El cabildeo de los rectores en la Cámara de Diputados


 

La quiebra del paradigma meritocrático del financiamiento de la educación superior: el cabildeo de los rectores en la Cámara de Diputados

 

De los irreductibles negociados a la meritocracia académica

El Programa Nacional de Educación 2001-2006 (PNE) tiene entre sus objetivos en cuanto a la educación superior: “el establecimiento de un nuevo esquema de subsidio” que considere “las diferencias de costo por alumno en los distintos niveles y áreas de conocimiento”, así como “criterios de desempeño institucional”. De este modo la autoridad educativa federal reconoce lo que varios investigadores y autoridades universitarias han señalado: que no hay un modelo de asignación presupuestaria que sea objetivo, transparente y equitativo (Estévez, 2002). Lo que persiste, en cambio, es un financiamiento otorgado por decisiones “influidas por el juego político” (Kent et. al., 2005). La crítica a este esquema de financiamiento “de tipo inercial y negociado” señala que de este modo se propicia la inequidad en la asignación de los recursos entre las instituciones y se desvinculan de su eficiencia, puesto que “no hay incentivos para una buena gestión y da lo mismo administrar bien o no, ser eficiente o no serlo” (Sánchez, 2004).

Para paliar esta inequidad y en tanto no sea creado un nuevo esquema para el otorgamiento de subsidio con las características deseadas por el PNE, como podría ser un nuevo marco legal para la educación superior (véase Legorreta, 2004), a partir de 1990 se ha venido diseñando e instituyendo un nuevo esquema de modernización de la educación superior (véase Kent, 2005), que para atender los problemas de financiamiento más urgentes estableció un conjunto de programas que tienen en común la asignación de subsidios extraordinarios condicionados al cumplimiento de metas académicas que suponen la mejoría en la calidad de la educación y el desempeño institucional y, eventualmente, mayor eficiencia en el gasto.

En el subsidio ordinario hay un “irreductible” igual al costo operativo del año anterior más un incremento relativo a los servicios personales y gastos de operación que, de acuerdo con Estévez (2002) está implícitamente relacionado al desempeño docente de cada IES (indicadores de desempeño y “adecuación institucional”). En su opinión habría que hacer explícito este sistema de premiación mediante la construcción de “un modelo multivariable de distribución del subsidio” con el fin de “ganar una asignación presupuestaria objetiva y transparente orientada a potenciar y premiar tal desempeño”. Lo que no apunta Estévez y aquí es preciso destacar es que ese incremento adicional al “irreductible” es lo que está en juego y en disputa en un escenario de competencia.

No obstante el propósito señalado en el PNE, no hay a la vista un proyecto de políticas públicas ni un proyecto legislativo para resolver de una vez por todas la asignación del subsidio ordinario. Ante este vacío, la ANUIES (2003) se ha pronunciado por una solución de fondo. La premisa es que el Estado tiene el compromiso de construir “un nuevo modelo” de asignación del gasto federal “que incluya mecanismos que incentiven la mejora de la calidad y la eficiencia, y que permitan disminuir el contexto de incertidumbre que caracteriza el financiamiento de las IES públicas”. Para ello propone que los gobiernos y los congresos asuman un conjunto de compromisos que, entre otros, incluye “distribuir el subsidio federal a las universidades públicas mediante la aplicación de un nuevo modelo de asignación, mismo que actualmente sustituiría al modelo actual”. Sin embargo, la ANUIES no entra en explicaciones detalladas y técnicas de cómo debe ser ese “nuevo modelo”, con qué reglas, cuáles indicadores o cuáles metas tendría que incluir.

