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Las imágenes en el nuevo
orden tecnocultural
Muertas las ideologías, lo que transforma a la sociedad es la
tecnología. La infraestructura informática para producir, distribuir y consumir
imágenes en formato digital interviene en nuestra percepción de la realidad y
la construcción social e individual de ella, tanto en la constitución de un
imaginario colectivo global como en la fragmentación de la opinión pública.
La digitalización de las
industrias culturales
Actualmente el consumo cultural
es uno de los elementos más importantes en la definición de nuestras
identidades, el cual está cada vez más determinado por las industrias que
producen en serie bienes simbólicos y los distribuyen por todo el mundo, de tal
modo que son elementos imprescindibles para el funcionamiento de de la sociedad
en tanto su organización depende cada vez más de ellas. Por eso se puede decir
que las industrias culturales son la
infraestructura fundamental para que la publicidad y la propaganda difundan sus
mensajes y cuenten así con la posibilidad factible de lograr sus propósitos
económicos y políticos.
Las industrias culturales,
por lo general, están relacionadas con la explotación comercial del derecho
autoral —como son la editorial, la fonográfica, la radiofónica, la
cinematográfica y la televisora, principalmente—, pero su concepto puede
incluir a todas las que están dedicadas a la ocupación del tiempo de ocio y el
entretenimiento. Este concepto se replantea a la vez que se reinventan los
procesos de producción y distribución de bienes simbólicos, lo que implica la
continua interrelación entre ellas y cada vez más su integración debido a los
procesos de digitalización y las dinámicas promovidas por la mercadotecnia y la
administración de empresas. El proceso de digitalización, es decir, convertir
la información en lenguaje binario, da la clave para definir a las nuevas
tecnologías como tales. Éstas, a la vez que responden a exigencias sociales e
individuales presentes, transforman el entorno.
Lo que caracteriza a este
periodo de historia, de acuerdo con Bill Gates (1995), son los modos novedosos
en que se puede intercambiar y manipular la información, y la velocidad cada
vez mayor a la que podemos manejarla, por lo que la diferencia fundamental que
veremos en la información en el futuro es que casi toda será digital. De modo
que las industrias culturales serán cada vez más la infraestructura de
comunicación de todo el sistema social. El propio Gates dice que entre los
principales cambios que se producirán con la revolución informática, el más
importante será en el modo en que la gente se comunica entre sí. De modo que
las computadoras ya no son concebidas como instrumentos de transformación y
tratamiento de la información, sino como instrumentos de soporte de comunicación
que requieren continuamente la aportación creativa del usuario, y, en efecto,
es cada vez más claro que caracterizan el entorno en que vivimos.
Tres rasgos: la
interactividad, junto con la deslocalización o transterritorialización y la
atemporalidad son características de las nuevas tecnologías de la información.
Estos rasgos tienen implicaciones cruciales en todos los ámbitos de nuestra
experiencia. Dicho en términos del comunicólogo Muniz Sodré (1996: 11): “las
nuevas tecnologías de comunicación transforman el espacio y el tiempo sensibles
al dar la sensación de instantaneidad, globalidad y simultaneidad”.
La producción posindustrial
de imágenes
A estas cualidades relativas
al uso social de la tecnología hay que añadir el efecto que causa el vertiginoso
crecimiento del número y diversidad de usuarios que producen, distribuyen y
consumen bienes simbólicos, lo cual ha ocasionado que cada vez más estratos
sociales y grupos poblacionales con distintas características se incorporen al
sistema global provisto por las computadoras personales y la infraestructura de
internet, así como la televisión por cable o satelital y la telefonía celular.
Esto ha dado lugar a nuevas interacciones y formas de socialización, como las
comunidades virtuales: grupos de personas que comparten un interés y que
utilizan las redes informáticas como canal de comunicación barato y cómodo
entre individuos espacialmente dispersos y temporalmente no sincronizados.
