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Lucha libre: más verdadera que la realidad
¿Qué es la lucha libre?
Sus publicistas suelen anunciarla como un “deporte-espectáculo”. Los
antropólogos pueden hablar de ella como una representación mítica en
la que están en disputa los símbolos del bien y del mal, en la que se
ponen en escena los valores de la sociedad personificados como héroes
o villanos que hacen las veces de ídolos. Los politólogos casi seguramente
recordarán aquello de al pueblo pan o circo y dirán que es una
forma de alienación prefabricada que forma parte del aparato ideológico
de dominación como el fútbol, las telenovelas o la música pop. Tal
vez para el sociólogo el público que paga boleto de entrada a la arena
o lugar donde se lleva a cabo, mayoritariamente de clase baja, acude
a liberar el stress y la angustia causada por sus condiciones económicas
y problemas relativos. Los estudios de los mercadólogos han de encontrar
que es un entretenimiento tanto fuera como dentro de casa (vía TV) que
tiene como meta a consumidores de bajo ingreso, pero que garantiza ganancias
multimillonarias. El clasemediero ilustrado muy posiblemente piensa que
es una farsa para chusmas iletradas, un show de mal gusto (
naco). Más o menos todos tienen razón, porque la lucha libre es esto
y más.
La lucha libre es una pelea sobre un espacio delimitado en forma de cuadrilátero
o ring como el del box. Es un deporte de contacto, en el cual,
aunque son válidas las patadas y golpes con manos y cabeza, lo característico
son las llaves y contrallaves que tienen su base en la
lucha grecorromana y el judo, a lo cual se ha añadido un conjunto de
acciones que aprovechan las cuerdas y los postes del ring para
impulsarse a sí mismos o a los rivales. Se gana al colocar la espalda
del oponente sobre la lona durante tres segundos o cuando se rinde, según
determine el referee (dos de tres veces en México y una sola vez
en Estados Unidos). Pueden confrontarse individuos, parejas, tercias
o cuartetos de distintos pesos, y las categorías son hombres y mujeres,
aunque en México hay una más, la de minis (enanos o gente de baja
estatura).
¿Qué caracteriza a la lucha libre mexicana?
La primera empresa mexicana de este entretenimiento popular, llamada
Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL), fue fundada el 21 de septiembre
de 1933 por Salvador Lutteroth, quién también compró el escenario donde
habría de presentarse regularmente la lucha, al cual le dio el nombre
de Arena México. Sin embargo, la lucha libre provino de Europa, según
consigna el CMLL en su sitio en Internet (www.cmll.com), pues refiere
que sus antecedentes en el país pueden datar de 1863 cuando el ejército
francés incursionó en territorio nacional, y con certeza se sabe que
en 1910 estuvieron en México las compañías del campeón italiano Giovanni
Relesevitch y la de Antonio Fournier “trayendo entre sus estrellas al
famoso Conde Koma y a Nabutaka. El choque de ambas empresas constituyó
un espléndido negocio”. Asimismo, en 1921 arribó a México Constand le
Marin, “quien dentro de su compañía presentó al León Navarro que había
sido campeón medio de Europa en épocas pasadas. Vino también el rumano
Sond y otros”. Dos años después Marin trajo al japonés Kawamula y a Hércules
Sampson.
La participación de luchadores extranjeros provenientes de Europa, Estados
Unidos y Japón siempre ha sido importante en México —sea que se presenten
por única ocasión, durante una temporada o se queden a radicar—, porque
la afición gusta ver a sus ídolos vencer en gestas que parecen imposibles
y refuerza su identidad nacional en la evidencia empírica de la superioridad
del mexicano sobre representantes de naciones poderosas, como cuando
en 1984 Canek (“el príncipe maya”) derrotó al francés André El Gigante,
una mole de 225 k. y 2.23 m. de estatura. El caso es que la afición atribuye
victorias así a supuestas cualidades como “el ingenio del mexicano”,
a su picardía o a que el mexicano tiene “mucho corazón”. Actualmente
luchan entre otros un combinado de rudos que se hace llamar la
Legión Extranjera y entre los técnicos destacan el italiano Marco
Corleone y el ruso Alex Koslov.
Para precisar, a diferencia de la lucha en Estados Unidos, lo característico
en México es que hay dos bandos muy bien diferenciados: rudos
(malos) y técnicos (buenos), por lo que todo luchador tiene que
definir a cuál de ellos pertenece y ser congruente con sus atributos
distintivos (que después se explicarán). También es característico que
muchos luchadores usan máscara que cubre además de su rostro su identidad:
el luchador no se presenta con su nombre propio, como en el caso del
box, sino con el de un personaje.
