Ya se sabe que la
decepción es una experiencia universal que forma parte de la
condición humana. También, que cuanto más aumentan las
exigencias de mayor bienestar, “más se ensanchan las
arterias de la frustración”. Lo que agrega Gilles Lipovetsky
es que la sociedad hipermoderna “se caracteriza por
la multiplicación y alta frecuencia de las decepciones”,
tanto en lo público como en lo privado. Su tesis es
sencilla: la pobreza del pasado era absoluta y distinta a la
actual, en la que todos aspiran a participar del consumo.
Ningún grupo social está a salvo de ello, puesto que la
responsabilidad respecto al éxito o al fracaso ha pasado a
cada individuo y “todos distan de estar a la altura de sus
ambiciones”
La sociedad de la
decepción es una entrevista a Lipovetsky realizada por
Bertrand Richard. En ella está su reflexión presente sobre
los temas de los que se ha ocupado desde hace 25 años: el
hedonismo, el (hiper)consumo, la (hiper)modernidad, el
individualismo y el liberalismo. En realidad son los temas
de la filosofía de toda la vida: el placer, el tedio, el
hastío, la búsqueda de la felicidad…
La entrevista, dividida
en tres partes, trata primer sobre la decepción en relación
con el hedonismo; en la segunda con la política,
específicamente respecto a la democracia; y en la tercera
con el consumo y la esperanza. Pero cuando habla sobre estos
temas no hace interpretaciones moralizantes ni metafísicas.
Está muy lejos del tono amargo, melodramático y lacrimógeno
de los intelectuales de moda y los que pretenden ser sus
alternativos. Basta encender el radio o la televisión, casi
a cualquier hora y en cualquier canal, y aparecerá un
intelectual haciendo juicios de valor de cualquier cosa o de
todo, dramatizando con sus preocupaciones y predicando
lecciones de moral. Abre uno el periódico y es lo mismo. Por
eso siempre resulta un alivio leer a Lipovetsky, porque lo
que él quiere, y hace, es “teorizar una realidad plural,
polidimensional”, “explicar las lógicas que orquestan las
transformaciones del presente social e histórico desde una
perspectiva a largo plazo”.
Comienza por exponer un
conjunto de evidencias sobre el fenómeno: la escuela es el
centro de la decepción por haber perdido su capacidad de
garantizar la movilidad social ascendente; decrece el
sentimiento de pertenencia a una nación; la expectativa
respecto al futuro es que será peor al presente. No
obstante, las sociedades hipermodernas, liberales,
individualistas, le atribuyen y reconocen un muy alto valor
a la búsqueda personal de la felicidad, por lo que se puede
ser a la vez optimistas o pesimistas, sin contradicción,
“todo depende de la esfera de la que se hable”.
El hedonismo “ha
perdido su estilo triunfante”, también llega a decepcionar.
Interesan más las relaciones afectivas o amorosas, que el
placer de numerosas experiencias sexuales con diferentes
personas. La revolución sexual ha dado de sí todo lo que
podía y no ha sido poco. Por eso hay que olvidar el lugar
común de que las relaciones comerciales fagocitan todas las
dimensiones de la vida. Las desilusiones son mucho más
afectivas que políticas o consumistas. Nos decepcionamos más
de las relaciones con las personas que con todo por la
importancia que les damos.
Si bien, en general,
“el consumo engendra más satisfacciones que decepciones”,
decepcionan más los bienes no duraderos —“productos de
sentido” como películas, conciertos, novelas, y arte—, y
decepcionan menos los bienes duraderos, aunque no sean los
más caros. “En materia de placer” lo más importante “no es
el precio de las cosas, sino el cambio que operan en nuestro
marco de vida”.
En la política, como en
la religión, proliferan las creencias sin afiliación
institucional. “La democracia liberal es estructuralmente
inseparable de la decepción”, las evidencias están en el
voto de castigo, el abstencionismo y la despolitización. El
ciudadano se ha hecho análogo al consumidor. Es un “votante
a la carta”, que lo hace irregularmente y se moviliza cuando
le apetece, resultado de que “el sentido de la vida se busca
y se encuentra ahora donde no está la política”. No se trata
de cambiar la sociedad, sino de vivir mejor en el presente.
No es desinterés por la cosa pública, sino demanda de
políticas concretas, próximas a las necesidades y
preocupaciones inmediatas de los ciudadanos, especialmente
en cuanto a derechos humanos, la paz, la protección de
ambiente y la educación. Si bien hay una considerable
desafección por la política, la democracia goza de cabal
aprecio y ha vencido a sus enemigos, puesto que “se impone
como valor absoluto y no negociable”, de modo que es la
“condición política de los demás bienes”.
Como fenomenólogo y no
como predicador, Lipovetsky deja claro que “los hechos no
confirman los temores respecto al consumo”. Enumera
evidencias de que:
-No destruye los
referentes morales.
-No transforma a las
personas en borregos
-No socava los valores
democráticos ni humanistas.
-No domina todas las
dimensiones del deseo (como aprender, investigar,
reflexionar, crear y ayudar).
-En el funcionamiento
del hiperconsumo hay mucho más liberalismo que en todas las
actitudes de los movimientos antipublicidad.
-Los medios de
comunicación no hacen peligrosa la sociabilidad, sino que
facilitan la búsqueda e invención de nuevas relaciones
interpersonales.
Parece uno releer al
maestro Bell cuando Lipovetsky afirma: “la invención de la
píldora o de Internet ha cambiado más el mundo y nuestras
vidas que las consignas trotskistas”.
Gran libro del maestro
Lipovetsky que merece cinco estrellas. Es breve, de esos con
tamaño de fuente grande. Se lee rápido por su breve
extensión y sencilla redacción, pero no es recomendable a
militantes ni a predicadores que busquen conformarse con sus
prejuicios, puesto que “ni siquiera los fanáticos rechazan
acéticamente los placeres del consumo”.