos relacionan frecuentemente su culto con actividades
relativas a la producción, transportación y comercialización de
drogas. Por ejemplo, el de La imagen de Malverde dice así:
“Las garitas que he cruzado, / las cruzo sin ni un problema. / Nunca
he visto luces rojas, siempre me las ponen verde; / pero eso yo se
lo debo / a la imagen de Malverde. / Los aduaneros se venden, / a
todos le va muy bien. / Les pago en dinero blanco, / porque lo gozan
también. / Muchos de ellos son adictos, / bien cocos los quiero ver…
/ Cuando regreso a Culichi [Cualiacán, Sinaloa], / siempre visito a
Malverde. / Hago una fiesta en su tumba, / para que el compa
[compadre] se alegre, / con un conjunto tocamos / rodeados de mucha
gente… / y me voy con otro viaje / pal otro lado del cerco, / pero
me llevo mi imagen / que es el que me va salvar” (fragmento).
Los corridos como este se encuentran actualmente prohibidos por ley.
La Secretaría de Gobernación
ha multado a 71 emisoras de radio por su transmisión. Es
decir, hay un monitorio permanente, para reprimir la difusión de
estas expresiones. “Nos preocupa que la música y subcultura del
narco sea tan atractiva a los ojos y oídos de los jóvenes”, dijo el
procurador de General de la República. Sin embargo, los corridos se
siguen componiendo, maquilándose en discos, distribuyéndose y
comercializando gracias a la enorme cantidad de puntos de venta en
la vía pública de comercio informal.
De la casa de los nacos a las salas de arte
Los símbolos de la baja cultura permea ya a toda la sociedad y han
ascendido a las esferas de la muy alta cultura. La narcocultura
aparece ya en algunos motivos del arte contemporáneo doméstico. Si
bien la artista Teresa Margolles —de Culiacán, por cierto— ha
trabajado sobre el tema de la muerte con motivos y materiales
procedentes de la morgue, recientemente algunos están incluyendo
esta iconografía en su obra o basándose en las imágenes que la
prensa presenta cotidianamente sobre gatilleros y ejecutados, en la
“narcocultura” y “narcoestética”, como Ricardo Delgado Herbert, con
las series El Cuerpo del Delito (óleo sobre madera) y
Glorious
Pistols: de la A a la Zeta
(oleo sobre tela), censurado una vez en su propia entidad de
nacimiento y residencia, y otra en la capital del país. O Xavier
Rodríguez en escultura, fotografía y performance en que él mismo se
caracteriza como Malverde, en Ladrón que Roba a Ladrón. Otro ejemplo
es el del escultor Pedro Reyes, quien instaló un makeover de
la Santa Muerte que se presentó con un video de Stephan Lugbauer
—entrevista a un devoto—en la célebre Kunsthalle de Viena, en la
exposición colectiva ¡Viva la Muerte! Arte y Muerte en
Latinoamérica.
Ya con esta me despido, como dicen los corridos. Y acabo como la
porra que sus devotos dicen: “Se ve, se siente, La Santa esta
presente”.
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