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Divas
audiovisuales del pornopop A más de 50 años de la publicación del
primer número de Playboy, ser modelo, cantante, conductora o actriz
son papeles intercambiables y distintas facetas de quienes se consideran a sí
mismas artistas completas bajo el aura multimediática de la celebridad o la
fama. Con el tema de la sexualidad explícita o semiexplícita, calendario,
revista, disco, película, presentación personal, concierto, programa de
televisión (variedad, telenovela o reality show, ¡libro!, etcétera,
son productos que las industrias culturales comercializan como consecuencia
de la mutación axiológica de la sociedad hacia el culto al éxtasis y la
construcción mercadológica de una cultura porno-pop. De acuerdo con el sociólogo
estadounidense Daniel Bell, en su célebre ensayo Las contradicciones
culturales del capitalismo (1970), “el hedonismo, la idea del placer como
modelo de vida, se ha convertido en la justificación cultural, si no moral,
del capitalismo. Y en el ethos liberal que ahora prevalece, el impulso
modernista, con su justificación ideológica de la satisfacción del impulso
como modo de cultura, se ha convertido en el imago cultural”. ¿Qué
son, entonces, Britney Spears, Christina Aguilera, Kylie Minogue, Jennifer
López (¡Yei Lou!), herederas de Madonna, y sus réplicas en el tercer mundo
(Belinda, Pau Rubio, las RBD, et al.), sino el paradigma de un look
que se construye con modas, actitudes y discursos (en ese orden) sobre el ser
y el quehacer de la mujer posliberada de manera real o imaginaria? Cuando el video mató a la estrella de la
radio y la imagen visual se convirtió para la industria en un atributo
intrínseco de la interpretación femenina, el vedetismo se volvió un género
superado gracias a instituciones como MTV: cantantes en lencería o bikini a
domicilio y en clasificación apta para toda la familia, o que lucen
semidesnudas —en los límites de lo no-pornográfico— en revistas como Maxim,
FHM Man, Max, H, entre las más importantes, así como en "portafolios"
de aquellas especializadas en lo más frívolo de la farándula y las
sociales. Apenas llegó a su fin la serie Sex
and the City atestiguamos el éxito de Desperate Wifes, pretexto
idóneo para afirmar que la televisión institucionaliza los valores, los
estilos de vida y la performación de la sexualidad prototípica de la mujer, y
los premios Grammy son su celebración catártica. A pesar de nuestra pobreza y el machismo
prevalecente, lo que nos define como sociedad no son las necesidades ni las
miserias, sino los deseos y las aspiraciones, por lo que la apariencia tiene
preeminencia sobre “la realidad”. La contradicción cultural de nuestro
subdesarrollo es la del guadalupanismo abnegado y mojigato vs. los modelos aspiracionales que reconocemos en la
televisión como exitosos, pero tranquilizamos nuestra conciencia cuando nos
enteramos de que Thalía se casó “por la Iglesia” con un hombre rico y bueno
(como en sus telenovelas) o maldecimos a Niurka por denunciar públicamente la
inapetencia sexual del padre de su hijo y abandonarlo para irse con un
estriper. En
mi opinión, muy poco puede haber de nuevo en cuanto a la liberación femenina
después de Marlene Dietrich tanto en las pantallas como fuera de ellas. Del girl
power de las Spice Girls al pelo suelto de Gloria Trevi, entre más
proclaman discursos de rebeldía femenina, menos credibilidad tienen —al menos
para mí. Ni la genial Björk, con su debilidad por los patanes, fue capaz de
dar testimonio de una liberación femenina plena. El feminismo, luego de haber
alcanzado su techo de realización fácticamente posible y filtrado por la
industria fonográfica y del video, es un tema más, inocuo y vacío. La
exageración del discurso sexual también es plástica, también es prótesis,
como diría Baudrillard. Paralelamente, escándalos como el
propiciado por mostrar (“accidentalmente”) un seno durante uno o dos segundos
por Janet Jackson en el programa de televisión con mayor audiencia mundial
(el Superbowl) detonan el complemento ideal para el aparato publicitario del
porno-pop: el puritanismo, que en sus versiones republicanas, opusdeístas o
providistas sólo sirven para hacerle el caldo gordo a los vivales
(pregúntenle a Marilyn Manson). El escándalo vende y los discursos de censura
o condena aumentan la venta mediante su efecto de espectacularización. Por mi parte, prefiero a Paquita la del
Barrio o a intérpretes más cercanas a lo que Gilles Lipovetsky llama la
tercera mujer (1997), liberadas de sus liberadoras feministas, que
simplemente hacen de corazón lo que les gusta sin discursos revolucionarios o
emancipatorios: Miss Kittin, Electric Indigo, Acid Maria, Ellen Allien,
Marusha, Romina Cohn o Carla Tintoré, con sets duros de electro,
techno, hard core o trance. ¿Qué puede ser más revolucionario o liberador? |