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¡Viva las Vegas!
Bruce Bégout, Zerópolis, Anagrama, 2007

“Babilonia de artificios”, “no ciudad”, “la primera ciudad
anarquista de la historia”, “capital de la exageración”, “ciudad
superficial y hueca”, “ciudad pascaliana” son algunas de las maneras
en las que el filósofo francés Bruce Bégout se refiere a Las Vegas,
patidifuso permanentemente durante su visita a ella. Opta, sin
embargo, por titular a este libro Zerópolis, es decir,
“nulidad que se hace número”.
Escrito a caballo entre libro de viajero y ensayo, acaso por lo que
Zerópolis pueda valer la pena es por observar que Las Vegas
“encarna la utopía en sus dos formas esenciales”: porque es la
ciudad “donde todos los deseos pueden realizarse”, en la que se
puede gozar de diversión permanente en el marco de una arquitectura
temática y con la ambientación que propicia “la infantilización
constante de sus ciudadanos y de sus huéspedes”, manifiesta en sus
atuendos y comportamientos; y porque al mismo tiempo les garantiza
una seguridad total, “una estricta reglamentación del espacio
confiere a esa satisfacción perfecta una certeza total de no ser
trastornada ni interrumpida”, la cual también da lugar a la
“arquitectura de autodefensa” de las gated communities. No
obstante estas cualidades utópicas, “una vez se deja atrás el barrio
de los casinos y los hoteles, Las Vegas se parece a cualquiera otra
ciudad norteamericana”.
Bégout
advierte que cualquiera que escriba sobre Las Vegas corre el riesgo
de aparecer como “aguafiestas”, que en medio de la celebración
pronuncia un discurso insípido, y, en efecto, eso es lo que le pasa
a él. Cada línea de su libro es pretenciosa, salpicada de adjetivos
y descripciones cursis, artilugios que no abonan a enriquecer la
reflexión ni los argumentos. Si con eso basta para resultar
chocante, lo hace por completo cuando se refiere a los visitantes a
Las Vegas como si fueran sus inferiores intelectuales y morales,
porque esta ciudad, según él, “logra siempre seducir de nuevo a los
humildes y a los incautos, a los derrochadores y a los canallas”, no
a él, por supuesto, que no deja de consternarse donde los demás se
divierten, que escribe, así, en plural: “no podemos evitar
experimentar un profundo sentimiento de malestar”, por “la pobreza
de la experiencia vivida”, la de haber echado una moneda en una
spot machine.
A lo chocante del estilo hay que advertir sobre su defecto
argumentativo: señala “la indigencia cultural, social y estética”
que asoma en Las Vegas, como si fuera un rasgo característico, pero
no reconoce la universalidad de éste (no es falseable), que, por
cierto, puede encontrar en toda su crudeza en Saint Dennis, al norte
de París, y hay que ver la cantidad de rufianes y mamarrachos en sus
calles céntricas que le faltan al respeto a las damas como jamás
podrá verse en Las Vegas, sin que quedase impune una bajeza así.
Casinos y gente enajenada en las máquinas tragamonedas los puede
encontrar en Mónaco, entre una “hemorragia de luces y espectáculos”.
Casi
todo lo que señala de Las Vegas se puede hallar en París, que con
todo y su arquitectura imperial y sus museos exultantes, la educada
ciudadanía francesa se entrega irracionalmente al fútbol televisado
y las compras de ropa en Les Halles o
Champs-Élysées.
Que si Las Vegas es “utópica”, pues para quienes vivimos en países
pobres lo puede ser tanto o menos que París: majestuosa y ordenada.
Por si fuera poco, y hablando de infantilización y artificio, está
Disneyland Resort Paris, con sus dos parques temáticos, un centro
comercial y siete hoteles oficiales de Disney, toda una Zerópolis.
En suma, un libro y un autor nada recomendables.
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