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La sociedad multicultural y la reacción xenofóbica Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Madrid: Taurus, 2001
De semiólogo fugaz a ideólogo de la xenofobia ¿Qué pasa con Sartori? Tras una improvisada y muy exitosa incursión en la semiología, con el ensayo apocalíptico Homo Videns (Roma: Laterza, 1997; Madrid: Taurus, 1998), Giovanni Sartori vuelve a su hábitat intelectual: la filosofía política; en particular, a la teoría de la democracia. Vuelve, pero irreconocible. El prestigio que ha ganado en tantos años como profesor en las universidades de Florencia y de Columbia, y con una decena de textos reconocidos internacionalmente, le da un bono de credibilidad y respetabilidad a su opinión como para mantener sus juicios de valor en un cajón aparte de las posiciones más reaccionarias sobre el tema de la inmigración, pero que bien podrían caber en el mismo mueble del eurocentrismo y la xenofobia. Privilegio exclusivo de las vacas sagradas. La afirmación anterior no es gratuita. Sartori rebasa descaradamente la delicada línea de lo políticamente correcto con expresiones que a Jean Marie Le Pen le hubiesen podido costar una multa (otra) y que Joerg Haider no se hubiese atrevido a decir en público. Sartori llama a cerrar la puerta de la sociedad abierta a quienes considera como enemigos de ésta. El planteamiento entre líneas dice que los extranjeros africanos y árabes, sobre todo si son musulmanes, no deben tener cabida en la Europa pluralista. ¿El argumento?: todos ellos son contraciudadanos, enemigos de la sociedad pluralista y acabarán por destruirla si se les sigue admitiendo indiscriminadamente. La xenofobia, según esta lógica de la intolerancia o de la tolerancia selectiva, es causada por los propios inmigrantes, por tener culturas "profundamente extrañas", como si la xenofobia fuera una defensa contra invasores peligrosos. Sin evidencia empírica, sin mostrar resultados de investigaciones, datos de censos, encuestas de opinión ni informes de gobierno, Sartori pontifica y condena las herejías del liberalismo postmoderno expresadas con el nombre del multiculturalismo.
Pluralismo verdadero vs. pluralismo multiculturalista El argumento pasa por una definición y "reconstrucción" del concepto del pluralismo en debate contra una impostura de éste, según el razonamiento de Sartori, que es el multiculturalismo, antitéticos entre sí, no obstante que los multiculturalistas postulen a ambos como complementarios. En el camino de esta exégesis y apologética del pluralismo, Sartori no tiene pudor alguno ni disimulo en repudiar conceptos como ciudadanía diferenciada y acción afirmativa. A partir del concepto de sociedad abierta de Karl Popper (1959), Sartori llama como buena sociedad o sociedad de la buena convivencia, a la que es plural; pero, como tal, necesariamente tiene un límite en cuanto a su "elasticidad", tanto por las reivindicaciones multiculturales internas como por los flujos migratorios externos. Esto quiere decir que tiene que haber límites en cuanto a la apertura de la sociedad y que la pluralidad tiene condiciones. En concreto, Sartori considera que los límites de la tolerancia de la sociedad abierta europea están determinados por problemas como el de integrar a los inmigrantes de culturas diferentes a la del país receptor, sin creer que la solución sea concederles la ciudadanía por ser "una falsa integración" ni hacer ver su utilidad, por ser algo "banal". En su cruzada contra el multiculturalismo, Sartori desempolva sus preceptos añejos para definir qué es y qué no es el pluralismo, sin que haya cabida para valores como la solidaridad o el altruismo como propios de la sociedad abierta. En primer lugar, el pluralismo para Sartori presupone tolerancia, pero no absoluta, sino condicionada. La tolerancia, según este planteamiento, nunca debe ser total. Estas deben ser sus condiciones: 1. Dar razones de lo que se considera como intolerable. 2. Tolerar lo que no hace daño. 3. Reciprocidad. Es decir, la tolerancia está condicionada a que el otro (el tolerado) también lo tolere a uno (el tolerante). Al estar condicionada la tolerancia, entonces existe un punto límite del pluralismo (sociedad abierta) del cual "no puede y no debe ir más allá" con el riesgo de quebrarse, que sería la aceptación de sus enemigos. De acuerdo con lo anterior, en primer lugar, el elemento central del pluralismo no es el conflicto ni el consenso, sino la dialéctica de disentir; en segundo, rechaza la tiranía de la mayoría, pero reconoce el principio de mayoría como criterio de toma de decisiones mientras respete los derechos de las minorías; en tercero, considera que la lucha política no debe poner en riesgo los bienes ni la vida de los contendientes (quien pierde, puede ir a su casa en paz), y en cuarto y último, no hay que confundir sociedad fragmentada con sociedad pluralista, pues se trata de asuntos diferentes, ni confundir multigrupal con plural. Por eso no puede considerarse como pluralista a la estratificación en castas de la India ni a lo que se ha llamado como pluralismo africano. Sólo pueden considerarse como pluralistas a las sociedades en las que hay asociaciones de afiliaciones múltiples y voluntarias que se desarrollan sin ser impuestas. Esto excluye a todas las sociedades cuya articulación se basa en atributos de raza, casta y religión ("grupos tradicionales") Esto quiere decir que quienes creen que la sociedad mexicana es plural por el hecho de que hay una multitud de pueblos indígenas diversos entre sí con lenguas y tradiciones propias, están equivocados. Toda la diversidad cultural que hay en nuestro país no bastaría para que Sartori nos considere como plurales, en tanto no constituyamos una pluralidad a la Europea (moderna, participativa, organizada, cívica y partidista).
