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Peor para la realidad

Martin Amis, Koba el Temible, Anagrama, 2004

 

 

“El hambre pertenece a la tetrarquía comunista. Los otros tres elementos son el terror, la esclavitud y, evidentemente, el fracaso, el sempiterno e incorregible fracaso”. A quince años de la demolición del Muro de Berlín, se publica en nuestra lengua Koba el Temible, un extenso ensayo del británico Martin Amis sobre el genocidio cometido por el dictador Stalin en la Unión Soviética, continuación del iniciado por Lenin. Para ello, Amis comenta haber leído “varios metros de libros sobre el experimento soviético”. Si el exterminio de 20 millones de seres humanos no fuese suficiente motivo para leer tal cantidad de información sobre el tema, Amis tuvo un acicate adicional para ello y para escribir su propio relato: la militancia en el Partido Comunista de su padre durante quince años y su posterior desencanto. Así, a lo largo de 320 páginas, Amis relata de manera fluida y erudita lo que fue el terror bolchevique, así como su experiencia con amigos militantes comunistas y con su padre.

El subtítulo del libro, La risa y los veinte millones, se entiende a partir de la asimetría de la tolerancia en Occidente. Este concepto de la asimetría de la tolerancia, original de Ferdinand Mont, se refiere a la poca seriedad que se le ha dado al exterminio en la Unión Soviética de grupos poblacionales por motivos étnicos y de clase, como los kulaki y los cosacos; poca seriedad en comparación con otros genocidios. Por ejemplo, “siempre se ha podido bromear a costa de la Unión Soviética, pero nunca sobre la Alemania Nazi... parece que los Veinte Millones no tendrán nunca la dignidad fúnebre del Holocausto”. Dicho de otra forma, es políticamente incorrecto reír sobre Auschwitz, pero no de Kolymá. Este es el mérito de Amis: llamar la atención sobre un régimen que, en el nombre de una ideología, bajo las órdenes de un dictador cometió crímenes nefandos, que apenas hace quince años era moral, política y militarmente defendido y promovido por propios y extraños. Y todavía.

Koba el Temible consta de tres partes: “El hundimiento del valor de la vida humana”, “Cursillo sobre Iosif El Temible” y “Cuando los muertos despertemos”. La primera,  escrita en primera persona, es la experiencia de Amis con amigos comunistas, quienes se negaban a aceptar como verdaderos los relatos sobre la hambruna y el genocidio en la URSS. Para ellos, “la verdad podía aplazarse”, y consideraban como “derechista” y con fines propagandísticos contrarios a su causa el dar a conocer cifras elevadas al respecto.

También en la primera parte, Amis expone los crímenes contra la humanidad perpetrados por Lenin y su pequeñez intelectual, quien inició una “guerra contra la naturaleza humana” con su colectivización forzosa y la hambruna provocada en el campo de 1921 a 1922, con las ejecuciones, los destierros y traslados de campesinos a lugares remotos, con la reclusión en los campos de concentración en Siberia, etcétera. Una “horrible risa”, como dice Amis, es lo que causan los absurdos del culto a la personalidad: la misma ciencia que abrió los sepulcros de los santos medievales, para exhibir que sólo había un montón de polvo y huesos, fue la misma que declaró como “incorruptible” el cadáver de Lenin. Ya sabemos que era expuesto como una reliquia sagrada en el Kremlin, culto necrofílico similar al que exhibía la mano de su contemporáneo Álvaro a Obregón en un frasco con formol, en un monumento, un parque y una delegación con su nombre y en su honor. Revolucionarios ambos, al fin.

En la segunda parte, la más extensa con casi 150 páginas, Amis exhibe el totalitarismo en toda su brutalidad: “el terror nazi se esforzaba por ser exacto, mientras que el terror estalinista era deliberadamente aleatorio. Todo el mundo era víctima del terror; todos menos Stalin…” Bajo la premisa “no hay hombre, no hay problema”, Stalin se deshizo de millones de problemas. El promedio de vida en los campos de prisioneros era de dos años; “dadas las circunstancias, todos los campos eran campos de exterminio”.

