Videopredicadores unidimensionales

Nueve tesis sobre intelevisos o telectuales

 

El aspecto ético es el que más impresiona al pueblo, por consiguiente el enemigo religioso o político es generalmente acusado, con o sin razón, de faltar a las normas de la moral.

Vilfredo Pareto

 

Primera: El intelectual es un predicador

El concepto intelectual no corresponde a lo que aparece empíricamente. La actividad característica de aquellos individuos a los que en el ámbito doméstico se les denomina con esa palabra no es la de pensar la realidad ni ampliar el conocimiento por medio del intelecto. Por lo que dice y cómo lo dice, no se pregunta por la complejidad de ella ni por problematizar su análisis como le corresponde al científico. Lo que hace el intelectual como oficio es la prédica y el juicio moral.

Como predicador moral, el intelectual ha tenido que disputarse con sus competidores religiosos la hegemonía en el ejercicio de esta práctica, como hacen los mafiosos para apoderarse de plazas y giros comerciales. Por eso es común que las iglesias (particularmente la católica), sus credos religiosos y ministros sean los adversarios discursivos del intelectual y condenados frecuentes en sus juicios. A diferencia de la prédica moral de los clérigos, la de los intelectuales no se basa en religión (Verdad Revelada), sino en ideología (Verdad Convencional). De modo que hay intelectuales que han dedicado tantos años y discursos a reiterar su condena a ministros religiosos, que han acabado por desplazarlos de la opinión pública para repartirse entre sí las diócesis de la prédica moral.

Secularizada la sociedad, cuando ha dejado de ser eclesiocéntrica y por plural una religión no es punto de referencia común ni instancia reguladora de comportamientos generales, y reconfigurado el patrón de distribución del prestigio, entonces queda abierta la competencia por los blasones de la autoridad moral. Pocos políticos y clérigos pueden disputarla con credibilidad y legitimidad. Empresarios y militares no parecen interesados en ella. Entonces individuos de las élites de artistas, literatos, académicos y periodistas, englobados en el tipo genérico intelectual, tienen mucha oportunidad de apoderarse de la autoridad moral.

 

Segunda: La actividad intelectual se ejerce sólo mediáticamente

El quehacer intelectual —la prédica y juicio moral— es una actividad eminentemente mediática. Uno de los méritos que se les reconocen a los intelectuales es que escriben libros que les publican y se supone que son leídos. Aunque no lo reconocen así, el libro es un medio de comunicación. Y ésta es la primera condición para que sea reconocida la intelectualidad, antes que nadie por sus propios pares o los más influyentes entre ellos. El segundo requisito o condición es el de la constante publicación de su prédica en diarios y revistas, medios de comunicación también. No hay intelectual sin columna, sin espacio periodístico o sin revista. Sin juzgar la veracidad de sus escritos, la fundamentación de sus afirmaciones o la calidad de su creación literaria, al que de oficio se presenta como escritor automáticamente se le reconoce como intelectual.

A mayor presencia mediática, más intelectualidad: intelectual con tercia de libros publicados mata a intelectual con par; libro de editorial de prestigio mata póker de libros en editorial segundona; libro con publicidad disfrazada de entrevista al intelectual en radio y tele mata a libro en mesa de novedades; intelectual que es publicado en revista de caché y diario nacional importante mata a intelectual de revista segundona y diario local; intelectual que se presenta en radio y tele es dios vivo.

 

Tercera: Radio y televisión tienden a intelectualizar su programación

Cada vez que enciendo el radio o la televisión hay un intelectual aseverando sentencias de todo o de lo que sea. En unos casos aparece como conductor, en otros como invitado y en algunos más como tema, sea por sus obras o por los quehaceres relativos a su vida: que si merece más homenajes, que si su nuevo libro, que si recibió un importante cargo en la función pública o lo rechazó, que si condenó las políticas neoliberales, que si su cuate intelectual es la neta, que si le va al “Barsa” para campeón de “La Champions”, que si quiere más gasto público para cultura (o sea, para él), que su crítica a tal película, que si llora por los pobres…

