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Todos quieren con Huntington

Varios autores, Otro sueño americano, México, Paidós, 2004

 

Los narcisos de la academia han hecho de Samuel P. Huntington la Blanca Nieves de sus diálogos con el espejo. No soportan su éxito. Y no lo soportan porque se consideran superiores a él. Lo peor no es que sientan rabia por ello, sino que no demuestren la superioridad que pretenden.

Otro sueño americano, coordinado nominalmente por Fernando Escalante Gonzalbo, está escrito y publicado evidentemente al vapor, con el objetivo mercadológico de colgarse lo antes posible del éxito en ventas de ¿Quiénes somos? (Paidós, 2004) y la multitud de referencias a Huntington, su autor, en medios de comunicación y espacios académicos. A lo largo de noventa páginas, los cinco minicapítulos o artículos y el prefacio van de la ironía a la descalificación y la vacilada, reiterando la “ignorancia” de Huntington y recriminándole que sea un “chapucero” en cuanto a la demostración de su tesis, la cual afirma que los migrantes mexicanos a Estados Unidos amenazan la identidad cultural angloprotestante de ese país.

El texto de Claudio Lomnitz, en “Por amor a la patria”, hace una reseña de Quienes somos, con tantas ironías como citas hay en cada párrafo. Él mismo reconoce su falta de seriedad al recapitular: “quisiera concluir este comentario en un tono más serio”. Sus contra argumentos a Huntington son simples suposiciones. Por ejemplo, para demostrar que Estados Unidos y México se influyen recíprocamente, dice: “ambos países se han beneficiado con la relación… los norteamericanos hoy tienen que aprender español para hablar con sus jardineros en California o para hacer negocios en Miami, lo mismo que los mexicanos en México tienen que aprender inglés”.

Por su parte, Carlos Arriola, en “El nacionalcristianismo de Huntigton”, señala que el análisis de Huntington se centra en datos duros y pruebas empíricas, los cuales están elaborados y presentados de manera tendenciosa, de acuerdo con lo que previamente decidió comprobar. Nos deja ver que una tesis como la de Huntington posee graves deficiencias metodológicas y que soslaya la importancia de los valores ilustrados en la conformación de la identidad norteamericana y se concentra en los valores protestantes como los definitorios de ella. Arriola tiene el acierto de ir al fondo del tema de la identidad estadounidense, y plantea tres problemas para poder definirla: Estados Unidos no conoció la unicidad, es decir, nació con la modernidad; posee una pluralidad religiosa y étnica desde su origen, y su historiografía ha sido autocomplaciente, o sea, que soslaya los conflictos internos. Aunque esgrime buenos argumentos como estos, se trata de un texto muy breve, tomando en cuenta que dedica la mitad de su espacio a reseñar los desafíos a la identidad norteamericana según Huntington y a un apéndice referente un escrito de Baudelaire sobre Edgar Allan Poe, totalmente prescindible. (¿Un artículo con apéndice?)

Marco A. Alcázar, en “El ideólogo en su laberinto”, considera que luego de que Huntington identificó a la civilización islámica como el enemigo externo de Estados Unidos, en esta ocasión señala a los inmigrantes mexicanos como un enemigo dentro de sus fronteras. Él mismo reconoce que “los analistas mexicanos y hasta algún escritor peruano” han esgrimido argumentos que “no logran desmentir los datos que utiliza Huntington”, y en lugar de ello enfatizan “lo endeble y tramposo de las conclusiones que extrae de ellos”.

Mauricio Tenorio desarrolla el subgénero de la crítica vaciladora al comparar los argumentos de Huntington con la destreza del futbolista Ronaldo para engañar a sus rivales. De allí el título de su artículo: “Ronaldinhas identitarias, lindas pero peligrosas”. Antes de su lectura, yo pensaba que se le decía ronaldinha a las novias del centro delantero de Real Madrid, Ronaldo, pero gracias a este historiador aprendí que se le llama así a “una pirueta peligrosa” que ejecuta Ronaldinho del Barcelona F.C., por la que “el defensor queda hipnotizado”. Además de la originalidad de su analogía, la replica de Tenorio a Huntington es de una solidez filosófica incuestionable: “México y Estados Unidos, pues, son la misma historia y no hay ninguna diferencia ontológica entre ellos… No hay ninguna diferencia entre un médico de Dallas y uno de Monterrey”. Así es esto de la ontología: Mauricio Tenorio, Samuel Huntington y todos sus lectores somos ontológicamente lo mismo (personas). No hay diferencia ontológica entre un académico de Harvard y uno del CIDE. Pero en lo accidental de nuestra contingencia, Tenorio se refiere continuamente a Huntington en segunda persona del singular, como si fuera a leerlo: “No padezca, profesor, no es cierto”, “easy my professor, no problem”, “no profesor, no padezca, no pasa nada”, “aprovechando su propia ignorancia, la suya, profesor Huntington”, “Ronaldinha retórica pura y fea, profesor Huntington, muy fea”, etcétera.

Por último, Fernando Escalante Gonzálbo, en “The sound and the fury”, califica a ¿Quiénes somos? como “una rara encrucijada entre la literatura de divulgación, la investigación académica y el panfleto”. Crítica a Huntington por considerar el aspecto cultural como el que define la identidad, y le reprocha que haya omitido en su caracterización de Estados Unidos “cualquier rasgo de estructura social: no habla de las formas económicas ni del sistema jurídico o de las posiciones de clase, no habla del régimen de propiedad ni de los arreglos constitucionales ni de las prácticas políticas”. Habría sido muy interesante que Escalante hubiera expuesto esos rasgos, en lugar de limitarse a señalar su omisión.

En vez de demostrar cómo sí se hace una obra con una solidez académica incontrovertible que merezca el estatuto de científica, Otro sueño americano está escrito con más tripas que neuronas, y su réplica a ¿Quiénes somos? es de tal vulgaridad que si no fuera por los logotipos y la página legal no creería que se trata de una obra publicada por Paidós, pues está muy, muy por debajo de los libros que poseo de esta editorial, de autores como Jeremy Rifkin, Christopher Lasch, Alain Touraine, Nestor García Canclini, Robert Dahl, Norberto Bobbio y, por supuesto, de Samuel Huntington. Lástima.