La multitud de medios de
comunicación, canales de información y bases de datos ahora disponibles
facilita la heterogeneidad y pluriculturalidad de las sociedades modernas y en
proceso de modernización. Se trata de lo que diversos autores denominan como nuevo orden tecnocultural, que al
referirse a sus aplicaciones en internet puede llamarse cibercultura. Uno de
ellos, referido líneas arriba, Muniz Sodré (1996: 9-11), define tecnocultura
como el campo de comunicación que tiene su instancia de producción de bienes y
la impregnación del orden social por medio de "dispositivos maquínicos".
Las imágenes ya no se definen por industrias culturales ni por "un
destinatario público de masas". Es decir, Sodré deja ver que está rebasada
la noción de industrias culturales propia de la sociedad de masas del modo de
producción industrial, pues en la sociedad informatizada las imágenes se
definen por “dispositivos maquínicos” operados individualmente.
Distribución y consumo
personalizado de imágenes
Llevamos las imágenes y
sonidos con nosotros a todos lados en lo que ahora se viene llamando como gadgets: dispositivos personales
portátiles que permiten su adquisición y almacenamiento, o su envió y
recepción, como teléfonos móviles y cámaras digitales; que pueden ser
fotografías, videojuegos, programas de televisión, películas y música, principalmente.
Imágenes que consumimos, pero que también producimos y compartimos cada vez
más: allí está una multitud de individuos en las calles y en infinidad de
espacios y situaciones tomando fotografías o videos con teléfonos celulares
cuyo precio se reduce progresivamente en pocos meses en relación con la calidad
que permiten sus capacidades técnicas. Proliferan también espacios gratuitos en
internet, para que puedan ponerse a disposición de millones de usuarios de muy
diversos lugares del mundo: YouTube, Blogger, Photobucket, Hi5, MySpace,
etcétera.
El video de Edgar —un
mozalbete sin fama alguna hasta entonces, que en menos de treinta segundos dice
“güey” más de una decena de veces junto con varias palabras altisonantes antes
de caer a un riachuelo— fue visto en YouTube casi 300 mil ocasiones en tres
meses (de mayo a julio de 2006). Casi tantas como el número de espectadores a
las salas cinematográficas el fin de semana del estreno de Zapata (Alfonso
Arau, 2004), la película mexicana más cara en costos de producción —10 millones
de dólares—, ampliamente publicitada y con los ídolos populares Alejandro
Fernández y Lucero como sus protagonistas. Asimismo, el video Evolution of
Dance, de una duración de seis minutos, fue visto más de 31 millones de veces en
menos de cuatro meses (de abril a agosto de 2006), realizado por su
protagonista, el comediante Judson Laipply, y puesto a disposición en YouTube
por él mismo.
La globalización de los
imaginarios colectivos
Cadenas como CNN se
convierten en actores clave para la política, a tal grado que las relaciones
internacionales y el gobierno interior de los Estados tienen que actuar con
responsabilidad de cara a la opinión pública que monitorea en vivo y en directo las 24 horas del día en cualquier
parte del mundo las decisiones y los procedimientos de los gobiernos. La
televisión por cable o por satélite se convierte así en un instrumento
indispensable para infinidad de gobiernos, organizaciones de la sociedad civil,
organismos internacionales, instituciones financieras y compañías comerciales.
Lo sabemos bastante en México: la difusión de una noticia que insinúe la
posibilidad de inestabilidad política al interior de un país, se convierte
inmediatamente en causa de retiro de capitales.
El caso es que el tratamiento
de la política interna está cada vez más sujeto a la vigilancia de esa opinión
pública internacional (global). Las referencias a violaciones a derechos
humanos, por ejemplo, pueden tener costos políticos importantes, como
condiciones para obtener créditos con organismos financieros internacionales.
Los fraudes electorales, la corrupción de funcionarios públicos o la mala
gestión de un gobierno son fenómenos observados (vicariamente) y censurados en
muy distintas partes del globo, lo cual puede influir o decidir el destino de
gobernantes y gobiernos a partir del juicio que se han formado de un fragmento
de la realidad dado a conocer mediatizadamente.