El primer luchador que se presentó con un antifaz se hizo llamar El Enmascarado,
en 1934. Desde entonces la máscara en la lucha libre hace las veces de
objeto mágico. Es el tesoro más valioso de un luchador, objeto de devoción
o admiración por parte del público (entre el que hay quienes gustan ponerse
máscaras como la de sus ídolos mientras están en la arena, compradas
allí mismo) y un ícono que forma parte del universo simbólico del imaginario
colectivo. El uso de la máscara tuvo otra utilidad: los promotores y
empresarios pudieron presentar simultáneamente a un luchador
en dos o más arenas muy distantes entre sí, en un país incomunicado,
con población dispersa y de geografía agreste. El folclor de la
lucha es parte del negocio.
Las rivalidades más acerbas entre los luchadores conducen a la disputa
más importante, aquella en la que apuestan la máscara, en la que el perdedor
debe quitársela delante de todo el público y entregarla su vencedor,
decir su nombre y nunca más volver a usarla. Las luchas máscara contra
máscara comúnmente resultan muy sangrientas debido a que los luchadores
rasgan la del rival para morderle la frente o herirla con algún objeto.
Cuando un luchador no usa máscara, sea por haberla perdido o por nunca
haberla utilizado, entonces apuesta su cabellera. Es decir, si pierde
debe ser rapado delante del público, por lo que otros duelos particularmente
sangrientos son los de máscara contra cabellera y cabellera
contra cabellera.
La carrera de un luchador como ídolo se construye por mantenerse invicto
en luchas de apuesta, hasta que logra retirarse como profesional preservando
su identidad y a veces heredando su máscara y nombre a un hijo que habrá
de defenderlos. Muy pocos lo han logrado.
¿Es real la lucha libre?
Hace una veintena de años un importante periodista de la televisión mexicana
convocó a una serie de largas sesiones de discusión con la pregunta:
“¿Circo, maroma, teatro o deporte?”. Participaron periodistas que delataban
a la lucha libre como una farsa y, en contraparte, profesionales de ella
que argumentaban sobre su veracidad. Lo que se debatía era si fingían
lastimarse y si el resultado estaba previamente pactado. Los luchadores
pudieron acreditar que sus heridas y lesiones eran reales, que los golpes
que recibían o daban eran dolorosos, aceptaron que hay una teatralización
de los golpes, las llaves y todo su desenvolvimiento desde que aparecen
ante el público hasta que se retiran de su vista, pero difícilmente pudieron
replicar que no hay una cooperación entre ellos para no lastimarse demasiado,
y para que las llaves y contrallaves puedan realizarse.
De vez en cuando surgen este tipo de polémicas y los argumentos son más
o menos los mismos, y destaca un programa de televisión norteamericano,
titulado Exposed! Pro Wrestling´s Greatest Secrets (Don Weiner, NBC:
1998), que se dedica exhaustivamente a descubrir los pequeños detalles
al respecto que pasan comúnmente inadvertidos.
Que el resultado a favor de unos u otros luchadores pueda estar previamente
pactado, tiene lógica evidencia en que hay llaves y contrallaves
que no podrían realizarse sin la cooperación determinada del oponente;
en que algunas de ellas son poco dolorosas aunque se ven aparatosas o
en que otras causarían lesiones de gravedad si se efectuaran con toda
la fuerza o el peso de quien las aplica.
Algunos o muchos de los asistentes a la arena o que ven la lucha por
televisión no ignoran que la lucha pueda ser una coreografía; sólo la
disfrutan. Es como en Matrix: la realidad es que vivimos en una
pocilga y nos alimentamos de gusanos; la ficción es que podemos estar
en un restaurante de lujo y comer filete. Depende de la elección que
cada quien haga. Uno puede amargarse la vida y decir: “además de que
estoy jodido me quieren engañar con esto de la lucha”, racionalizándola,
analizándola para encontrar algún truco, o puede decir: “mi vida no es
un asco porque ir a la lucha la hace agradable”. Por eso en México quienes
gozan de un nivel de ingresos y de gasto satisfactorio, así como de educación
superior, generalmente no están dispuestos a comprar la lucha
como una confrontación veraz. Siempre habrán de insistir en su carácter
como simulacro. Al explicar las diferencias entre las formas de entretenimiento,
Andrew Darley (2003: 85) afirma que las populares se basan en “modos
de representación visual concebidos para estimular la curiosidad del
ojo, para excitar y asombrar al espectador”, mientras que en las modalidades
“propias de las clases dirigentes” lo importante es “la coherencia de
la historia y la credibilidad de un universo ficcional”.