Las minorías no existen, son inventos de la propaganda Niega Sartori la existencia objetiva de las minorías, definiéndolas como un invento, producto de la propaganda del multiculturalismo que "fabrica" las culturas y "fabrica las diferencias metiéndonoslas en la cabeza". Los inmigrantes o miembros de las minorías inventadas le parecen peleles manipulados por los promotores del multiculturalismo: "primero se inventa o en todo caso se 'hace visible' una entidad para después declararla pisoteada y así, por último, desencadenar las reivindicaciones colectivas de los desconocidos que antes no sabían que lo eran". El multiculturalismo, con todo y "la pobreza de sus argumentos", "fabrica" la diversidad al hacer visibles las diferencias, intensificarlas y multiplicarlas, por lo tanto, no es una continuación del pluralismo, sino su negación. El pluralismo defiende, "pero también frena la diversidad". Está obligado a respetar la multiplicidad cultural, pero no a "fabricarla". Por eso Sartori arremete contra los promotores del reconocimiento (recognition) al diferente sin que actúen con reciprocidad, conducta que considera como antipluralista, pues le parece que es un odio cultural que reivindica una superioridad cultural alternativa.
De lleno en el neoconservadurismo: homenaje a Huntington Sartori coincide con Huntington, sin referirse a éste, dejando ver que el conflicto en Europa con los inmigrantes y las expresiones xenofóbicas contra ellos es por su pertenencia a civilizaciones que no pueden coexistir en un mismo espacio, pues se trata, sobre todo, "de una reacción de rechazo cultural-religiosa", en especial contra los africanos y árabes por su cultura teocrática, incomplatible, por tanto, con el pluralismo, que es producto de una sociedad secularizada. Sartori comente, entonces, los mismos excesos de Huntington en su Choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Barcelona: Paidós, 1997. New York: The clash of civilizations and the remaking of the world order, Simon & Schuster, 1996): generaliza a los no occidentales como una masa de fanáticos religiosos que odian a Occidente, y los simplifica, ignorando o minimizando las diferencias y los conflictos entre ellos y prejuzgándolos como incapaces de asimilarse. No matiza. Todos los musulmanes le parecen integristas, destructores de la democracia, enemigos del pluralismo.