En otros casos se crean segmentos intelectuales en los programas, especialmente en los noticieros, o una barra intelectual de manera constante dentro de la programación, además de que ya hay tres canales en televisión abierta con amplia cobertura que dedican la mayor parte de su tiempo de transmisión a los intelectuales: el 11, el 22 y el 40. Para los intelectuales parece no haber exclusividades ni vetos. Aparecen un día en un canal y al siguiente en otro, sea canal de televisora pública, de una privada o de su competidora. Y de estación radiofónica a otra. Y a veces en el mismo día. Su pequeña hazaña es: la crítica a “los medios de comunicación” desde… ¡los medios de comunicación! Dice odiar a la tele y no se cansa de repetir que idiotiza; pero en ella se regocija, se le ve a cuadro como pez anaranjado en pecera de agua clara. Lo mejor es que debe suponerse que sólo cuando hay un intelectual a cuadro —haga uso o no de la palabra— la tele no idiotiza. Y siempre la moraliza. Una televisora con intelectuales a cuadro es una tele moralmente responsable. Además de multicanal, la presencia intelectual infecta espacios radiotelevisivos e impresos en los que antaño me podía sentir a salvo de ella, como los especializados en deportes, particularmente el futbol.

 

Cuarta: El éxito multimedia del intelectual se basa en que es melodramático

Intelectuales y televisión hacen click. En un país con escasa escolaridad y de infame calidad en promedio, el título de intelectual endiosa a quien lo personifica. Posee la materia prima de la televisión, la fábrica de sueños, que es la cualidad para representar a un personaje extraordinario. Así como hay el de la belleza extraordinaria, del carisma extraordinario o del talento extraordinario, el intelectual también tiene cualidades fuera de lo común: posee una inteligencia extraordinaria como para adivinar el futuro, leer la suerte del presente y conocer el pasado, así como la autoridad moral y la personificación de lo melodramático.

Los noticieros están para informar de la realidad, las telenovelas para fantasearla, el fútbol para evadirla y la presencia de intelectuales para juzgarla, para indicar el rumbo que se debe seguir, señalar el mal que existe e identificar a los responsables o causantes de éste. El intelectual es apreciado positivamente en la programación radiofónica y televisiva precisamente por sus cualidades melodramáticas: siempre aparece compungido, indignado, con gesto airado. Con la boca llena de verdad. De La Verdad.

El intelectual le confirma al pueblo lo que supone, intuye o sospecha: la perversidad de los políticos que son los causantes de todas las miserias (ira, vieja, ¿ya ves?, te dije que era así como dice la fulanita, que es bien reteintelectual. Te dije. Todos roban), siempre tiene una explicación a lo que parece incomprensible (¿ya ves?, con razón estaba rerraro que primero no lloviera y luego que lloviera tanto, que porque el Salinas es de los del calentamiento global para privatizar el agua, y como es el que está atrás del ese que te gusta, el Peña Nieto, pasó lo de la inundación) y se la pasa descubriendo lo que hacen los malos poderosos para engañar al pueblo tonto (¿qué crees?, que ya salió que era pura faramalla lo del secuestro del avión que para distraernos de lo de los impuestos).

El intelectual, junto con el comediante, se han vuelto frecuente ítem de la programación televisiva y radiofónica, además de la prensa escrita. Ambos entretienen. Uno hace reír y el otro sufrir. Uno se ríe del mal y de los malos; el otro, los deplora. Su estilo melodramático y postulación por los valores del bien ameritan que se le aplaudan todos sus recursos: el retorcimiento semántico, las ironías en forma de acertijo, las paráfrasis por análisis, el maniqueísmo como descripción y sus infaltables remates en forma de moraleja.

 

Quinta: El intelectual siempre tiene una explicación moral infalible

Para que alguien pueda ser reconocido como autoridad moral tiene que parecer infalible. Y para ser infalible requiere un método sencillo. La manera más fácil para juzgar, por simple, es clasificar toda la realidad en sólo dos posibilidades. Y el intelectual lo hace en izquierda y derecha. Él y todo lo que le gusta o favorece, lo clasifica a la izquierda, el lado del bien; y todo lo que le disgusta o le perjudica a la derecha, el lado del mal.

