Underground y overground latino en Madrid

“Te regalo una flor…”,
de Silvio Rodríguez, se escucha como parte de la música de fondo en
El Corte Inglés, repleto de madrileños atraídos por las segundas
rebajas —rebaja sobre rebaja, decimos en México— características del
mes de enero. Curiosa ironía. A pocos metros de distancia se
encuentra uno de los numerosos establecimientos de Zara, la famosa
tienda de ropa hecha en China, que anuncia en sus aparadores el
cincuenta por ciento de descuento, y a un lado hay una H&M, otra
tienda de ropa hecha en Asia, que oferta reducciones de precio de
hasta setenta por ciento. Cerca están varias boutiques de firmas de
mayor prestigio y precio, que no por ello carecen de compradores
potenciales. Es la zona aledaña a los Nuevos Ministerios, complejo
arquitectónico para uso burocrático, en la que se erigen enormes
edificios de bancos y lofts.

La noticia del día ha
sido que la pequeña Leonor, hija del príncipe Felipe y su esposa
doña Letizia, no lloró durante su bautizo, por lo que la reina doña
Sofía se retractó de haber afirmado anteriormente que “es un poco
llorona”. Otra nota —menor en cuanto a jerarquía editorial— se
refiere a los resultados del censo realizado en 2005: hay más de 44
millones de habitantes en España, de los cuales 8.5 por ciento son
inmigrantes. Desde hace tiempo, más de una década, la mayoría de los
madrileños —o gatos, como eventualmente se les dice— no
nacieron allí, pero hoy destaca el crecimiento de los nacidos fuera
de España. Una campaña del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales
destaca positivamente esta situación con un mensaje que se refiere a
una madrileña nacida en Colombia, que trabaja como asistente de
geriatría, como si con ello se quisiera hacer contrapeso en la
opinión pública ante el hecho de que el ochenta por ciento de los
integrantes de las bandas delictivas es de inmigrantes.

Los inmigrantes —ni
todos ángeles ni todos demonios, desde luego— provienen
mayoritariamente de África y Sudamérica, y minoritariamente de
Europa del Este, China y el Caribe. La distribución de ellos varía
en cada región del territorio español, por lo que en Madrid los
ecuatorianos parecen ser los más numerosos. Los chinos, por su
parte, están en todas las tiendas de alimentos —todas—, y por la
noche, después de que cierran, se aposentan en las calles más
transitadas para ofrecer bebidas y dulces a los noctámbulos. Ya
llegará el día en que los toros y el jamón lleguen de China.
La zona de Nuevos
Ministerios no es excluyente, así como Madrid no es una ciudad de
ghettos. En ella van y vienen los inmigrantes como trabajadores de
los empleos menos remunerados, pero también como consumidores de
productos y servicios. Algo más, acuden allí a divertirse. Entre los
establecimientos comerciales parafernálicos de la calle Orense,
mientras se escucha a Madonna con la canción publicitaria de la
españolísima Telefónica, numerosos adolescentes de aspecto latino,
es decir, de rasgos indígenas, descienden hacia los sótanos
(“bajos”, según se denomina en los domicilios oficiales) dónde se
encuentra —literalmente— el underground de Madrid: la zona de
discotecas y bares en la que los latinos se reúnen a partir
de sus identidades nacionales de origen, según se ve en las fachadas
y muros próximos a esos establecimientos, pintados con los colores
de las banderas de sus países y paisajes tropicales. Ocio latino,
se titula precisamente una revista dirigida al público que asiste a
esos lugares (www.ociolatino.com.es)

No es el
altermundismo de Manú Chao, ni el neozapatismo de Rage Against
The Machine, ni convocatorias a celebrar el triunfo del latino
Evo Morales y sus suéteres rayados de moda lo que motiva la
congregación de estos jóvenes, sino Daddy Yankee y demás ídolos del
reggaetón, una especie de hip-hop latino que se caracteriza
por la elaboración de sus letras según la combinación aleatoria o
repetitiva de las palabras: “mami”, “papi”, “así”, “duro”; formas
imperativas de los verbos querer, dar, gustar y poner; y la
¿onomatopeya? pum. Su obra cumbre es de mayor despliegue
lingüístico, al añadir la palabra “gasolina” a la composición.
Los adolescentes
madrileños de origen latino acuden a las tardeadas de
reggaetón y más tarde llegan jóvenes y no tan jóvenes, también
inmigrantes. Unos para bailar las cumbias de moda en Ecuador,
mezcladas por DJ Miguel, animados por un MC de estilo
polymarchero y sin mayor exceso que una o dos cervecitas, refresco o
agua; otros van a dónde se escuchan los éxitos en Colombia; unos más
para bailar salsa dominicana; y no faltan lugares donde se mezcle
todo eso y más que haga referencia a lo latino, especialmente
el reggaetón, pues Don Francisco, el showman de Sábado
Gigante, es el profeta del underground madrileño.

No lejos de allí, a no
más de diez cuadras de distancia y en las proximidades al lujoso
barrio de Santiago, se encuentra uno de los centros de
entretenimiento especializado en los estilos musicales de drum &
bass y jungle. Este es el overground de Madrid: un
espectáculo performado por un colectivo del Madrid Massive,
dos pinchadiscos y un MC que emplean como instrumentos
tres tornamesas a 220 beats por minuto, dos mezcladoras y un
micrófono, con una calidad en su ejecución y coordinación como para
superar favorablemente el juicio más exigente
(www.madridmassive.org).

Las escenas jungle y
drum & bass tienen su origen en jamaiquinos que emigraron a
Inglaterra y se formaron musicalmente en el ska, reggae y el dub,
por lo cual muchos de sus compositores, ejecutantes y asistentes a
sus presentaciones llevan el cabello en forma de dreadlocks
(erróneamente llamado rastas). De allí que entre la
concurrencia al Xpectrum de la calle Santa Engracia se vea a varios
asistentes con peinados de ese estilo. Bob Marley es el profeta del
overground madrileño, por el que los latinos no se
sienten atraídos en absoluto.

Los latinos de Madrid, como los de Los Ángeles, no parecen
querer “otra globalización”, sino más de la misma. Así como los
mexicanos aplauden los triunfos de los Lakers, los ecuatorianos
celebran los goles del Real Madrid —símbolo y producto por
antonomasia de la globalización— y no los del equipo obrero Rayo
Vallecano. Todos queremos teléfonos móviles con aplicaciones que
nunca vamos a ocupar, ropa de Zara y un equipo triunfador que
(supuestamente) nos represente.