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Inland Imperio
Rocío Cerón,
Imperio, Comalcalco: Ediciones Monte Carmelo, 2008

Es un libro tan bueno
que no entendí de qué trata. Puesto que el oficio de poeta tiene
como condición la afiliación o membresía a uno u otro club (o
logia), su trabajo ha de ser el de diferenciarse de los profanos, en
constituirse en miembro de una sociedad iniciática, en la que se
participa por medio de señales de paso y en ritos que corresponden a
una liturgia. Contemporáneamente, un poemario sólo puede ser mejor
en tanto más esotérico sea, cuanto más deliberadamente esté dirigido
a un grupo de lectores que en realidad son sus colegas: el lector de
poesía (escrita por otro) es primordialmente un poeta (escritor de
poesía). Tal como hace el artista contemporáneo, escribir poesía y,
lo más importante, representarla o performarla
dramatúrgicamente en un escenario (casi exclusivamente delante de
sus colegas), es primordialmente un ejercicio de diferenciación
respecto a la masa de los no poetas y ostentación de una adscripción
estilística o de corriente.
Para uno que es lector
ordinario, lector de El Universal Gráfico y televidente
habitual de Televisa, leer Imperio es como querer entender
las películas de David Lynch, entenderlas con la lógica para
resolver problemas que aprendió uno en la escuela elemental de
gobierno, con el libro Alfa de matemáticas en el mejor caso.
Y acaba uno por no entender. Seguramente que no se trata de entender
lógicamente, sino de experimentar sensaciones, imaginar (recrear
imágenes), de alterar el estado de consciencia o simplemente dejarse
llevar por la materia y la forma poéticas. De no ser así, desde mi
lectura, Rocío Cerón ha creado una obra hermética, impenetrable,
inexpugnable.
Su epiloguista me
resulta también incomprensible. Manifiesta, me parece que con
preocupación o consternación, que el libro de Cerón es algo así como
un ejemplo de la “lucha de las palabras contra su agonía”, “de los
significados contra la no significación”. Tal vez sea un problema
importante para algunos poetas, pero desde fuera no hallo ninguna
agonía. Al contrario. Este país agoniza, con la mayor parte de su
población, pero no las palabras ni sus significados: la mexicanísima
palabra chingar, por ejemplo, conserva vigorosamente los
significados de sus acepciones. Por cierto, tal vez nunca se habían
publicado tantos libros de poesía como en los días presentes y,
sobre todo, nunca antes se había leído tanto en público.
Aún sin entenderlo,
Imperio resulta una muy interesante lectura, en la que se
disfruta el despliegue del lenguaje — que obliga a recurrir al
diccionario de vez en cuando—, la construcción de bellas frases,
manifestaciones de sabiduría (con un dejo de pesimismo) que parece
resultar de la observación: “los hombres son sombra, la fe,
guillotina”, “el mundo es la escisión entre el estar y lo abisal”,
“Toda fe es humareda, grito que se pierde en la ciudad de arena”,
por ejemplo. El imperio del que escribe Cerón parece un escenario
postapocalíptico, como el de esas películas futuristas antiutópicas,
en las que siempre es de noche y cae permanentemente una ligera
lluvia, en las que se ven fogatas entre los callejones, habitados
por seres lastimosos o amenazantes, donde se escuchan continuamente
sirenas; barrios derruidos en los que se han colapsado los sistemas
y hay un permanente riesgo de muerte violenta.
Sin poder descifrarlo,
sometí Imperio a un análisis de discurso. Derramé entonces la
tinta de mi pluma de gel rojo sobre sus cinco partes hasta
desmembrarlo y desentrañar su treintena de poemas. Descuartice cada
uno de ellos y colgué sus retazos de distintos modos hasta que hallé
uno al gusto de mi entender. Según éste, la poesía de Cerón
se compone de cuatro ingredientes que pueden reconocerse en casi
todos y cada uno de sus poemas:
1.- “Cuerpo” o parte
del cuerpo (“huesos”, “mano”, “lóbulo”, “senos”, “pié”, “ojos”,
“brazo”, “párpado”, “rostro”, “pecho”, “frente”, “hombros”, “nuca”,
“piel”, “muslos”, “sangre”, “carne”, etcétera).
2.- Elemento de la
naturaleza: “fuego” (“incendio”, “braza”, “llamarada”, “hogueras”,
“humo”), “agua” (“humedad”, “vapor”) “tierra” (“lodo”, “fango”) y
“viento” (“aire”), así como algunos otros de índole climática
(“frío”, “helado”, “invierno”, “rayo”, “relámpago”, etcétera).
3.- Situación o
condición dramática: “[hijo] muerto estragado por la fe”, “carcomida
por el tiempo”, “trasvasa el espanto”, “se hunden clavos”,
“abandonado por la profecía”, “yerras, caes a tumbos”, “sepultada a
la fuerza”, “fragor de hambre”, “humo intoxicado”, etcétera.
4.- Lugar que se
habita.- “habitación”, “casa”, “casa de estancia”; su macrometáfora:
“patria” o su micrometáfora: “este cuerpo”, uno mismo, etcétera.
A estos elementos se
agrega una modalidad (o vicio) que parece característica de algunos
(o muchos) estudiantes, docentes y, especialmente,
científicos-creadores de la literatura y de “Letras”, al que llamo
obsesión gramatical o fetichismo letrístico, que se
manifiesta en escribir de cualquier cosa o tema y meter a fuerza la
clase de gramática o de lingüística, que parece el regocijo en hacer
metáforas con el abecedario y la escritura. Por ejemplos: “caen el
sustantivo y su forma”, “las manos son forma y la forma sustantivo”,
“la palabra— es un acto pasajero”, “se ocultan los rastros del
lenguaje”. Otra manifestación de esta modalidad es la que llamo
discurso de metaescritura, o sea, escribir que se escribe, como
soñar que se sueña o decir que se dice. Ejemplo: “escribo sólo con
la tinta de estas letras que me nombran”.
Apliqué el análisis de
discurso a todos los poemas con resultados similares en cada uno.
Véase un ejemplo correspondiente a un fragmento del poema que lleva
por título “Piso 14”:
es una A [fetichismo letrístico] impuesta a fuego
[elemento de la naturaleza] en el pecho [parte del cuerpo]
una letra [fetichismo letrístico] gutural que cobija
al miedo [drama]
desempolva [polvo-tierra, elemento de la naturaleza]
los pliegos escritos [fetichismo letrístico] del mundo
traza sobre la boca [parte del cuerpo] una casa
[lugar-habitación]
un hábito de muerte
Lo interesante es que
Cerón repite la mezcla de estos ingredientes en todo su poemario con
suficiente habilidad para no causar la sensación de repetición, pero
sí para poder experimentar la lectura de un texto sumamente
homogéneo, en el que parece que cada poema forma parte de un todo en
el que se cifra su sentido (o su sinsentido).
Invito entonces a los lectores profanos a tratar de penetrar esta
obra poética con sus propias herramientas analíticas o sensoriales,
o a disfrutar la contemplación de su forma como se hace con un
objeto enigmático.
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