En mi opinión, un primer problema se presenta en que después de quince años de reformas en las políticas públicas de educación superior se ha apostado a que los subsidios extraordinarios compensen la inequidad prevalecente en la asignación del subsidio ordinario en lugar de resolverla, lo cual no ha dejado satisfechas a las IES menos beneficiadas con mantener las inercias y tampoco motiva a las más favorecidas a mejorar su desempeño en aquellos aspectos no considerados en las reglas para obtener los subsidios extraordinarios. De allí posiblemente que los resultados de las políticas públicas entre las distintas instituciones sean desiguales (De Vries y Álvarez, 2005) y que la planeación estratégica “no ha producido los beneficios esperados” y que “algunas de las respuestas institucionales más visibles podrían ser catalogadas como reflejos condicionados de un modernismo irreflexivo, un modernismo chato que se limita a implantar los mínimos requerimientos gubernamentales a fin de obtener recursos financieros adicionales” (Kent, 2005).

 

La revancha de la izquierda

El diseño de las políticas públicas modernizadoras tiene como base el supuesto de una autoridad educativa capaz de imponer y garantizar el cumplimiento de las reglas a partir de su capacidad de otorgar el financiamiento; pero el diseño no contó con que esa capacidad iba a ser compartida a partir de que en 1997 el Poder Ejecutivo federal dejó de tener el control de las decisiones en la Cámara de Diputados y en cada vez más entidades y congresos locales.

El periodo de transición del régimen autoritario al democrático —entendido como el de una efectiva división de poderes y un sistema de partidos competitivo— coincide con el de una curva poblacional en la que crece considerablemente la demanda de ingreso a la educación superior (véase ANUIES, 1999), lo cual implica mayor demanda de financiamiento para este nivel de educación, sea para ampliar matriculas en las instituciones existentes o para la creación de nuevas. De modo que, por un lado, aunque se incremente el gasto que se destina a este nivel, en la medida en que crece la matrícula es difícil que se eleve el gasto por alumno; por otro, que los discursos que exigen ampliar la cobertura pueden tener mayor aceptación en un público amplio que aquello que apuntan a mejorar la calidad.

Si bien, como apunta Kent (2005), el esquema reformista promovido por la izquierda resultó “agotado” y una función no explícita de la modernización “consistió en fragmentar políticamente la base del sindicalismo, los movimientos estudiantiles y los partidos de oposición”, puede constatarse que éstos cobran revancha desde nuevas posiciones en el tablero, como jugadores revestidos en roles que antes era de actores antagónicos a ellos.

Mientras las políticas públicas de planeación estratégica dibujaban su máxima expresión en forma de los Programas Institucionales de Fortalecimiento Institucional, líderes de los movimientos estudiantiles de 1968 y 1987 ocupaban importantes cargos en la administración pública —especialmente en el Distrito federal— y en el Congreso de la Unión, a la vez que se realizaba una huelga estudiantil en la UNAM, todos ellos opositores a esquemas de corte tecnocrático como el de la meritocracia y promotores de uno popular y democrático entendido como financiamiento creciente y exclusivo del Estado, incondicionado y cuyo destino sea decidido por las comunidades universitarias (véase Albornoz, 2002).

 

El nuevo escenario paralelo de gestión del financiamiento

El incremento de recursos a la UNAM, la UAM y el IPN en los decretos de los presupuestos de Egresos de la Federación de 2004 y 2005, por ejemplo, puede suponerse como el resultado de la promoción directa de diputados provenientes de movimientos estudiantiles, como Salvador Martínez della Roca, Pablo Gómez e Inti Muñoz, así como del sindicalismo universitario, en el caso de Agustín Rodríguez. De este modo, actualmente la Cámara de Diputados es no sólo independiente a los dictados presupuestales de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, asunto que ha llegado hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sino también en buena medida adversaria a los criterios y reglas de la Secretaría de Educación Pública, antagonismo al que también se suman los diputados de extracción del sindicalismo magisterial.