A fin de cuentas para la mayoría de los mexicanos casi todo aparece como
simulación: los políticos no cumplen sus promesas de campaña ni son lo
honestos que dice ser, las elecciones son fraudulentas, los jueces están
comprados, las gasolineras expenden litros
de 900 mililitros (de acuerdo con la norma oficial), los bancos cobran
(comisiones) al ahorrador en vez de pagarle (intereses), en las bandas
de delincuentes siempre hay policías, las cárceles están llenas de inocentes
(gente que no ha sido sentenciada), en las calles principales hay puestos
de venta ilegal de toda clase de mercancía ilícita, el celibato sacerdotal
es doctrina, el ex abad de la Basílica de Guadalupe declaró que era falsa
la impresión milagrosa de la imagen de la Virgen (después de enriquecerse
y retirarse), es el país que más tinte para cabello consume en el mundo
(parecer rubia es el atajo más fácil hacia la realización del
ideal nativo de belleza), si en televisión una mujer luce especialmente
atractiva la vox populi explica que “está operada”, etcétera,
etcétera. Por lo menos la lucha libre, aunque sea un simulacro, deja
satisfechos a sus aficionados.
¿En qué radica el éxito de la lucha libre en México?
Así como en la mayoría de las películas de Hollywood o las telenovelas,
en las que todo el público sabe de antemano el final —en que pierde el
malo, gana el bueno y se casa con la muchacha bonita—, y nadie abandona
la sala de cine ni apaga la televisión, el público de la lucha libre
disfruta una y otra vez la puesta en escena de un relato que ya conoce.
Pero a diferencia de cuando presencia un espectáculo mediatizado por
la televisión o el cine, el público que asiste a la lucha libre siente
que participa activamente y que puede contribuir a decidir el resultado
por medio de sus gritos de apoyo a unos y de repudio a otros.
La lucha tiene una estructura narrativa codificada al modo de los productos
de las industrias culturales: es simple, pues sus signos son ampliamente
reconocidos por la gran mayoría, fácil de comprender en poco tiempo,
y se presentación es agradable (Da Távola, 1991: 13). Esto permite al
aficionado promedio, de escasa escolaridad y pobre consumo cultural,
entender de inmediato una trama ya conocida: no quiere novedades, sino
buenas representaciones. Cada lucha es más o menos previsible, el luchador
técnico —el bueno, el justo, el héroe— sufre y generalmente
gana al sobreponerse a la deslealtad combativa del oponente y a otras
adversidades; en contraparte, el rudo —el malo, al antihéroe— sólo puede
ganar por medio de la trampa o de la traición de un tercero en perjuicio
de su antagonista.
La asistencia a la lucha —según explican los sociólogos Elías y Dunning
respecto a la búsqueda de la emoción en el ocio (1992: 92-103)— es una
ocasión que permite “experimentar el desbordamiento de las emociones
fuertes en público” sin perturbar el orden social; y como acto mimético
permite experimentar emociones de la vida real como miedo, compasión
u odio, de un modo que se disfruta porque “no entraña social ni personalmente
peligro alguno y puede tener un efecto catártico”. Que la arena es un
espacio de catarsis es clarísimo, pues es uno de los pocos lugares en
el que hay la posibilidad de que la gente pobre pueda insultar hasta
el cansancio a alguien más poderoso, más fuerte, más importante
, sin sufrir ninguna represalia a cambio. Generalmente es ella la que
sufre el maltrato o el desprecio. En México, por ejemplo, el automovilista
siempre tiene prioridad sobre el peatón para pasar.
¿Por qué la lucha es un fenómeno social?
En buena medida la importancia de la lucha libre en el imaginario colectivo
popular es el resultado de su reiteración como tema en la producción
de las industrias culturales nacionales. Por sus características narrativas
la lucha libre fue antaño un tema exitoso en las historietas y en el
cine, medios en los cuales se dotó a los personajes de los luchadores
de tramas como héroes o villanos en sus vidas ficticias fuera de las
arenas de lucha. De modo que Santo, el enmascarado de plata, es
el máximo ídolo en la historia de la lucha libre mexicana tanto por sus
hazañas en los cuadriláteros como por haber protagonizado más de cincuenta
películas en los años de 1952 a 1973. Gracias al cine, (el) Santo personificó
cualidades tanto de héroe como las de su nombre propio, santo: la castidad,
el sacrificio, la modestia, la astucia, la valentía, la fortaleza, la
bondad, la honorabilidad y otras. Con ellas y dotado de una modernidad
subdesarrollada inspirada en Bond, con relojes intercomunicadores y relucientes
cajas de cartón con foquitos parpadeantes, derrotó a toda clase de amenazas
a la humanidad, fuesen delictivas, diabólicas o extraterrestres.