La multiculturalidad como fábrica de la diversidad Hay dos versiones de multiculturalidad para Sartori: una, sometida a los criterios del pluralismo como expresión de múltiples culturas y que puede ser una configuración histórica del pluralismo; la otra versión, hoy dominante, es antipluralista. Esta segunda la describe como un producto de orígenes marxistas, cuyo enfoque se centra en la hegemonía y la dominación de unas culturas sobre otras. Sustituyen así una lucha de clases capitalista "que han perdido, por una lucha cultural anti-establishment que les vuelve a galvanizar", con un enfoque que hace prevalecer la separación sobre la integración. Cuando se habla de multicultural, multi supone que las culturas son muchas y variadas; pero no hay que confundir la diversidad cultural con la diversidad étnica, son cosas distintas. En la práctica la reivindicación de los derechos de las etnias parece sólo asociado a condiciones de discriminación, no un valor en sí mismo. Se reivindican derechos si la identidad está amenazada o porque se refiere a una minoría oprimida por la mayoría, pero en el caso de las mujeres, que no son una minoría, no queda claro el fundamento del argumento. Para Sartori las reivindicaciones son un asunto de politiquería sin un razonamiento sólido: "el porqué lógico deja paso a esta explicación práctica: que las diferencias que cuentan son cada vez más las diferencias puestas en evidencia por el que sabe hacer ruido y se sabe movilizar para favorecer o dañar intereses económicos o intereses electorales". El multiculturalismo, con todo y "su pobreza de argumentos", fabrica la diversidad al hacer visibles las diferencias, intensificarlas y multiplicarlas, por lo tanto, no es una continuación del pluralismo, sino su negación. "Hablar de comunidad mundial es pura retórica, es vaporizar el concepto de comunidad". La alteridad es complemento necesario de la alteridad". Un nosotros que no está circunscrito en un ellos no llega a existir.
Todas las culturas son iguales, pero algunas… Sartori, eurocentrista y elitista, niega el supuesto de que todas las culturas tengan igual valor. Por tanto, considera, no deben tener el mismo respeto. Debatiendo con Charles Taylor, uno de los autores que propone el multiculturalismo y el respeto por igual a todas las culturas, Sartori le replica: "esto es un salto acrobático. E inaceptable", porque "atribuir a todas las culturas ‘igual valor‘ equivale a adoptar un relativismo absoluto que destruye la noción misma de valor. Si todo vale, nada vale: el valor pierde todo valor".En cuanto a la acción afirmativa, es decir, la intervención del Estado para hacer una discriminación (o antidiscriminación) a favor de un grupo, dándole un trato preferente para compensar alguna condición vulnerable o de inferioridad, es también para Sartori un ataque al pluralismo. La política del reconocimiento se distingue por leyes sectoriales, leyes desiguales caracterizadas por las excepciones que niegan los tres principios del constitucionalismo liberal: la neutralidad del Estado, la separación del cargo y la persona, y la generalidad (omniinclusividad) de las leyes. A Sartori le parecen inaceptables estas leyes seccionales que dan como resultados tratos desiguales porque violan el principio de generalidad de la ley. Los derechos son tales porque son los mismos para todos. Cuando son para pocos, se convierten en privilegios. La consecuencia es que la sociedad abierta se rompe y se subdivide en sociedades cerradas.
Sí tiene la culpa el indio En su análisis en cuanto a las diferencias de los europeos nativos (blancos, modernos y pluralistas) con los migrantes señala cuatro tipos de "extrañezas": lengua y costumbres, que le parecen superables, y etnia y religión, que las considera como radicales (insuperables). En esta taxonomía considera que debemos preguntarnos sobre la integración de quién, cómo y por qué, y qué sentido tiene plantear la integración si el multiculturalismo la rechaza. No es verdad que necesitemos al trabajador huésped, asevera; éste se ha hecho necesario porque los subsidios al desempleo permiten al europeo vivir sin trabajar. Lo que podría ser el manifiesto político del Partido Nacionaldemócrata Alemán, si no fuera tan explícito, es el rechazo de Sartori a la acusación de racistas a quienes se oponen a la inmigración, pues le parece que en muchos casos se trata de "defensa del puesto de trabajo y del salario". La expresión coloquial mexicana dice: "no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre", pero en la justificación de Sartori a los racistas sí tienen la culpa el negro y el árabe por no haberse quedado en sus lugares de origen y tienen también la culpa los políticos que han "creado" el racismo con un "falso tercermundismo" y la ciudadanía fácil, como en Italia, el "caso más estúpido" de todos, reforzado "de modo anormal" por "la izquierda y el populismo católico", quienes son los promotores de una migración muy superior a la que "se puede acoger" sin que cauce "una fuerte resistencia frente a ella." Como en esas invitaciones chocantes o en los lugares discriminatorios que muestran las iniciales NRDA para manifestar que no cualquiera es bienvenido y que la admisión es un derecho del receptor y no del visitante, Sartori pide cerrar la puerta a quienes se puede prejuzgar que no saben comportarse en sociedad (abierta); la democracia no es para salvajes, y la igualdad es entre iguales. Honor a quien honor merece. La erudición del maestro Sartori basta para no cuestionar la calidad intelectual de su obra. |