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La preocupación por los pobres Jacquard, Albert, La preocupación por los pobres, Barcelona, Herder, 1996, 115 pp.
En tiempos en que la competencia desmedida nos lleva a la exclusión, el empobrecimiento y el desempleo, Albert Jacquard trata de establecer un diálogo de las ciencias con la religión cristiana, específicamente con la experiencia de santidad de Francisco de Asís. La preocupación del autor es la catástrofe del género humano y su pretensión es “reducir el consumo de los ricos”, pues considera que “no hay otra salida” para resolver los grandes problemas de las relaciones entre el Norte y el Sur. La preocupación por los pobres no es cabalmente un libro, sino un conjunto de ensayos de distintos temas: la relación cristianismo-islamismo; las tendencias demográficas; los límites de la ciencia para explicar el origen de la vida y el encuentro con la muerte, la pobreza en el mundo y la injusticia en las relaciones entre los países pobres y ricos, etc. Todos ellos tienen como eje conductor la referencia a San Francisco de Asís. Destellos biográficos y anecdóticos nos transmiten la enorme admiración de Jacquard por este santo. La idea central del autor parece ser esta: hay una semejanza en la época en que vivió San Francisco con la presente, la cual consiste en que “nos hemos habituado a la barbarie”, y como prueba de ello, argumenta, se constata que el dinero se ha convertido en el bien supremo que permite obtener todos los demás; o que en vez de utilizar a las máquinas para ayudar a los hombres, las hemos usado para suplantarlos. Acaso lo más importante del texto es su insistencia en que urge aplicar un destino universal de los bienes. Tenemos una serie de problemas que plantean la necesidad de revolucionar el comportamiento social para hacer posible la coexistencia de todos los hombres. Por ejemplo, se sabe que la tierra posee recursos para alimentar a muchos más de sus actuales pobladores (con la ayuda de la tecnología); sin embargo, los países desarrollados no se conforman con obtener lo suficiente para satisfacer sus necesidades básicas, sino que explotan multitud de riquezas para colmar su afán consumista. Ante esta situación hay que conciliar el derecho de propiedad con los derechos humanos. Es decir, no puede tolerarse que el derecho de uso llegue a degenerar en un “derecho” a destruir, por lo que apropiarse de un bien para destruirlo “es peor que un robo; es un crimen contra la humanidad”. Por ello propone: “junto a los conceptos de propiedad individual y propiedad colectiva, debemos introducir el de propiedad de la especie”. La preocupación por los pobres no aporta nada para entender los problemas de pobreza a nivel mundial ni contribuye al debate para resolverlos. Es un conjunto de temores catastrofistas en espera de un San Francisco cósmico que salve a la humanidad. ¿O será que basta con que los ricos lean la biografía de San Francisco de Asís para que se conviertan y ayuden a los pobres?
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