En cada afirmación, el intelectual sobrepone el postulado normativo a las razones técnicas o a la evidencia empírica o al reconocimiento de la complejidad fenomenológica. Recurre a paquetes explicativos prefabricados y estandarizados, expresados en muletillas como: “el fracaso de las políticas neoliberales”, “la crisis del modelo neoliberal” y otras por el estilo que identifican a entes intrínsecamente perversos, así como cuando la Iglesia medieval encontraba la presencia del demonio por doquier para explicar todos los males sociales, con sus legiones de diablos de distintos rango y especializados en una maldad u otra. Entonces las pestes eran cosa del demonio; hoy, las epidemias resultan por la conjura de los dueños de los grandes laboratorios farmacológicos en complicidad con gobiernos y organismos internacionales. Gracias a los intelectuales, ahora podemos tener la certeza de que toda calamidad se debe a “la derecha”, esa nebulosa en la que son capaces de reconocer su rostro en cada coyuntura y proceso.

Así como las telenovelas y la lucha libre (televisada, por supuesto) dejan claros los roles de buenos y malos, la estructura narrativa del intelectual también. Eso es muy conveniente para el lenguaje televisivo de audiencia masiva.

 

Sexta: La Verdad se disputa descalificando a competidores

¿Entonces? ¿De verdad no hay ni puede haber intelectuales que no sean “de izquierda”? Los hay y los puede haber, según se defina “izquierda” y “derecha”. Pero no los hay sin ideología con la cual juzguen la realidad. Empíricamente, no hay intelectual sin ideología. Si no juzga, no es intelectual; si no juzga ideológicamente, no es intelectual. Es científico, es técnico, tecnócrata, reportero, comentarista, analista, cronista… lo que sea, pero no intelectual.

¿Entonces? ¿Quiénes son intelectuales “de derecha”? Puesto que las palabras izquierda y derecha son tan ambiguas que equivalen a decir me gusta y me disgusta o me conviene y no me conviene (ejemplo: nacionalismo o mundialismo pueden ser ¿categorías? tanto “de izquierda” como “de derecha” dependiendo quién lo diga y con qué o a quién las relacione), el intelectual “de derecha” es aquél con el que se disputa pública y mediáticamente la apropiación de La Verdad o la cima de la élite de la intelectualidad, porque equivale a decir que el otro no es intelectual o que lo es de un rango inferior. Y, principalmente, equivale a señalarlo como inmoral.

En tanto a la mayoría de la gente, los que formamos el pueblo, no nos interesa que si la izquierda y que si la derecha, los intelectuales —más que los políticos— están obsesionados con esos espacios simbólicos propios de la ideología. Excomulgados los predicadores religiosos, los intelectuales se disputan discursivamente —no tanto por sus acciones— el de “la izquierda”. Cuando no se está de acuerdo con alguien, se le descalifica como falso izquierdista, derechista, priista, salinista traidor o colaboracionista. No participar en esa disputa equivale a ser clasificado, por default, en “la derecha”, porque las reglas locales del juego intelectual no permiten la validez de jugadores “de derecha”.

Mediáticamente, este juego es muy conveniente porque no se trata de ganarlo con base en la razón o la objetividad, sino en la simpatía y la identificación. “La izquierda” es como la muchacha buena y pobre de la telenovela —trabajadora doméstica, por ejemplo— y “la derecha” es como la mala rica que trata de impedir su felicidad. La teleaudiencia simpatiza y se identifica mayoritariamente, por supuesto, con la buena pobre. El intelectual que (más) logra representarse a favor de la buena pobre lleva todas las de ganar, por simpatía, sobre el que parezca a favor de la mala rica.

 

Séptima: El intelectual intercambia buena reputación por estrellato

Frecuentemente, la principal diferencia entre el intelectual y el vulgo no es tanto lo que dice, sino dónde lo dice, cómo lo dice y ante quiénes lo dice. Hay magníficos propagandistas de consignas en las marchas, merolicos con curas milagrosas, adivinos de la suerte y vendedores callejeros con habilidades verborreicas como de intelectual; pero los contextos, las variables de socialización y el sistema de distribución de prestigio no les son tan favorables como para gozar de la buena reputación que aquéllos tienen.