Amis narra los tratos inhumanos que sufrían los prisioneros en un clima y condiciones de suyo insoportables: hacinamiento, golpizas, denigración y, sobre todo, hambre. Quienes llegaban allí, lo hacían a causa de la simple delación o calumnia de haber cometido un delito que, otra vez, nos causa una “horrible risa”. Primero les quitaban la comida a los campesinos, y luego consideraban como “saboteadores fascistas” a quienes escondiesen un pan, lo cual se castigaba con prisión. Aunque era penado, “el canibalismo era una práctica extendida”. Tan extendida que en los década de los treinta aún había “325 antropófagos de Ucrania cumpliendo cadena perpetua”. Con Stalin se decretó como delito hablar del hambre. ¿Qué quiere decir Amis con “el fracaso” del comunismo? La colectivización de Stalin “arruinó a un país por el resto del siglo”. En el universo marxista, el campesinado no tenía por qué estar allí.

Los campesinos llevaban a sus hijos a los suburbios de las ciudades con la esperanza de que sobrevivieran, aunque con frecuencia no lo lograban, porque eran hechos prisioneros y transportados a parajes despoblados con pocas posibilidades de sobrevivencia. La pena de muerte aplicable también a los niños de doce años (decretada el 7 de abril de 1935), aceleraba la eliminación de los huérfanos indigentes a la vez que incluía a los hijos de los enemigos políticos próximos a purgar.

Amis describe la personalidad patológica de Stalin, su perfección negativa y la esquizofrenia social causada por medio al terror y por propaganda. Stalin corregía los resultados de un censo mientras los encargados de haberlo realizado eran fusilados por ser “traidores que reducían la población de la URSS”. Así, el dictador aprobaba o no todo lo que la ciencia comunista descubriese en cualquier campo del conocimiento, fuese biología o matemáticas. Además de Stalingrado, había otras ciudades con el nombre de Stalin: seis Stalinos, además de Stalinhad y Stalinsk. Así, a lo largo del texto, el lector encontrará abundantes ejemplos de la sinrazón imperante, como el miedo a dejar de aplaudir: de la grabación de cuatro discos L.P. de un discurso de Stalin ante el Comité Central del Partido Comunista, un lado completo es de aplausos.

La tercera parte —breve, de apenas 32 páginas— son varias cartas a sus amigos y a su padre. En una de ellas puede leerse: “¡Camarada Hitchens! Probablemente habrá poco en estas páginas que no sepas ya… por eso se me hace cuesta arriba entender por qué no pones más distancia entre tú y esos actos que organizas, con tu veneración por Lenin y tu impenitente discipulado por Trotski. Estos dos hombres no se limitaron a preceder a Stalin. Crearon un Estado policial que funcionaba a la perfección para que él lo utilizara después. Y le enseñaron algo notable: que se podía gobernar un país con una receta a base de libertad muerta, mentiras y violencia… y pretensiones de superioridad moral sin costuras”.

Son precisamente las pretensiones de superioridad moral características de muchos de los huérfanos de la Unión Soviética en nuestro país, con epítetos que se han puesto como defensores del pueblo, luchadores sociales y, recientemente, “altermundistas”. Sin un aparato de terror como el que tuvieron bajo sus órdenes los caudillos de su devoción, reproducen de ellos varios rasgos de su personalidad arrogante: la incapacidad para dialogar (¿para qué, si se consideran poseedores de la verdad absoluta?), su intolerancia a la crítica (pues hacerlo, es considerado como conspiración) y su habilidad para simular (expertos en decir una cosa y obrar del modo contrario), son cualidades soviéticas que prevalecen en nuestros confines.

Resta decir que, si bien Amis consigna la ligereza con la que en Occidente se trata el genocidio en la URSS, no menciona la falta de procesos judiciales para llevar ante los tribunales a los responsables de los crímenes de Estado. Con la desaparición de la URSS se abrieron los archivos, pero no la justicia. De esto, Amis no dice una sola palabra, omisión que, por tratarse de un genocidio del que siguen descubriéndose fosas con miles y miles de víctimas, es totalmente recriminable. Valga su obra por lo que sí dice.