Sin tomar en cuenta que se trata de un subsidio no distributivo a favor de sectores poblacionales en los deciles de ingresos más bajos sino regresivo, es decir que favorece a los de ingresos medios y altos (López Acevedo, 2000), en un contexto de baja cobertura de la población en edad de educación superior e insuficiente capacidad para atender la demanda, el discurso de la obligación irrestricta del Estado para financiar la educación se ha vuelto el políticamente correcto y toda objeción o moción de condicionamiento se considera incorrecto, las gestiones a favor de los incrementos presupuestales al proyecto que presenta el Ejecutivo tienen amplia viabilidad sin discusión ni análisis.

Desde una perspectiva democrática es precisamente en este espacio donde debe decidirse sobre la asignación de recursos públicos a las IES, pues, como afirma Felipe Martínez Rizo (1999), “es la sociedad la que debe decidir si está disputa a sostener con sus impuestos a los estudiantes universitarios, y la manera de tomar esta decisión colectiva es a través de sus legítimos representantes en el Poder Legislativo”. Pero el problema es que al no haber reglas explícitas, lo que se hace es transponer el esquema de gestión al meritocrático. Al no ser explícitas, se presenta una nueva forma de inequidad puesto que si hay un escenario formal de competencia por los subsidios extraordinarios, el subsidio ordinario sigue siendo otorgado de manera discrecional y puede afirmarse que en algunos casos arbitraria al no considerar el destino del gasto ni la transparencia de su ejercicio. De este modo se traiciona la propuesta de establecer criterios objetivos a favor de la suficiencia, la equidad y la eficiencia del gasto, y la calidad de la educación.

Mientras las políticas públicas apuntan en dirección a la meritocracia, apremian el cumplimiento de metas, el nuevo juego democrático carente de reglas formales crea un nuevo escenario que recompone las practicas de gestión del presupuesto por parte de las autoridades universitarias pero ahora no ante gobernadores o la Presidencia sino ante los legisladores. Por un lado las autoridades universitarias se presentan personalmente ante los diputados en sus espacios de trabajo legislativo, como en las comisiones de Presupuesto y Cuenta pública; de Educación, y de Ciencia y Tecnología, aunque también ante las de Cultura y Vigilancia de la Auditoría Superior de la Federación. Por otra parte, legisladores que a título personal proponen incrementos a la educación superior o a alguna IES de manera específica, dan muestra de un acuerdo establecido previamente en su entidad con alguna autoridad universitaria o que tiene el propósito del lucimiento ante la clase política de su estado.

 

El nuevo empoderamiento de los rectores

El nuevo escenario puede percibirse pero a la vista es borroso: rectores que van y vienen con los legisladores y con documentos en los que solicitan incrementos. Pero otras veces no parece haber encuentros formales y públicos y su resultado sólo logra reconocerse hasta que se publica el decreto del Presupuesto de Egresos de la Federación, el cual en los años recientes incluye anexos con reasignaciones en forma de incrementos de los cuales no hay ninguna justificación para ello en cuanto a la particularidad con que se otorga ni del incremento en sí. El debate acerca de las políticas públicas de educación superior es “profundamente ideológico y político” (Albornoz, 2002). Si el debate es así, las decisiones no parecen de otra índole. Por ejemplo, hay un conjunto de incrementos a las universidades públicas federales y estatales, y a los institutos tecnológicos, no así para las de apoyo solidario ni para las tecnológicas. ¿A qué se debe? No hay explicación alguna de parte de los diputados.

Lo que puede suponerse es que las instituciones con una relación de mayor subordinación ante las autoridades educativas se encuentran en desventaja ante las que pueden actuar con mayor autonomía y renovada proactividad para gestionar incrementos a sus subsidios ordinarios. En este caso, el presupuesto ya no es necesariamente de quien más lo merece sino de quien mejor lo gestiona.

De este modo el poder de algunos rectores se fortalece al seno de sus instituciones ante los órganos de gobierno y los cuerpos colegiados, puesto que se debe a su personal habilidad política el logro de mayores recursos financieros y no necesariamente a los méritos del personal docente ni a los logros institucionales en cuanto a investigación ni por el mejor aprovechamiento de los estudiantes que pueda expresarse en indicadores como la eficiencia terminal o algún otro.