Gracias a su fama multimediática, el intelectual socializa con celebridades como una de ellas. En esa relación, él aporta su buena reputación; ellos le proveen de glamur y todo el oropel que caracteriza al estrellato. Como por arte de magia, su proximidad chamánica es capaz de intelectualizar, aunque sea un poquito, a actrices, cantantes, deportistas, directores, productores y a cualquier esnob con la actitud. En reciprocidad, el intelectual recibe públicamente los elogios que su ego reclama y la promoción publicitaria que a su nombre, como marca, favorece para cotizarse mejor y más caro (como para hacerlo candidato a presidente o consejero de organismo público de derechos humanos y otros análogos para moralizar la función pública). Juntos, intelectuales farandulizados y estrellas intelectualizadas, firman desplegados, promueven causas políticamente correctas, dictan línea a sus fans respecto a qué y quién deben estar en contra o a favor y, lo más importante, posan para la prensa; igual para la fuente de cultura, que la de política, la de sociales y la de espectáculos.

 

Octava: El periodista de denuncia es, por supuesto, intelectual

En las telenovelas frecuentemente se recurre a un objeto mágico para resolver la trama, que puede ser un lunar, una medalla o una carta, entre otros. El periodista de denuncia tiene dos: uno, información secreta que sólo él conoce (a veces ni los malos); otro, la posesión de un superpoder, que es la clarividencia, con la cual descubre lo que está ante los ojos de todos los millones de tontos del pueblo y no nos hemos dado cuenta. Por eso, una de las figuras retóricas preferidas o más socorridas del periodista de denuncia es la de “cortina de humo”, con la cual los poderosos malos siempre tratan de manipular al pueblo tonto. Es decir, los malos poderosos se la pasan inventando cosas para que nos vayamos con la finta y distraernos, para que no nos demos cuenta de sus maldades.

Este superpoder lo habilitan como intelectual, porque nunca se va con la finta, siempre descubre oportunamente el engaño de los malos poderosos al pueblo manipulable. Detrás de cada cortina de humo, halla siempre la autoría de la derecha y de sus colegas vendidos a ella para servirle —mentirosos todos esos. Es el azote de los poderosos malos. No pueden con su perspicacia. Una a una, devela todas sus cortinas de humo.

Los reporteros (vulgares) están para informar; los periodistas intelectuales, para denunciar. La información periodística tiene poco valor comercial. La información puede ser poder, pero no vende. La moralización, sí. Se da por supuesto o por hecho que todos los medios disponen de la misma información con segundos de diferencia. Lo que agrega valor son las opiniones morales y las denuncias de los periodistas intelectuales. Ejemplos: para ellos es irrelevante la eficacia de las acciones de gobierno de Berlusconi, lo que destacan son algunos gustos de su vida privada que presentan como escándalos de inmoralidad. Si el gobernador Peña Nieto cumple en tiempo y forma con sus compromisos de campaña, no les importa; sólo juzgan que la diabólica Televisa tenga simpatía por él o que su prometida haya sido actriz de telenovelas.

Según esto, el periodista revestido de intelectual es EL superhéroe de la democracia. Hace del periodismo un trabajo de militancia. Él, por supuesto, no manipula, revela La Verdad. Como autor de la corrección política, recibe de sus fans y algunos colegas menores una admiración devocional, que, como tal, suspende todo criterio racional por la adhesión emocional y sentimental. Así, no sólo justifican sino le aplauden que pueda tener al rumor por fuente, la suposición como regla de argumentación, la acusación por medio de prueba y la reiteración sea su método para confirmar. Algunos, en lo que llaman investigación, generalizan a partir de un caso o pocos, aunque sean atípicos; hacen inferencias desproporcionadas respecto a pocos datos, y sus enunciados se expresan en absolutos, sin matices ni grados o advertir condiciones. Pero no importa.

 

Novena: Los pueblos tienen los intelectuales que se merecen

Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. También tienen los intelectuales que se merecen. No obstante, los intelectuales no tienen los gobiernos ni los pueblos que, según ellos, merecen. Sienten que les quedan a deber.