Se trata de un tipo de cine no tanto de bajo presupuesto como de bajo
intelecto, que se caracteriza por la ignorancia y torpeza de sus productores
y directores, quienes pretendieron inscribirse en los géneros de terror,
policiaco o fantástico, pero por lo absurdo de sus guiones y su negligente
realización acabaron por engendrar algo que solamente se le puede llamar
cine de lucha, defectos que no obstaron para su éxito
en taquilla. En una película, por ejemplo, Santo y Blue Demon, un luchador
que lo acompaña, pelean simultáneamente contra “El Hombre Lobo”, “El
Cíclope”, Franquestain (sic), “La Momia”, “El Vampiro” y los zombis
(sic), pero el público en vez de reparar en la adscripción a distintas
obras literarias de cada monstruo y en la falta de lógica argumentativa
para que compartieran el mismo escenario en el México de los años sesenta,
simplemente disfrutaba el triunfo de sus ídolos.
Pero en la medida en que la televisión fue adquiriendo importancia, la
lucha libre ha tenido en ella un importante escaparate que contribuye
a su socialización. Televisión y lucha hicieron click. Fue amor
a primera vista. La inauguración de Televicentro, la estación de televisión
de la empresa Televisa en el centro de la Ciudad de México, se dio en
1952 con una función de lucha libre. De hecho había un estudio que contaba
con un ring para la realización del programa “Las luchas de Televicentro”.
Pero las autoridades acabaron con este idilio en 1955 supuestamente por
ser un espectáculo violento.
Desde entonces esporádicamente se presentaron algunas funciones, hasta
1992 cuando la lucha libre pasó de lleno a ocupar un espacio importante
en la barra de la programación de televisión abierta, y una nueva empresa
llamada Triple A firmó un contrato con Televisa, la cadena más importante,
para transmitir semanalmente una función completa. Esta empresa revolucionó
a la lucha libre mexicana para asemejarla a la World Wrestling Enterteinment
(WWE) de Estados Unidos.
¿Cómo ha influido la televisión a la lucha libre?
La televisión es nuestra píldora para entrar a la Matrix de la lucha.
Es decir, la televisión hizo de la lucha, dicho en términos de Humberto
Eco (1995: 220), de una mitopoyética espontánea una mitopoyética dirigida.
De la mano de la televisión los luchadores transformaron su imagen y
la lucha se espectacularizó. Aparecieron entonces luchadores-personajes
creados y diseñados profesionalmente por la empresa Triple A tanto en
su imagen como identidad, con uniformes y máscaras hechos de materiales
modernos y vistosos, perfectamente estampados o confeccionados, que los
cubren como si fuesen trajes de una pieza de la cabeza a los pies, al
modo de los superhéroes del cómic estadounidense. Y muchos que ya existían
fueron rediseñados como si fueran el resultado de una consultoría de
imagen. A la vez, las arenas o los auditorios donde se lucha han sido
dotados de la parafernalia propia: magnavoz, bailarinas, pantallas gigantes,
iluminación, musicalización, un ring en forma de hexadrilátero,
novedosas modalidades, etcétera. La vieja empresa, el CMLL, aprendió
la lección: renovarse o morir, y pronto imitó el nuevo estilo de la producción
luchística para ser también aceptada en la programación
televisiva.
La lucha libre cobró entonces un renovado aire y el interés de las clases
medias en calidad de televidentes o eventuales asistentes. Muchos van
a las arenas porque quieren ver a los luchadores como estrellas de la
televisión y quieren ver en televisión la lucha a la que asistieron.
Es decir, actualmente el gancho más importante para agotar las entradas
a una lucha es el anuncio de que la función se grabará para televisión.
El estrellato de los luchadores se ha potenciado gracias a que Televisa
ha incluido a varios de ellos en el elenco de algunos programas, como
conductores y entretenedores, o inventándoles episodios amorosos telenovelescos
con actrices de moda o peleas con comediantes y otras celebridades
.