Esta posibilidad queda expresa en la redacción del PEF 2005, que en su artículo cuadragésimo transitorio especifica que los incrementos a las asignaciones de las universidades serán para proyectos “que tengan como propósitos elevar la calidad y fortalecer el desarrollo de las instituciones de acuerdo con las prioridades definidas por las mismas”. La gestión de recursos se convierte así en capital político a favor de los rectores, actividad que será especialmente atractiva para aquellos con miras o planes de aspirar a un puesto de elección popular o de alto nivel en la administración pública.

 

Conclusiones

1. Si el financiamiento ha sido la motivación fundamental para promover las reformas institucionales en la educación superior pretendidas por las políticas públicas, sus resultados no se han logrado como se pretendieron debido a que su diseño ha sido de carácter compensatorio, por medio de subsidios extraordinarios.

2. El nuevo juego en el que las decisiones presupuestales no están dadas definitivamente por el Poder Ejecutivo, que no tiene mayoría en el Congreso ni capacidad de negociación por lo que la Cámara de Diputados, adquiere un inédito papel protagónico como escenario de toma de decisiones en el que participan las autoridades universitarias.

3. Si el gasto ha sido la motivación fundamental para promover política públicas, una vez que se transgreden las reglas formales de su asignación los efectos son imponderables. Las compensaciones no han sido efectivas, de modo que se ha sostenido un juego en el que hay dos conjuntos de reglas en el mismo tablero para jugadores desiguales. Si a esto se añade que la autoridad educativa federal pierde el control de la asignación presupuestal, las políticas públicas tampoco han encontrado los resultados previstos porque aparece este nuevo escenario informal de negociación.

  

Referencias

 Albornoz, O. (2002). “Políticas públicas en la educación superior. Algunas notas sobre el caso mexicano en el año 2002” en Revista de la Educación Superior, México, ANUIES, Vol.  (XXXI), Núm. 119.

ANUIES (2003). Propuesta de lineamientos para una política de Estado en el financiamiento de la educación superior. México, ANUIES.

——(1999). La educación pública en el siglo XXI. México, ANUIES.

De Vries, W. y G. Álvarez (2005). “El comercio de la educación en cuestiones” en Revista de la Educación Superior. México, ANUIES, Vol. XXXIV(2), Núm. 134, abril-junio.

Didriksson, A. (2001). “La insolvencia universitaria” en G. Bertussi y R. González (coords.), Anuario educativo mexicano: visión retrospectiva. Tomo II. México, UPN.

Estévez, J. F. (2002). “¿Quién recibió cuánto y por qué? Un análisis estadístico de la distribución del subsidio ordinario de la SEP destinado a las universidades mexicanas entre los años 1994 y 2000” en Revista de la Educación Superior. México, ANUIES, Vol.  (XXXI), Núm. 122.

Kent, R. (2005). “La dialéctica de la esperanza y la desilusión en las políticas de educación superior en México” en Revista de la Educación Superior, México, ANUIES, Vol. XXXIV (2), Núm. 134, abril-junio.

Kent, R. et al (1998). “El financiamiento público de la educación superior en México: la evolución de los modelos de asignación financiera en una generación” en Tres décadas de políticas del Estado en la educación superior. México, ANUIES.

Legarreta, Y. (2004). “Un estudio de política legislativa sobre la necesidad de una ley de educación superior” en Revista de la Educación Superior. México, ANUIES, Vol. XXXIII(1), Núm. 129, enero-marzo.

López-Acevedo, G. y A. Salinas (2000). “The Distribution of Mexico´s Public Spending on Education”. México, World Bank-Mexico Country Office, Policy Research Working Paper 2404, julio.

Martínez, F. (1999). “La racionalización del financiamiento” en Nueve retos para la educación superior en México. México, ANUIES.

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