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Crónica de una Santa Muerte Anunciada

“Jueves exorcismo”, “viernes presos” y “lunes cerrado” es parte de
lo que puede leerse en el listado de “horarios de servicio” pintado
en la fachada del “Santuario Nacional del Ángel de la Muerte”, casa
conocida comúnmente como Iglesia de la Santa Muerte. Pero esta vez
luce diferente: la vitrina de La Santa está vacía. En el interior,
igual: las efigies de ella no están en sus altares porque han sido
montadas sobre sendos toldos de automóviles para acompañar la
procesión de los parroquianos al Zócalo capitalino.
Son las 11:40 de la mañana cuando nos encaminamos por la calle
Héroes de Nacozari con el coro de “Se ve, se siente, La Santa está
presente” y una porra. Los devotos visten de blanco, al menos en la
camisa. Llevan globos del mismo color, como muestra de que no acuden
a una guerra santa, sino a una manifestación pacífica. No llegan a
trescientos los efectivos —contantes y sonantes— con los que cuenta
el obispo David Romo y su Iglesia, no los cinco millones a nombre de
los cuales pretende hablar (luego algunas fuentes periodísticas
citarían en doscientos el número de asistentes).
Como buen pastor, Romo encabeza a su rebaño al marchar en la
vanguardia. Metros atrás, una manta dice: “Exigimos respeto a
nuestra fe / Rechazamos represión en contra de la Santa Muerte / La
Constitución nos ampara con la libertad de culto / Iglesia Católica
Tradicional Mex - USA”. La mujer que coordina la procesión ordena
constantemente que nadie se ponga delante de la manta. Tiene sentido
su exigencia, porque es la manera más fácil de que la prensa capte
este propósito.
Aunque poco numerosa, la procesión tiene mucha fuerza expresiva
gracias a las imágenes de La Santa. Las que estaban en los altares
son un par de efigies de talla humana vestidas o cubiertas con
túnica blanca y manto morado ceñido por una corona. El rostro de
ambas es el de un cráneo. Una más es la de “El Ángel de la Muerte”,
versión amigable de La Santa por tener la cara de un maniquí
común y corriente y una peluca. En la retaguardia, una camioneta
lleva en lo alto una imitación de La Piedad, pero en vez del rostro
de la Virgen está el de La Santa (un cráneo). Otros vehículos
acompañan la procesión con efigies pequeñas, traídas de sus casas, y
adornados con globos blancos.
Damos vuelta a la izquierda en Avenida Circunvalación para seguir
sobre el carril derecho. Muchos llevan a su Santa abrazada con mucho
cariño. Las hay de todos colores y con variados adornos. El coro
repite: “Somos creyentes. No somos delincuentes”. Parece que dicen
la verdad: el ambiente es familiar, con niños pequeños, algunos de
brazos, y varias mujeres de la tercera edad. No hay grafiteros ni
provocadores ni demás vándalos. No hay injurias ni faltas de
respeto.
Pasamos por La Merced y el padre o diácono que asiste a Romo anima a
la grey: “Aplaudir, aplaudir. La Santa ya está aquí”. Desde que
partimos nos acompaña una veintena de fotógrafos y camarógrafos. Los
documentalistas extranjeros están extasiados con tanto folclor. La
verdad es que hay algo de espectacular y surrealista. De una
Windstar con La Santa amarrada al maletero se asoma por la
ventanilla abierta del lado del copiloto un sonriente perro blanco,
acalorado y con la lengua de fuera, que sólo puede causar simpatía.
Damos vuelta a la derecha sobre San Pablo y varios trabajadores de
la lente devoran con sus cámaras a las jovencitas en minifalda que
tratan de refugiarse entre los comercios o al menos dan la espalda
para resguardar sus rostros de ellas, mientras Romo atiende a una
reportera de Cadena 3.
Son como las 12:30 cuando estamos sobre la calle 20 de Noviembre en
dirección al Zócalo. En un alto, un policía se para delante de la
camioneta que va a la retaguardia. Junto con dos de sus compañeros,
apuntan y disparan en repetidas ocasiones a La Santa, pero no con
sus armas de cargo, sino con sus teléfonos celulares. Tal vez
también tengan un altar en sus respectivas casas. El entusiasmo
crece y los coros de las consignas no menguan: “El devoto unido,
jamás será vencido”.
La
procesión pasa frente a Palacio Nacional sobre la Plaza de la
Constitución. Ahí llega un montón de fotógrafos que llevaban horas
esperando “a los muertos”. Damos vuelta a la izquierda casi a la
altura de la calle Moneda. En ese momento, si uno se fija, la
iconografía de la muerte aparece por doquier. A unos pasos, los
prehispanistas danzan junto a un dibujo de Tezcatlipoca, señor
del fuego y de la muerte. Junto a los que hacen “limpias mexicas”,
otros venden artesanía, entre las que hay pequeños cráneos de
cerámica. Al fondo están las ruinas del Templo Mayor con su
Tzompantli o muro de calaveras. Debajo, en la estación Zócalo del
Metro, una vitrina invita al Museo de la Caricatura a ver la obra de
José Guadalupe Posada. Está ilustrada, precisamente, con el dibujo
de una calavera. (Por cierto, la Catedral también es un mausoleo). Y
justo en la esquina, en el puesto de periódico cuelga la revista
Milenio con la Santa Muerte vestida de rojo en la portada, entre
diarios con encabezados que, como todos los días, refieren a
ejecuciones y otros crímenes sangrientos.

Cuando la campana de la Catedral Metropolitana marca la 1:00, la
camioneta en punta se detiene enfrente de la entrada principal con
precisión cinematográfica. Es la oportunidad para la mejor foto: con
La Santa delante del edificio más representativo de la
institucionalidad eclesial católica. A cuadro, las torres enmarcan
su rostro esquelético y encima ondea la bandera de México, mientras
los devotos corean: “Norberto: entiende, mi fe no se vende”. Atrás
de ella, un enjambre de micrófonos y grabadoras rodean a monseñor
Romo, quien tiene más poder de convocatoria entre los medios de
comunicación que entre los devotos de la Santa Muerte. Su fuerza
radica en sus habilidades mediáticas, en su capacidad para dar la
nota a la prensa, en provocar a rivales de peso completo (la
Arquidiócesis de México). El resultado es que para cada Santa y su
portador hay un fotógrafo o camarógrafo.
Es
la 1:30 cuando la procesión y los profesionales de los medios se
encamina al centro de la plancha. Justo a un costado del asta, Romo
sube cuatro o cinco escalones de una pequeña estructura metálica a
la medida de sus necesidades para la prédica. A su espalda, el
Palacio Nacional. Allí lee, en su lap top, un extenso
documento que condena la prohibición del culto a La Santa en Oaxaca
y la destrucción de altares en el Norte del país. El discurso es
netamente moderno. Podría asegurarse que progresista, que alude al
estado de derecho y valores del liberalismo. Al final, lo
inesperado: da la nota dentro de la nota, pues anuncia que
solicitará licencia para dejar el ministerio religioso y buscará
ocupar próximamente un asiento en el Congreso como diputado. Al cabo
que oficialmente no es ministro de alguna asociación religiosa.
Son las 2:00 cuando los pocos devotos que aún permanecen acompañan
de regreso a su líder para dejar de nuevo las efigies de La Santa en
sus altares. La mayoría se retiró antes, seguramente fundida por el
calor y los efectos abrasadores del sol, o por el cansancio. La
Santa estuvo presente y volverá a estarlo.
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