El resultado es que la televisión ha hecho que la lucha en la arena sea
un episodio catártico en el que se dirimen los retos que los luchadores
hacen en distintos programas, y produce cortinillas que recrean
la ficción de los personajes en su vida fuera de la arena, como en el
caso de Místico, el máximo ídolo actualmente, a quien se muestra rezando
y encomendándose a la Virgen de Guadalupe como parte de su preparación
para salir adelante en luchas difíciles.
¿Está de moda la lucha libre?
De la lucha libre hay influencias en otros fenómenos culturales, como
el rock surf, que imita o interpreta la música de las películas de los
años setenta como las de los soundtracks de algunas películas
de lucha, por lo que varias bandas del género y fans de
ellas visten camisas hawaianas y máscaras. Pero no es una moda, es lo
que algunos llaman una escena, como existe la del ska o el trash.
(Véase http://myspace.com/lostacapulco).
La lucha libre no está de moda, sino que tiene sus propias modas. Hoy
puede decirse que entre la afición a la lucha libre en México está de
moda la estadounidense de la WWE, que se ve en televisión de cable o
que se adquiere en copias ilegales de DVD en la vía pública. Están de
moda las camisetas negras que dicen “Perros del Mal”, “H B” (Hell Brothers)
o “Guapos VIP”, en referencia a distintos grupos de luchadores. La moda
es también Místico y todo lo que sea relativo a él.
De vez en cuando algunos artistas o intelectuales descubren en
la lucha libre una fuente para sus creaciones, generalmente centradas
en las máscaras, que da como resultado pastiches que se vuelven motivos
predilectos de moditas del esnobismo travestido en actitud cultural de
apertura y cosmopolitismo. Sus autores creen extraer de la cultura popular
símbolos cuyo significado no son capaces de conocer plenamente por ser
ajenos al contexto de su codificación social, y parecen decir: “Hey,
miren que cool es todo esto. Wow, en la pobreza, el analfabetismo
y la mugre hay una gran riqueza cultural con la que se divierte esta
gente, pero que yo voy a dar a conocer al mundo de la bienales”.
Ingenuamente el artista de élite, el periodista extranjero y demás
etnólogos creen que la lucha libre es una creación netamente popular,
que ir a las luchas es como atestiguar una ceremonia de vudú,
o que van a ser como los que llevan las cabezas reducidas de la Amazonia
a los museos. Parece que no se dan cuenta de que actualmente la lucha
tiene muy poco de espontánea y de creación popular, que es un producto
de la televisión como las telenovelas y los reality show, programas
que posiblemente no ven por ser para el consumo de las masas. Las máscaras
son ahora como las corbatas desajustadas de la telenovela Rebelde, los
luchadores como los cantantes que hacen playback y sus retos como
la publicidad de la guerra entre los refrescos de cola.
Referencias
Darley, Andrew (2003). Cultura visual digital. Espectáculo y nuevos
géneros en los medios de comunicación. Tr. Enrique Herrando Pérez.
Título original: Visual digital culture. Surface play and spectacle
in new media genres. Londres: Routledge, 2000.
Eco, Humberto (1995). Apocalípticos e integrados. México: Tusquets.
Tr. Andrés Boglar. Título original: Apocalittici e integrati.
Milán: Ed. Valentino Bompiani, 1965.
Elías, Norbert y Eric Dunning (1992). Deporte y ocio en el proceso
de la civilización. México: Fondo de Cultura Económica. Tr. Purificación
Jiménez. Título original: Sport and leisure in the civilizing process
. Oxford: Blackwell, 1986.
Távola, Artur Da (1991). La libertad de ver. La Habana: Ed. Pablo
de la Torriente. Tr. Ana María Boschetto. Título original, A liberdade
do ver, televisão em leitura crítica. Río de Janeiro: Nova Fronteira,
1984.
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Místico es el nombre del luchador más importante en la actualidad; el
nuevo ídolo. Sus símbolos y su historia necesariamente tenían que hacerlo
así: el dibujo de su máscara es el de la eucaristía, el mismo que está
en el cáliz; sus colores oro y plata lo representan como valioso. Su
presentación como profesional la hizo Fray Tormenta, un sacerdote que
fue luchador profesional para sostener la manutención de su orfanato,
historia en la que se basa el personaje de la película Nacho Libre (Pared
Hess, 2006), y se supone que Místico es uno de esos niños a quien le
enseñó a luchar. Místico es, entonces, un personaje crístico, como lo
fueron (el) Santo y Pepe El Toro, interpretado por Pedro Infante en la
película Nosotros los Pobres (Ismael Rodríguez, 1947).
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