Un aspecto más que debemos
considerar, es que internet se presenta como una oportunidad de nuevos espacios
democráticos e igualitarios, en el que grupos marginados o excluidos han
encontrado un vehículo para superar las barreras sociales, legales y espaciales
que los limitan, para dar paso a relaciones interpersonales que superan
prejuicios, censuras, barreras físicas y psicológicas que reprimen en muchas
ocasiones la espontaneidad y autenticidad de la expresión.

La fragmentación de los
imaginarios colectivos
Si se entiende el clima de
opinión como un conglomerado de circunstancias guardadas en la memoria colectiva
que son decisivas en la respuesta de un grupo, esta memoria colectiva se
configura ahora de manera fragmentada en distintas sociedades. A modo de nichos
de mercado cada vez más delimitados, hay también nichos de opinión diferentes
en cuanto a su entorno próximo, pero similares a algunos en otras regiones del
globo. Si bien prevalecen los diarios con tiraje y distribución masiva —propios
del modo de producción industrial—, encontramos ahora revistas y diarios cada
vez más especializados en distintos temas —incluyendo fanzines y comics—, así
como portales y sitios en internet, tales como finanzas, fisicoculturismo, nutrición,
esoterismo, religión, deporte, música, moda, por citar algunos, de los cuales
se derivan a su vez una amplia gama de particularidades, subtemas o subgéneros.

La mente colectiva de un
grupo está afectada por un clima de opinión que le sirve como marco de
referencia para asimilar, interpretar y digerir los mensajes que recibe.
Representa un complejo de factores políticos, sociales y psíquicos que
concurren en la formación de opinión y asumen roles influyentes en el proceso
de retroalimentación. Podemos afirmar así que estamos ante una nueva memoria
colectiva, a través de la cual cada uno percibe en forma matizada su propio
paisaje de la globalidad.
La memoria colectiva grupal
ha sido alterada por los medios y sus mensajes globalizados, por la selección
individual del consumo. Los referentes particulares dan distintos significados
a consumos particulares. Es decir, las colectividades ya no se encuentran en
espacios próximos topográficamente, sino próximos simbólicamente, de
manera atópica o en el ciberespacio. Mayor número de medios y mensajes y
mayores oportunidades para elegir el consumo, producen una fragmentación de la
opinión pública homogénea característica de la era industrial.
Esta nueva opinión pública
hipermediatizada arroja, a la vez, consecuencias no sólo en la múltiple
representación de la realidad, sino también en la múltiple imaginación de la
realidad en las audiencias. Los contenidos de sus mensajes frecuentemente son
leyendas urbanas (urban legends),
rumores, imágenes trucadas o modificadas, o la llana falsedad enmascarada como
noticia o verdad comprobada, que con frecuencia se trata de batallas mediáticas
en campañas electorales, rivalidades de empresas o marcas que compiten por un
mismo nicho de mercado, o cualquier otro agente que tiene interés en influir en
la opinión pública en un sentido u otro.
Ya no son los temas de los grandes debates sobre la mejor
forma de gobierno, el mejor sistema económico ni la apología de movimientos
artísticos, religiosos o literarios lo que configura el debate de las
cuestiones de interés común, son los patrones de consumo los que configuran la
opinión pública y no las ideologías. Tenemos entonces una opinión pública
expectante de los debates de acusaciones mutuas entre candidatos a ocupar
puestos de elección popular, consumidores que deben elegir entre una u otra
marca de refrescos que se retan, un público que vota por escuchar una canción
en lugar de otra, que paga por medio de llamadas telefónicas por la permanencia
de uno u otro participante de un reality
show, que exhibe sus miserias o desgracias familiares en talk shows, o es víctima involuntaria de
programas de “cámara escondida”.
Referencias
Gates, Bill (1995). Camino
al futuro. México: McGraw Hill.
Martín Serrano, Manuel
(1994). Teoría social de la comunicación. Madrid: Alianza, segunda
edición.
Sodré, Muniz (1998). Reinventando
la cultura. Barcelona: Gedisa.
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